Los Primeros Discípulos, I de II (Juan 1: 35-42)




Introducción

Esta sección prácticamente marca el final del ministerio de Juan el Bautista con un repetido testimonio sobre la Persona Divina de nuestro Señor Jesucristo: Que Jesús es el Cordero de Dios.  Aún más importante, en este pasaje se narra el comienzo del ministerio de Jesús con el reclutamiento de sus primeros seguidores.[i]  Aunque estrictamente hablando, en estos últimos versículos del capítulo 1, Jesús no pide a otros a seguirlo (con la excepción de Felipe en el versículo 43), sus primeros discípulos deciden seguir a Jesús motivados primero por el testimonio del Bautista (Juan 1:37), y de una forma similar, por el testimonio de los primeros dos discípulos de Jesús (Juan 1:41-42,45-47).

De esta forma, en estos pasajes se puede aprender del ejemplo y de la importancia de testificar individualmente a otros sobre la Persona de Cristo; es decir, explicar a otros Quien es Él (el Cordero de Dios, el Hijo de Dios, el Mesías, y Aquel de quien escribió Moisés), y testificar sobre lo que Jesús puede y quiere hacer (limpiar los pecados del mundo y bautizar con el Espíritu Santo).

En contraste con los relatos sinópticos en el Mar de Galilea sobre el llamamiento completo y definitivo a las dos parejas de hermanos, Pedro y Andrés, como también Juan y Jacobo; en esta sección del Evangelio según San Juan se relata la invitación implícita de Juan el Bautista, como también la subsecuente invitación de los dos primeros discípulos de Cristo, a señalar a otros el camino a Jesús como respuesta al llamado hecha por medio de una invitación individual de “venir y ver” (cf. v. 39 y 46)[ii], para conocer así más sobre aquel Quien tiene el poder de perdonar los pecados de toda la humanidad (v.29).

Puesto que la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios (Romanos 10:17), los primeros cristianos experimentaron el crecimiento de una fe viva de una forma gradual por medio de la palabra que vino directamente del mismo Logos de Dios.  En este relato, los primeros discípulos no siguieron a Jesús permanentemente todavía (MacArthur, MNTC, 57–58).[iii]  Es además bastante probable que estos dos pares de hermanos, cuando eran primero discípulos de Juan el Bautista (si podemos incluir a Pedro y a Jacobo en este grupo de seguidores), no habían todavía dejado sus antiguos oficios de pesca (cf. Keener, 467).

Todo este relato sobre los primeros discípulos de Jesús en los últimos versículos del primer capítulo del Evangelio según San Juan “…ocurre antes de que Jesús formalmente ‘llame’ a sus discípulos en Mateo 4: 18-22; Marcos 1: 16-20; Lucas 5: 1-11” (D. A. Carson, NIV Zondervan Study Bible, 2149).  Posteriormente, ellos tomarían la decisión de dejar todo (sus pueblos, sus familias y sus trabajos) para seguir, a tiempo completo, los pasos de nuestro Señor Jesucristo en tierra (ver por ej. Mateo 19:27).

No hay entonces ninguna contradicción (como algunos han argumentado injustamente) entre esta narración juanina y los relatos sinópticos.  Estos últimos no precluyen el contacto inicial que Jesús tubo con los que eran inicialmente discípulos de Juan el Bautista, quienes dejaron a su antiguo maestro para convertirse en seguidores de Jesús, y al hacerlo, mantuvieron sus antiguos oficios, pues después aparecen en la escena pescando en el momento en que Jesús les llamo a convertirse permanentemente en “pescadores de hombres” (ver nuevamente Mateo 4: 18-22; Marcos 1: 16-20).

Morris explica esta diferencia usando definiciones más estrictas de lo que realmente significa ser un “discípulo” (un término bastante general, usado inclusive por los fariseos), versus ser un “apóstol” (que se aplica estrictamente hablando a los doce discípulos selectos que Cristo personalmente eligió, como también a San Pablo, conocido además como Saulo de Tarso). “El Cuarto Evangelio habla de un llamado a ser discípulos; los sinópticos de un llamado a ser apóstoles” (Morris, 136).

 

Lectura:  Juan 1: 35-42: Los primeros discípulos

35 El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos.

36 Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios.

37 Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús.

38 Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras?

39 Les dijo: Venid y ved. Fueron, y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día; porque era como la hora décima.

40 Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús.

41 Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo).

42 Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro).

Reina Valera Revisada (1960).

 

Juan 1: 35:  Juan el Bautista y los dos discípulos

35 El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos.

El “siguiente día” se refiere al tercer día de una sucesión de eventos de cinco días (consecutivos o no) que comenzó con la proclamación de Juan el Bautista a la delegación judía de Jerusalén acerca de la presencia del Mesías (vv. 19-28); continuó con la declaración transcendental a las multitudes de que Jesús es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo (vv. 29-34); el llamado a Juan, Andrés, Pedro y posiblemente Jacobo (tema que meditaremos aquí, vv. 35-42); el llamado a Felipe y la invitación a Natanael a conocer a Jesús (vv. 43-51); y finalmente, en el quinto día (o tercero si se cuenta empezando desde el comienzo del ministerio de Jesús en el v. 35), el relato de las Bodas de Caná (Juan 2:1-12).

Descrita con un lujo de detalles que sugieren que este evangelio fue narrado por un testiguo ocular, esta fue entonces una semana bastante ocupada, con los tres primeros días de testimonio de parte de Juan el Bautista (de allí las palabras “otra vez estaba Juan”); y empezando (también en el día tercero), con lo que se podría describir como los tres primeros días del ministerio de Jesús en la tierra (Mayfield, 46), un ministerio que comenzó 30 años después de la encarnación de “Dios con nosotros” (Lucas 3:23; Mateo 1:23).

Originalmente las palabras “estaba Juan” fueron escritas como lo que podría traducir más bien como “estaba Juan de pie”, o inclusive “estaba Juan parado”.  Aunque ninguna de las principales traducciones al español incluyen esta palabra de “estar de pie” (o se paró, tiempo perfecto, como aparece en el comentario de Walvoord en la p. 24), este detalle puede ser significativo si la idea original fue que Juan el Bautista estaba allí parado o ubicado como “el gran heraldo del Mesías.” (Lenski, 143).  Entonces, no debemos de ignorar la expresividad de lo que este verbo transmite.  Este es también otro de los pequeños signos que marcar al escritor como un testigo ocular (ibíd).

Entonces, en este tercer día, Juan el Bautista ya no se encontraba con los judíos de Jerusalén o con las multitudes que incluirían seguramente un gran parte de sus seguidores, como en el día anterior; sino que en esta ocasión estaba allí parado con solo “dos de sus discípulos” (quienes además estaban incidentalmente “parados” allí también, pero esto si no es aparentemente significativo, ibíd).

Uno de estos dos discípulos es identificado más adelante como Andrés, hermano de Pedro, quien era evidentemente más conocido por la forma en que se menciona al primero (en el comentario del v. 40, donde hablaremos más de Andrés).

El discípulo “no identificado”

La identidad del segundo discípulo, uno de los dos seguidores de Juan el Bautista que se menciona primero en este pasaje (v. 35), no se menciona específicamente por nombre en estos pasajes, ni en ningún otro lugar de este evangelio.

Sin embargo, desde “tiempos tempranos” se ha entendido que este segundo discípulo no-identificado era el mismo Apóstol Juan (Morris, 136; ver también Bartley, 76; Mounce, 381, entre otros).  En otras palabras, se cree que este segundo discípulo era el mismo autor de este Evangelio, uno que ha llevado tradicionalmente su nombre por esta misma razón, combinado el nombre primero con el título de “San”, antes de “Juan”, que significa por supuesto “santo”, como las diferentes traducciones protestantes de Reina-Valera lo han tradicionalmente llamado con la finalidad, me imagino, de distinguir a esta persona como un personaje bíblico y apostólico.[iv]

Aunque técnicamente no se puede demostrar a ciencia cierta que este segundo discípulo no-identificado sea el mismísimo Apóstol San Juan (cf. D. A. Carson en The Pillar NTC: “…no hay prueba de esta identificación,” 154), hay varias razones para pensar que este es ciertamente el caso.  Joseph H. Mayfield, por ejemplo, en el Comentario Bíblico Beacon (T7, 46–47), menciona por lo menos tres razones:

(1) El empleo de la palabra “primero” en 1:41 (Este, es decir, Andrés halló primero a su hermano Simón) implica cualquiera de estos dos, o que Andrés primero halló a su hermano y entonces, en segundo lugar, por implicación, el otro discípulo encontró al suyo, o que Andrés primero encontró a Simón antes que él mismo hiciera otra cosa. Muchos eruditos (como Westcott, Hoskyns) favorecen la primera interpretación, que señala a Juan y a su hermano Jacobo.

(2) Según el relato de los Sinópticos, el llamado de Andrés y de Pedro está estrechamente relacionado con el de otra pareja de hermanos, Jacobo y Juan (Mt. 4:18–22; Mr. 1:16–20; Lc 5:4–11).

(3) El anonimato del otro discípulo está en armonía con la repugnancia implícita en el autor de emplear su propio nombre (cf. Jn. 13:23; 19:26; 20:2; 21:20).

Con respecto a la tercera razón mencionada por Mayfield, me parece que la experiencia que el Apóstol Juan tubo con respecto al pedido que tuvo inicialmente su madre (quien quiso que él y su hermano Jacobo se sentaran al lado de Jesús en el trono celestial de acuerdo a Mateo 20:20-28), pudo haber afectado tanto al corazón de Juan que desde ese día aprendió a cultivar un tipo de humildad tan grande que él no quiso ni siquiera mencionar su propio nombre en su Evangelio, menos aún quiso tomar crédito como autor del mismo.

De todas formas, pienso que no debería haber dudas que este Evangelio fue escrito realmente por el Apóstol San Juan.  Quizás la prueba más convincente es que los primeros cristianos, algunas décadas después de la muerte de Jesús, tuvieron que estar seguros del origen apostólico de este Evangelio, puesto que este es redactado de una forma o estilo tan diferente a los otros tres, y muchas veces con un contenido que no aparece tampoco en los primeros tres evangelios.  Esta seguridad sobre su procedencia apostólica permitió su aceptación en el Siglo Primero y permitió también que eventualmente este Evangelio sea parte del Canon Bíblico tradicional.[v]  

 

Juan 1: 36:  Enfatizando un importante testimonio: “El Cordero de Dios”

36 Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios.

Se encontraba Juan el Bautista “mirando a Jesús”, desde la distancia, con una mirada fija y penetrante.  El verbo que se emplea aquí es emblepsas (ἐμβλέψας), que significa en este caso fijar los ojos en Jesús, un acto con aplicación para nosotros mismos: “Aquellos que llevan otros a Cristo deben ser diligentes y frecuentes en la contemplación de Él mismo” (Henry, MHCWB, 1921).

Jesús “andaba por allí”. Aquel quien los judíos habían estado esperando tanto, por muchas generaciones, estaba allí simplemente caminando de una forma casi desapercibida, por lo menos al comienzo, pero a punto de empezar en esos mismos momentos un ministerio que cambiaría para siempre el rumbo de toda la humanidad.

En esta oportunidad el Señor ya no caminaba dirigiéndose hacia Juan el Bautista como el día anterior, sino que esta vez leemos que el Salvador simplemente “andaba por allí”, hacia un lugar indeterminado pues este versículo no dice directamente el destino inmediato de Cristo.  Sin embargo, el contexto de este pasaje parece indicar casi por seguro que Jesús estaba dirigiéndose al lugar donde pasaría la noche.  Tampoco sabemos con certeza la razón por la cual estaba Él en esa región, donde Juan bautizaba, pero el pasaje también indica claramente que el Señor estaba listo para recibir a sus primeros seguidores (Lenski).

Los dos discípulos de Juan que se mencionan primero en el v. 35 se convertirían entonces en los dos primeros miembros de la Iglesia Universal de Cristo.  Tenemos entonces ante nosotros en estos versículos el comienzo del “cristianismo”, aunque ese término no se usó hasta en Antioquía (o por lo menos se llamó allí “cristianos” por primera vez a los seguidores de Cristo de acuerdo a Hechos 11:26).

Y ahora la palabra transitiva del versículo: Juan el bautista “dijo”, o quizás mejor aún, usando un término más  jurídico, el Bautista “declaró (NTV).  Más aun, es interesante notar que en el griego original el verbo se escribió realmente en tiempo presente, Juan “declara” (λέγει), como que autor, a la hora de escribir o dictar esta parte de su evangelio, tenía en su mente estas palabras del Bautista de una forma tan clara que era como si en esos momentos las palabras todavía resonarían en su mente.  “Las palabras del Bautista todavía suenan en sus oídos, aunque fueron pronunciadas décadas atrás” (Lenski, 143).

El enfático “he aquí” también se traduce como “miren” o inclusive “aquí tienen” (ver Juan 1:36 en varias traducciones); una expresión que evidentemente se usa para llamar la atención a que observen, perciban, o presten atención a la declaración trascendental que venía a continuación, una declaración legal o jurídica sobre la identidad (en forma de una analogía descriptiva) sobre Aquel que estaba allí simplemente caminando de una forma casi desapercibida: “el Cordero de Dios”.

Esta declaración no era simplemente una mera repetición de lo que Juan el Bautista ya había dicho anteriormente en el versículo 29 (ver comentario sobre este título usado para describir la función redentora de Jesús).  La declaración del v. 36, “el Cordero de Dios,” tendría todo el impacto recordatorio de la importante función mesiánica que Juan señaló anteriormente en el v. 29, es decir, que el Cordero en efecto “quita el pecado del mundo.

Los dos discípulos ya habrían tenido toda una noche para consultar con sus almohadas sobre las implicaciones que estas palabras tendrían, o deberían tener, sobre sus personas.  Quizás bajo intensa reflexión, ellos podrían haberse dirigido inclusive a Dios en oración para pedirle a Él la dirección apropiada que ellos deberían tomar a continuación.  Esto exactamente no lo sabemos, solo es algo que podemos suponer, pero lo que si sabemos por el versículo próximo es el impacto, o la consecuencia, que estas palabras tuvieron en los dos discípulos.

 

Juan 1: 37:  El oír y el actuar de los dos primeros discípulos

37 Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús.

Aquí tenemos ante nosotros una corta pero clara lección sobre la eficacia del testimonio personal.  Discernimos una clara relación causa-efecto: “Le oyeron hablar… y siguieron”

En general, es importante notar que el primer tipo de testimonio que un cristiano puede impartir, quizás el más importante en la mayoría de los casos, es el que proviene de las acciones (que afectan la reputación de la persona quien está dando testimonio), las cuales casi siempre hablan más que las palabras.

En este caso, los dos discípulos de nuestro relato ya conocían lo suficientemente bien de Juan el Bautista como para reconocer que sus palabras si tenían peso, pues estas provenían de una persona con una sólida reputación ética y espiritual (cf. Mateo 11:11).  Precisamente ellos eran sus discípulos de Juan el Bautista porque lo admiraban (otro ejemplo de una relación causa y efecto).

Pero aquí se narra específicamente un buen ejemplo del segundo tipo de testimonio que un cristiano debe de trasmitir: El tipo de testimonio oral (“le oyeron hablar”), y después de este, una acción concreta como resultado, y en este caso positiva también (“siguieron a Jesús”).

Como habíamos visto ya antes, esta no fue la primera vez que Andrés y el otro versículo no identificado (nuevamente, se cree que este era el Apóstol Juan) escucharon estas mismas palabras, pero esta segunda vez estas tres palabras si penetraron en sus mentes y corazones de tal forma que siguieron literalmente a Jesús.

Matthew Henry llama a nuestra atención una simple estrategia evangelística: “el beneficio de la repetición” (es útil repetir varias veces y enfáticamente que Jesús es el “Cordero de Dios” y que Él, y solo Él, puede quitar el pecado del mundo), como también el beneficio de la “conversión personal privada” (Henry, MH CWB, 1921).

Finalmente, entonces, había llegado para estos dos discípulos el momento en que finalmente se dieron cuenta que tenían que actuar: el momento Eureka.

Para nosotros nos sería fácil juzgar a estos dos discípulos al reflexionar que en realidad ellos tuvieron que escuchar por lo menos dos veces las mismas palabras de Juan para por fin tomar un acción concreta y positiva al respecto, pero entonces allí es cuando nosotros también tendríamos que acordarnos de nuestras propias historias personales, ¿Cuántas veces tuvimos que escuchar el testimonio privado de un creyente, el sermón en una iglesia, o una combinación de estos dos o más eventos como para tomar finalmente la correcta decisión de seguir a Jesucristo? (cf. Lenski, 144).

Si estamos en el negocio de salvar almas para Cristo a tiempo completo (es decir como ministros o pastores, pues es el deber de todo creyente compartir las Buenas Nuevas), este pasaje entonces nos debería hacer acordar sobre la eficacia del testimonio individual o personal hacia los demás.  Hablar desde el pulpito no siempre tiene el mismo efecto que hablar personalmente y privadamente a los demás (ver Henry, MHCWB, 1921).

Por eso también, nuestras acciones personales siempre tienen que reflejar lo que predicamos.  Si no vivimos diariamente lo que públicamente profesamos creer, la gente va a tomar nota de eso.  En otras palabras (y sin mucho entusiasmo de tener que ser tan áspero por motivos de claridad), si mostramos hipocresía en nuestro diario comportamiento, no vamos a poder apuntar a otros el camino de Jesús.  Lo único que vamos a lograr es que otros más bien desarrollen repugnancia a cualquier cosa que se relacione al evangelio de Jesucristo.  La enseñanza y la predicación del evangelio se debe realizar siempre con responsabilidad; y en el caso de falsos profetas, la condenación va a ser más severa (cf. Santiago 3:1).

En este pasaje bíblico, el resultado final (la meta o propósito que todo ministro o laico debe anhelar fervientemente) se realizó, pues en este caso los dos discípulos “siguieron a Jesús”

En la interpretación del texto presente, el sentido más obvio de “seguir” a Jesús fue, por supuesto, el literal.  Juan y Andrés siguieron físicamente los pasos de nuestro Señor Jesucristo en la tierra, y no solo esa tarde, sino también después, por un total de tres años.  Sin embargo, uno difícilmente podría evitar llegar a la conclusión que el autor de este Evangelio estaba además hablando de una forma figurativa (Morris).  Ellos también, a partir de ese día, siguieron a Jesús espiritualmente, tomando instrucción en sus palabras, siguiendo el ejemplo de sus enseñanzas, andando por la senda angosta, cumpliendo la Gran Comisión.

Jesucristo, a su vez, nunca se separó de ellos.  En Mateo 28:20 la traducción correcta es yo estoy con vosotros” (tiempo presente) no es “yo estaré con vosotros” (tiempo futuro) lo que leemos, y nosotros también, si seguimos también ardientemente a Jesús, Él tampoco nunca se separara de nosotros (cf. Santiago 4:8).

 

Juan 1: 38:  Jesús: ¿Qué buscan? ¿Por qué me siguen? ¿Qué desean?

38 Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras?

Habiendo tomado la decisión correcta de seguir a Jesús, lo más probable es que los dos primeros discípulos de Jesús (quienes también fueron los dos primeros cristianos) no comprendían todavía a totalidad todas las implicaciones de tomar ese importante primer paso.  Pero eso estaba bien.  Eran los primeros pasos de fe en un largo recorrido a un cielo ahora abierto para ellos dos.  El primer paso de fe siempre es importante, aunque no siempre se comprenda exactamente la magnitud o la importancia de este paso a seguir.

La pregunta de Jesús

Después de que Juan y Andrés comenzaron a seguir literalmente los pasos de Jesús, el Señor “volviéndose” y “viendo que le seguían”, les preguntó “¿Qué buscáis?”  En otras palabras, que era lo que ellos querían (TLA, cf. PDT).

Estas son las primeras palabras de Cristo registradas en este Evangelio, una pregunta, la cual no fue hecha para el beneficio del que preguntaba, ni para buscar información que Él no conociera de antemano (MacArthur, MNTC, 63).  Era una pregunta más bien designada para alentar a estos primeros dos discípulos a continuar con el recorrido recién iniciado.  “Su pregunta estaba destinada más bien a alentar que a confrontar” (Stallings, 24).  “A pesar de haber tomado la iniciativa, los dos exdiscípulos de Juan necesitaban ser incitados y animados por Jesús” (Lincoln, 117).

Quizás más importante aún, esta pregunta fue también designada para invitar a los dos discípulos a reflexionar sobre su decisión de seguir a Jesús, cuál era exactamente su motivación, la verdadera razón de estos primeros pasos de fe.

Por eso notemos que la pregunta no fue “¿A quién siguen?”, pues evidentemente ellos estaban siguiendo físicamente a Jesús; sino más bien la pregunta fue “¿Qué buscáis?” (cf. Hendriksen, 108; dos palabras subrayadas aquí por motivos de énfasis).  O como Morris lo entendía: “¿Qué es lo que quieren?” (p. 137).  “¿Qué es lo que están buscando?” (Lenski, 145).

Abraham Calovius: “Estamos acostumbrados a buscar lo que hemos perdido, o lo que de otro modo es beneficioso o deseable para nosotros.  Pero ¿qué era lo más deseable, lo más anhelado durante cuarenta siglos por parte de tantos hombres ilustres, patriarcas, jueces, reyes, profetas y todos los santos del Antiguo Testamento que este Cordero de Dios, que el testimonio de Juan en las alturas entre el Antiguo y el Nuevo Testamento declaró estar presente por fin?” (Lenski, 145).[vi] 

¿Por qué nosotros seguimos a Jesús?

Es una pregunta que de vez en cuando también deberíamos hacerla a nosotros mismos, individualmente, y comenzando desde el día que tomamos los primeros pasos decisivos de fe.

Es una pregunta más importante aún para nosotros los hispanos “gentiles” del Siglo 21.  Sobre todo porque vivimos en días de apostasía, donde muchos grupos “cristianos” no hacen más que predicar un tipo de teología carnal que busca satisfacción instantánea, ya sea en el ámbito de la salud corporal o en el de la prosperidad económica.  Sus canciones tienen diferentes melodías, pero la esencia de la letra es casi siempre el mismo: “Dios quiere que no sufras, que seas rico… Dios quiere ayudarte con tu salud, con tu trabajo, con tus problemas, con tus deseos carnales…”

Es una mixtura de verdad con mentira.  Jesucristo, por supuesto, sanaba a la gente en aquellos días, y lo hacía por la misericordia y amor que tiene por la gente, pero su preocupación principal era la sanación espiritual, aquella con consecuencias eternas.  Su prioridad no era entonces sobre comodidades materiales o aun necesidades físicas.

Pero este es un mensaje difícil de entender hoy en día, como lo fue también en esos tiempos del Primer Siglo.

Según el Evangelio según San Mateo (11:1-19), aun el mismo Juan el Bautista, en algún momento de su vida, tuvo dudas sobre lo que Jesucristo podría hacer hecho por él.  Y así, desde el cautiverio mandó a dos de sus discípulos (y en esta ocasión estos no eran Juan y Andrés) para preguntarle a Jesús si era Él quien estaban esperando.  Jesucristo les dijo que si, que en efecto Él era Aquel, y que sus milagros lo demostraban.  Sus poderes permanecían intactos, pero Su voluntad no siempre se alinea a la humana.

Por eso, aun así, nuestro Señor no mandó un ejército celestial para liberar a Juan el Bautista de Herodes.  Sino más bien, después, hablando a la multitud, Jesús también les hizo unas preguntas de reflexión.

¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que llevan vestiduras delicadas, en las casas de los reyes están. (Mateo 11:7b-8).

Creo que la lección de este último pasaje está bastante clara para nosotros; es decir, la aplicación o relevancia para nuestras vidas es que como cristianos no debemos de buscar o esperar tener exactamente una vida análoga a la que los reyes, políticos y millonarios de la tierra tienen.

Similarmente, los discípulos de Juan el Bautista en nuestra historia de hoy, Juan y Andrés, entendían perfectamente eso, en otras palabras, ellos no esperaban riquezas materiales.  Sabían que su camino tras Jesús iba a ser estrecho, y la morada humilde: el Hijo de Dios era tan pobre, humanamente hablando, que no tenía ni siquiera un lugar para recostar su cabeza (Mateo 8:20).

Y aun así, hoy en día, ¿Algunos supuestos pastores y “apóstoles” tienen el descaro de decirnos que Dios quiere que tengamos riquezas materiales?  Esa es exactamente la antítesis del cristianismo.  Sinceramente, creo que ellos solo van a engañar a aquellos que quieren ser engañados.

Juan y Andrés, por ejemplo, habían estado siguiendo a uno de los hombres más humildes que jamás haya existido en la tierra, Juan el Bautista, quien se vestía con pieles de camellos y comía saltamontes; y estoy seguro que ellos no estaban ahora pensando tampoco seguir exactamente a un rey vestido de lino y caminando de regreso a su palacio real.

Pero, aun así, Jesús le preguntó: “¿Que buscáis?”

Aun estos humildes discípulos, quizás los que mejor entendían al Bautista, necesitarían pensar en una respuesta que demandaría profunda introspección.  Jesús les hizo una pregunta les requeriría pensar sobre sus motivos y motivaciones personales, en un tiempo y lugar donde la mayoría de judíos pensaban que el Mesías iba a ser una importante figura real, política o militar.

Muchos están buscando lo que no deberían, y otros no buscan lo que deberían. Enfrentemos también esta pregunta de Jesús para que podamos echar fuera de nosotros todo el egoísmo, toda búsqueda de la comodidad en Sión, toda ambición mundana incluso en cuestiones eclesiásticas, todas las metas indignas; y elevarnos así al apogeo de nuestra vocación, tanto como creyentes y como siervos llamados de ser del Señor, y ayudemos así mismo a otros, a confrontar a los demás con esta misma pregunta que ellos también pueden encontrar en Jesús lo que Él vino a traer.  Porque una promesa hay oculta está en la pregunta: “¿Qué están buscando?”  Jesús tiene el tesoro más alto que cualquier hombre puede buscar, anhela dirigir nuestra búsqueda hacia ese tesoro para que Él pueda otorgarlo para nuestro enriquecimiento eterno (Lenski, 146).[vii]

Ahora la pregunta es también para usted, querido lector de SanJuan.cc: ¿Qué es lo que usted realmente busca en Jesús?

Quizás este sea un buen momento para tomar una pausa de esta lectura, y así inclinar el rostro en oración y pedirle a Dios sabiduría al responder esta difícil pregunta; para pedirle sabiduría con un corazón sincero y con una intención pura; y por supuesto, no olvide pedirle al Padre todo en el nombre de Cristo Jesús.

Solo en el nombre de Jesús nuestras oraciones van a ser escuchadas.

La respuesta de los discípulos

Ellos le dijeron: Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras?

Juan y Andrés “dijeron” a Jesús, o contestaron a la pregunta del Señor, usando otra pregunta.  Pero antes de hacerla, como una muestra de la humildad de parte de estos dos varones de Dios, y como un indicio del sumo respeto que ya tenían hacia Jesús, ellos se dirigen a Cristo con un título común en esos días: Rabí. 

Sobre el título “Rabí”

El uso del título honorario “Rabí” fue entonces una primera indicación, sea esta consiente o no, de que ellos querían comunicarle a Jesús su deseo de convertirse en sus “discípulos”, término que nuevamente se refiere a ese tipo de seguidores que Juan el Bautista y los rabinos de esa época también tenían.

Le llamaron entonces “Rabí”, una simple palabra que denota respeto hacia una autoridad.  Así, al llamarle a Jesús su Rabí (el “su” se encuentra dentro de la construcción gramatical de esta palabra, es decir “mi maestro” o “mi superior”), la implicación era que ellos consideraban a Jesús no solo un maestro más de entre la multitud, sino más específicamente, que el Gran Maestro era ya el Rabí de ellos, y que equivalentemente, ellos ya no eran discípulos de Juan el Bautista (cf. Stallings, 36).

En otras palabras, generalmente el uso del término rabí era la forma habitual que se empleaba en aquellos tiempos cuando discípulos se dirigían respetuosamente a sus maestros (ver Morris, 137).[viii]

La forma en que esta palabra se utiliza, en este caso en particular, parecería ilustrar el método convencional en se escogían los maestros en aquellos tiempos y lugares: “En esta etapa, los dos discípulos se dirigen a Jesús como Rabino y, por lo tanto, parecen señalar su intención de unirse a Jesús como su maestro de la manera convencional en la que algunos judíos seleccionarían a ciertos rabinos para que fueran sus instructores” (Lincoln, 117).

Como lo habíamos ya notado rápidamente antes, con respecto a su raíz o estructura gramatical hebrea, la palabra “rabí” o “rabino” era un título que significa literalmente “mi grande” o “mi superior”; y en los tiempos de Jesús, era un nombre utilizado para dirigirse a maestros religiosos judíos (Elwell, 1815; Tyndale Bible Dictionary, 1107).

Sin embargo, no debemos todavía enfatizar este “mi” demasiado, ya que “rabí”, como pronombre personal, tubo la tendencia de convertirse en un término más convencional como madame o monsieur (Morris, nota 89, p. 137).  Este último es quizás el significado más cercano en que Nicodemo, por ejemplo, parece utilizar para dirigirse a Jesús cuando le llama Rabí en solo dos capítulos más adelante, específicamente en Juan 3:2.  En este segundo caso, sin embargo, Nicodemo no parece tener la intención de convertirse en “su” discípulo, por lo menos no abiertamente.

Por consiguiente, soy de la opinión que cuando estos dos discípulos de nuestra historia llaman a Jesús “Rabí”, esta no es por si sola prueba contundente de que ellos le estaban diciendo a Jesús que ellos querían ser sus discípulos.  Es solo el primer indicio.  Pero tomando en cuenta todo el contexto del pasaje, incluyendo el deseo de ellos de conocer en donde se hospedaba el Señor (ver el comentario de Bob Utley en la próxima sección), el pasaje sí parece indicar que ellos le querían comunicar a Jesús sus deseos de ser sus discípulos; es decir, convertirse en seguidores del más grande de los rabinos.

Algunos autores consideran que el uso de este término “Rabí” en estos tiempos es anacrónico.  Estos eruditos se basan el débil argumento que este título no se usaba antes del 70 A.D.  Sin embargo, en un osario descubierto en el Monte de los Olivos que data varias generaciones antes del Templo Y se ha encontrado la grabación διδάσκαλος (didaskalos, G1320, maestro o instructor) usado como título, lo cual parece indicar que el término “rabino” fue usado de una forma similar a la que aparece en este versículo 38, sin embargo debe admitirse que esta evidencia no es completamente conclusiva (Morris, nota 89, p. 137; cf. Borchert, nota 141, p. 143).

Aunque a finales del primer siglo este título se usaba solo para dirigirse a maestros debidamente ordenados en la religión judía, aquellos que pasaban exitosamente cierto tipo de riguroso entrenamiento religioso, en los tiempos de Jesús aparentemente no había tal ordenación oficial.  Fue más que nada un término honorario, como se mencionó antes, dirigido a aquellos que eran reconocidos públicamente como maestros en temas religiosos (cf. D. A. Carson, John Pillar NTC, 155).

Francisco Lacueva, en su comentario adaptado de Matthew Henry, hablando también sobre este título “Rabí”, nos ofrece un comentario muy interesante acerca del entendimiento que los discípulos tuvieron sobre Jesús, como su forma de dirigirse a Él evoluciona a medida que lo conocen mejor.

Es un título que, en su raíz hebrea, indica grandeza. También en esto, los discípulos evolucionan en el tratamiento que dan a Jesús. Al principio le llaman “Maestro”; después, le dirán: “Señor” (comparar con 6:68). Es curioso notar que después de la resurrección de Cristo, desaparece [casi] completamente el título “Rabí” aplicado a Jesús, porque es ya notoriamente “Señor y Cristo” (Hch. 2:36). (Henry y Lacueva, 1356).[ix]

Rabí  (que traducido es, Maestro). Como Rabí era una palabra aramea (Morris, Stallings, etc.) de raíz hebrea (Henry y Lacueva, 1356),  y el Evangelio según San Juan estaba dirigido a lectores gentiles que incluiría mayormente griegos que no estarían muy familiarizados con la cultura y religión judía, el autor por esta razón decide añadir la traducción (“que traducido es”) de esta palabra Rabí al griego, idioma de su audiencia: “Maestro” (Διδάσκαλε, G1320, maestro, doctor o instructor).

Por la misma razón, el Apóstol Juan también traduciría otras palabras más en los versículos 41 y 42, y esta misma palabra nuevamente en Juan 20:16.

La razón de preguntar por el lugar donde Jesús se alojaba

Rabí… ¿dónde moras?

La respuesta que los dos discípulos dieron a Jesús cuando les pregunto que buscaban, fue realmente otra pregunta; y así, esta respuesta podría parecer inesperada o inclusive ilógica para algunos de los lectores modernos de este Evangelio.  Tal vez fue que los dos primeros discípulos fueron tomados por sorpresa y no supieron exactamente cómo responder a la pregunta de Jesús, y por eso respondieron a la pregunta con otra pregunta.

Se estaría haciendo tarde (eran como las 4:00 PM), y ellos podrían estar pensando que Jesús ahora se dirigía a la morada donde pasaría la noche pues la luz se iba a terminar en poco tiempo.  Por eso, cuando Cristo les pregunto inesperadamente que era lo que buscaban, ellos simplemente expresaron verbalmente la pregunta que se estarían ya haciendo internamente, en sus mentes, durante el camino, quizás un sendero que aparentemente (según los dos discípulos comenzarían a notar) no conducía a ningún lugar hospitalario o cómodo, donde sería precisamente el lugar en que Jesús se estaría alojando.

Sin embargo, lo más probable, como notamos ya antes, es que estos dos discípulos respondieron a Jesús con la premeditada intención de comunicarle sus deseos de querer seguirle como nuevos seguidores suyos.  En otras palabras, con esta pregunta (“¿dónde moras?”), ellos esperaban así también poder indicarle que ellos querían ir a donde Jesús iría, gastar bastante tiempo con Él, convertirse en discípulos de Cristo.

Bob Utley, hablando también sobre esta misma respuesta-pregunta que los dos discípulos hacen a Jesús, una oración que en este libro traducido al español se escribe como “¿Dónde vives?”, Utley comenta: “Esto parece seguir el procedimiento tradicional de establecer el acercamiento entre el maestro y el alumno. La pregunta implica que estos dos hombres querían pasar más tiempo con Jesús en vez de solamente hacerle unas preguntas en el camino (v. 39).”

En este caso, la respuesta de Andrés y el Discípulo Amando básicamente se realizaría con el mismo espíritu y convicción que leemos en Mateo, cuando le dicen a Jesús: “Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.”  Y en esa oportunidad, nuestro Señor y Salvador responde: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza.” (Mateo 8:19-20 RVR60).

La morada de Jesús en aquellos días no era exactamente la de un rey en un palacio real.  Cristo no bajó del cielo para buscar prosperidad en la tierra — aunque Satanás le ofreció eso mismo cuando le mencionó lo que él podía darle: “todos los reinos del mundo y la gloria de ellos” (Mateo 4:8-9; cf. Lucas 4:5-7).

El Señor Jesús vino a servir, no a ser servido.  Él nos enseñó a lavar los pies de sus seguidores, no a tomar indiscriminadamente el dinero de las ovejas.  

Por consiguiente, los cristianos de hoy también debemos de seguir a Jesús porque Él es Dios, porque le amamos de verdad, y porque solo Él nos puede dar la vida eterna a través del perdón de nuestros pecados.  Esta última es la doctrina central que Matthew Henry menciona, es decir, que debemos de insistir a las “almas sensibles y despertadas” que Jesús y solo Jesús puede limpiar los pecados del mundo (Henry, MH CWB, 1921).

No debemos seguirle solo para obtener beneficios materiales, sino riquezas espirituales.  Los pasos que sigamos podrán ser a tiempo completo o no, dependiendo de los planes específicos e individuales que Dios tiene para cada uno de nosotros.

Si el Señor desea que seamos sus ministros, pastores, evangelistas o maestros, amén, que así sea.  O quizás Cristo desea que le sigamos a tiempo parcial, como laicos, pero para ser sin embargo obedientes a tiempo completo, y testificar así sobre su Persona, en cualquier oportunidad que se nos presente: En las fábricas, en las oficinas, en las calles, en los mercados y aun en ciertos casos en los autobuses (aunque esto ciertamente se está volviendo más peligroso hacer hoy en día).

En el caso de nuestra historia de hoy, como notamos ya antes, lo más probable es que este “seguimiento” por parte de Juan y Andrés fue por el momento indeterminado, a tiempo parcial, que temporalmente también regresarían a sus oficios regulares de pesca.  Algo así como cuando después que Jesucristo fue a la Cruz, Pedro y seis discípulos regresaron al Mar de Galilea para proseguir aparentemente con su antiguo oficio de pesadores (aunque esto no era evidentemente lo que Jesús les mandó hacer), estando quizás decepcionados de la muerte de Cristo en el Calvario, pensando posiblemente que todo su tiempo de seguir a Jesús fue en vano.  Y por eso, Cristo se tuvo que presentarse una última vez para infundirles aliento (Juan 21).

Quizás nosotros también en tiempos de crisis nos desviemos temporalmente del camino de la Cruz, cuando andamos tras los pasos de Jesús, y es allí donde El Señor va a voltear y nos va a alentar a que continuemos siguiendo el camino derecho, que será estrecho, pero es el único camino que conduce a Dios.  No hay otro camino (Juan 14:6).

Entonces, vemos que los dos discípulos de nuestra historia en este pasaje querían ir a donde Jesús iba, no solo para visitarlo temporalmente, sino para permanecer allí toda esa tarde, pasar muchísimo tiempo con el Hijo de Dios, y convertirse así en sus seguidores.  Ansiaban saber más de Cristo.  Una conversación a lo largo del camino no podía ser suficiente.

Al momento de hacerle la pregunta a Jesús, sobre el lugar donde se estaba alojando, sus deseos serían entonces que Jesús les invitara a gastar tiempo con ellos, ya sea en esa misma tarde si fuera posible, o quizás otro día más adelante.

Al preguntar dónde moraba, ellos muestran su íntimo deseo de conocerlo mejor.  Cristo era un extraño en esta región, de modo que [la pregunta sobre donde vivía] significaba dónde estaba situada la posada donde Él se alojaba; pues allí lo atenderían en algún tiempo más oportuno, cuando Él lo designara, para recibir instrucciones de Él; no le presionaron rudamente, [al preguntarle] cuando no sería apropiado.  La cortesía y los buenos modales mejoran en aquellos que siguen a Cristo.  Y, además, esperaban obtener más de él que de lo que podrían tener en una breve conferencia a lo largo del camino.  Ellos resolvieron hacer de esto [todo] un oficio, no solo una tarea secundaria, de conversar con Cristo (Henry, MH CWB, 1922).[x]

 

Juan 1: 39:  El venir y el ver

39 Les dijo: Venid y ved. Fueron, y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día; porque era como la hora décima.

“Les dijo”: La respuesta que Jesús les comunicó fue corta e inmediata.  No les dijo que regresaran en otro momento más conveniente para Él, o en otro día en que fuera más bonito y cuando el Señor estaría más descansado; sino que la invitación fue hecha en ese mismo momento: “Venid y ved.”  Esta es también la misma frase que más adelante Felipe la utiliza para invitar a Natanael a conocer a Jesús: “Ven y ve” (v. 46).

La invitación que Jesús brinda a Juan y a Andrés es, por supuesto, mucho que simplemente “ir” para así poder “ver” literalmente el lugar en donde Cristo se estaba alojando, sino que denota también el deseo de que visiten a Jesús para tener una comunión más personal con Él (cf. Morris, 138).

Es más, lo más posible es que estas palabras, “venid y ved”, “tengan una implicación teológica más profunda” (Walvoord, 24).  Andrew T. Lincoln, explica e ilustra con pasajes bíblicos tal implicación teológica.  La invitación de Jesús en su respuesta, la de venir y ver, evoca otro nivel de significado, porque más adelante en el transcurso de este Evangelio, tanto “venir” como “ver” a Jesús son realmente sinónimos de “creer” en Él (Juan 5:40, 6:35-37, 6:40, 6:44-55, 6:62, 6:65, 9:37-38, 12:45, 14:6-7, 14:9).

Aunque en este pasaje el enfoque es más que nada literal, la cual es la parte obvia; se puede también inferir, por las palabras postreras de Jesucristo, que esta invitación tiene entonces una clara implicación doctrinal acerca de lo que es el discipulado en general, sobre todo con respecto al evangelismo personal y privado en particular, algo que podemos ver en la invitación extendida a Natanael en Juan 1:46 y a la mujer samaritana en Juan 4:29 (Lincoln, 117).[xi]  

“Venid” es una invitación amable.  “Ved” es una promesa futura.  Ambas provienen de Jesús, quien anhela tener una comunión con nosotros (Apocalipsis 3:20), y es por eso que esta invitación y promesa se mantienen vigentes hoy en día.  Es una invitación amable a tener comunión con el Creador del universo.

Jesús invita a ir a Él donde Él mora, y es preciso seguirle tan pronto como escuchamos su invitación. Aprovechar la oportunidad que pasa es muestra de gran sabiduría: ‘Ahora es el tiempo aceptable’ (2 Co. 6:2). (Henry y Lacueva, 1357).

Los reyes y los grandes hombres de la tierra se esconden con sirvientes y ceremonias, de modo que es difícil alcanzarlos y hablar con ellos; Uno debe arreglar una entrevista por adelantado para poder asegurar absolutamente una audiencia. Nada es más fácil que conseguir una audiencia del Rey de reyes a la vez (Lenski, 147).

Como era de esperarse, los dos discípulos responden positivamente al llamado: “Y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día.”

El lugar donde se alojaba Jesús

Aquí el autor de este Evangelio no nos dice exactamente dónde se alojaba Jesús o el tipo de vivienda que estaba utilizando en estos momentos (Juan 1:35-42).  Este lugar quizás era una casa en algún pueblo cercano como Betábara o Betania (Lenski, 148; cf. v. 29); un alberge o cabaña en las montañas (Spence-Jones, 36); una cámara en algún caravasar u hotel (ibíd); una simple enramada o tienda temporal hecha de zarzos, es decir ramas entretejidas, y cubierta quizás con trapos rayados, la ropa usada típicamente en el Este (Lenski, 148); o tal vez su morada era en una cueva junto con una fogata (Stallings, 36).  En vista a lo que tenemos en Mateo 8:20, lo más probable es que Jesús, quien no tenía hogar, se estaba alojando en un lugar bastante pobre o humilde (ibíd).

Sin embargo, en medio de la humildad física, no hay la menor duda que este fue uno de los mejores momentos que Juan y Andrés tuvieron en sus vidas.  Cuantos jueces, reyes y profetas del Antiguo Testamento no hubieran dado por tener una corta audiencia con el Mesías, y estos dos discípulos tuvieron la oportunidad de gastar toda una tarde con el mismo Hijo de Dios hecho carne.

Ver también sección previa “La razón de preguntar por el lugar donde Jesús se alojaba”.

Sobre “la hora décima”

Aunque el pasaje no nos relata los temas o tópicos específicos de que hablaron esa tarde, no hay la menor duda que esta conversación tubo como fruto un avivamiento en sus corazones, una iluminación de sus rostros como cuando Moisés bajo del Sinaí (Henry, MH CWB, 1922).  Fue algo tan vívido, que después de muchos años después, el Apóstol Juan se acordaba exactamente de la hora cuando el tubo este primer encuentro trascendental con Jesucristo, es decir, “era como la hora décima.”

Quizás cuando habían escuchado a su antiguo maestro ver fijamente y testificar sobre el Cordero de Dios, quien pasaba por allí, ellos habrían razonado que, si no se acercaban a Jesús en ese mismo momento, ellos lo iban a perder para siempre; y así no se dieron cuenta que era un poco tarde en el día como para seguirlo (Calvino, 71).  O quizás lo siguieron consientes de la hora avanzada, esperando que Jesús les invitara a gastar esa noche con ellos, por motivos de hospitalidad (Keener, 470).

De todas formas, en vez de buscar un albergue, ellos simplemente siguieron al Hijo de Dios, quien si se daría cuenta de las circunstancias y los invita amablemente a seguirlo y a quedarse “con él aquel día”, lo cual quizás significaría gastar con Jesús aquella noche (Morris, 139).

De aquí aprendemos que si nosotros también fijamos nuestras miradas en Jesucristo, buscando el Reino de Dios que se acercó ya a la tierra, su Espíritu Santo entonces proveerá de nuestras necesidades físicas, ¡Aun cuando en esos momentos no estemos muy preocupados o inclusive percatados de aquellas necesidades!

Entonces, “aquel día” fue tan memorable para el Apóstol Juan, que se pudo acordar exactamente la hora en que este primer encuentro con el Salvador del mundo se llevó a cabo: “…porque era como la hora décima.”  Aunque no cabe duda que ese “porque” está allí para explicar la razón por la cual los discípulos gastaron todo el resto de la tarde con Jesucristo, este detalle del tiempo muestra nuevamente que el autor es testigo ocular de estos hechos, y que por consiguiente este primer encuentro con el Mesías debió de haber significado mucho para él.

Lo más probable es que la “la hora décima” se refiera a las 4:00 PM en nuestra moderna escala de tiempo, y esta es justamente la hora que mencionan o favorecen muchos comentaristas bíblicos (F. D. Bruner, Carson, Jamieson, Keener, Köstenberger, Kruse, MacArthur, Morris, Stallings, etc.); la cual se calcula porque se sabe que los judíos tenían la costumbre de dividir el día en un promedio de 12 horas de luz (aunque por las estaciones, algunos días son más largos que otros).  Así en el amanecer, las 6:00 AM sería la hora primera, de allí sumando 10 horas (por la “hora décima”), serían las 16:00 horas o las 4:00 PM en las escalas más usadas hoy en día.

Aparte de esta principal interpretación, otros teólogos son de la opinión de que “la hora décima” se refería a las 10:00 AM (Hendriksen, Walvoord, Westcott), contando el tiempo desde las 12:00 de la noche según la costumbre legal romana.  Así, en este segundo caso, la interpretación alternativa es que la hora decima sería las 10:00 AM.

Sin embargo, esta segundo calculo me parecería más difícil de aceptar porque, como lo menciona Morris, este sistema romano fue usado para propósitos legales como alquileres o contratos; pero para otros propósitos, ellos parecen haber usado el mismo sistema que los judíos también usaban, es decir, contando las horas desde el amanecer (Morris, nota 91, 138).

También hay una cita histórica secular muy relevante que parece refutar la aplicación del sistema romano legal en nuestro versículo: “César, por dos razones, no pelearía ese día; en parte porque no tenía soldados en las naves, y en parte porque era después de la décima hora del día” (Köstenberger, 75).  En esta última cita, el razonamiento es que la décima hora habría sido demasiado tarde para los romanos como para pelear una gran batalla.

Por estas y otras razones, creo que sería más prudente aceptar que Juan y Andrés se quedaron en el lugar donde Jesús se alojaba como a las 4:00 PM, puesto que se estaba haciendo demasiado tarde como para que estos dos nuevos discípulos viajaran de regreso (por supuesto, teniendo en cuenta de que en aquellos tiempos no había electricidad y lo más probable es que ellos estarían viajando a pie).

Aceptar este cálculo de la “hora décima” se refiera a las 4:00 PM significaría que tendríamos que asumir que el siguiente relato (vv. 40-42) ocurriría en esta misma tarde a pesar de que ya era casi de noche (Andrés estaba tan emocionado que no podía esperar nada para compartir el gran descubrimiento con su hermano Simón Pedro); o que este próximo relato (nuevamente versos 40 al 42) sucedería en el próximo día.  Aunque el autor Juan si no menciona esto último tampoco (como usualmente lo hace en estos dos primeros capítulos del Cuarto Evangelio), este sería un detalle menor que no creo que descartaría completamente este cálculo de las 4:00 de la tarde.

Simón Pedro se encontraría en el área porque él, junto con Jacobo el hermano de Juan (según Lenski piensa), eran seguidores de Juan el Bautista.  En otras palabras, parece que los dos pares de hermanos estaban allí porque querían aprender del Bautista: “Debemos de acordarnos que Simón y Jacobo fueron igualmente discípulos del Bautista” (Lenski, 153).

J. Ramsey Michaels parece inclinarse a la misma conclusión concerniente por lo menos a Simón Pedro: “Aunque que no se dice explícitamente que Simón fue discípulo de Juan, él está con su hermano Andrés y otros discípulos de Juan ‘en Betania [o Betábara], al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando’ (v. 28), no en casa en Betsaida (v 44).” (Michaels, 124-125). Betsaida era la ciudad de los hermanos Andrés y Pedro, según el versículo que Michaels menciona (v. 44), es decir, en la región de Galilea.[xii]

 

Juan 1: 40:  La identificación de uno de los dos discípulos: El Apóstol Andrés

40 Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús.

“Andrés, hermano de Simón Pedro.”  Como nos adelantamos en mencionar esto ya antes (comentario del v. 35), Andrés era uno de los dos discípulos que habían dejado al Bautista para seguir al más Grande de los rabís.  Pero es aquí en el versículo 40 es donde se menciona a Andrés por primera vez, no solo para preparar al lector sobre el cambio de nombre de Pedro más adelante (v. 42), sino también para ilustrar el comienzo de la iglesia primitiva.

Aunque no se habla mucho del Apóstol Andrés en los sinópticos, en el Evangelio según San Juan se le describe como uno quien siempre estaba trayendo alguien a Jesús, ya sea en este caso cuando introduce su hermano Pedro a Jesús (vv. 40-41); o cuando trae a un muchacho con su comida para ayudar a alimentar a los cinco mil (Juan 6:8); o cuando, junto con Felipe, trae a un grupo de griegos, prosélitos de los judíos, para que conozcan a Jesucristo (Juan 12:22).

En los dos primeros casos, se le menciona a Andrés solo con relación a su más famoso hermano, Simón Pedro.  Este enlace familiar indicaría que los lectores originales de este Evangelio estaban más familiarizados con el Apóstol Pedro, pues habrían leído o escuchado de él en uno de los tres primeros evangelios que tenemos en el Nuevo Testamento, los que se escribieron antes del Evangelio según San Juan (cf. Lenski).  Además de eso, Pedro era también conocido aun por los judíos en círculos no cristianos (Carson).

Sin embargo, es importante reiterar nuevamente que al Apóstol Andrés no se le menciona solo como un carácter transitivo para exaltar a la persona de Pedro, aunque este último era evidentemente una figura importante en la Iglesia después de la Resurrección (metafóricamente él era una de las tres “columnas” que sostenían la iglesia según Pablo en Gálatas 2:9), sino que como dijimos, su mención es también necesaria para explicar el humilde comienzo de la Iglesia Universal de Cristo.

Es la historia de un comienzo que teológicamente también sirve para demostrar eventualmente el conocimiento sobrenatural que Jesucristo tiene sobre los hombres, (comparar Juan 1:42 “Tú eres Simón, hijo de Jonás” con Juan 1:48-49, 2:24-25 y 4:17-18), resaltando así el Nombre que es sobre todo nombre.

El Evangelio de la Cruz, como toda la Biblia en realidad, se enfoca principalmente en Jesucristo, aunque los apóstoles (incluyendo Pedro) también juegan un papel prominente en el Nuevo Testamento.  Interesantemente, en este pasaje no se menciona palabra alguna por parte de Pedro, sino solo se registran las palabras de Jesucristo.  Hay momentos en donde el creyente debe de escuchar atentamente a Cristo y aprender de Él.  La confesión de fe vendría en un momento más apropiado (Juan 6:69).

Aunque evidentemente el Señor Jesús le otorgó a San Pedro mayores dones que a los de su hermano, fue la voluntad de Dios que Andrés fuera uno de los dos primeros creyentes en la historia de la Iglesia, alguien quien cumpliría uno de los servicios más grandes jamás otorgados para el avance del evangelio. “Al traer a su hermano Simón Pedro a Cristo, ningún hombre benefició más a la iglesia que Andrés” (Walvoord, 25).  Puesto que Andrés fue el primero que testifico a Pedro sobre Jesús, humanamente hablando, la conversión de Pedro se debe primeramente a la intervención personal de su hermano.

“Andrés… era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús.”  Como también vimos en el análisis del versículo 35 (sección “El discípulo no identificado”), el otro discípulo era casi por seguro el Apóstol Juan, quien es también el autor del Evangelio que lleva su nombre.  Aunque algunos comentaristas como J. Ramsey Michaels dudan que este sea el caso, mi impresión es que él no ofrece realmente una mejor explicación acerca del posible autor del Cuarto Evangelio.[xiii]  Michaels además mantiene que aquí no se menciona al segundo discípulo porque esta historia es supuestamente sobre Andrés y Simón Pedro (p. 121).

Pero la verdad es que Juan el Apóstol casi no se menciona así mismo por nombre en ninguna otra parte de este evangelio; ni siquiera menciona el nombre de su hermano Jacobo (Bruner, 105; Spence-Jones, 36).  Solo en Juan 21:2 encontramos una breve y distante referencia sobre “los hijos de Zebedeo”.  Y cuando Juan finalmente se menciona individualmente a sí mismo, lo hace indirectamente, usando frases tales como “el discípulo a quien Jesús amaba” o simplemente como “el discípulo amado”, dependiendo la versión al español que uno utilice (Juan 13:23, 19:26, 20:2, y 21:20).

Sería un error incomprensible que el autor del Cuarto Evangelio hubiera olvidado de mencionar por nombre al Apóstol Juan, uno de los tres discípulos más cercanos a Jesucristo durante su ministerio en la tierra (los tres discípulos eran Pedro, Juan y su hermano Jacobo según Mateo 17:1; Mateo 26:37; y Marcos 5:37).  Además, el Apóstol Juan, después de la Resurrección, fue también uno de los tres “pilares” de la iglesia primitiva de Cristo (Pedro, Juan y el otro Jacobo que era el hermano de Jesús según Gálatas 2:9, NTV).

Sería un error incomprensible… al menos que Juan el Apóstol hubiera hecho una omisión a propósito por motivos de humildad, pues su deseo no era exaltarse a sí mismo, sino exaltar a Jesucristo, como debe ser.

En un pasaje donde los nombres continuamente se mencionan, el silencio total con respecto al nombre del compañero de Andrés es profundamente significativo.  No se puede haber olvidado.  Demasiados han recordado ese día y, después de todo, fueron los primeros discípulos de Jesús.  Por lo tanto, debemos considerar el silencio como deliberado, y el hecho de que el nombre del Apóstol Juan nunca se menciona en el Evangelio, la conclusión inevitable es que fue el escritor mismo y que este escritor fue el Apóstol Juan (Pett, John 1:40).

De una forma similar a la que vimos anteriormente (v. 37), el texto que se traduce aquí en el versículo 40 como los dos discípulos que “…habían seguido a Jesús” significa, por supuesto, que habían seguido literalmente a Jesús con la intención de saber hacia donde el Señor se dirigía aquella tarde, es decir, el lugar donde se estaba alojando.  Sin embargo, aquí también podríamos por lo menos sospechar además de que Juan también tenía en mente un segundo significado implícito, uno más profundo y teológico, que significaría seguir a Jesús espiritualmente.

Dios nos llama a tener una comunión personal con Jesucristo, y aunque al comienzo no comprendamos todas las implicaciones de tomar este decisivo primer paso de fe, es Dios el que en algún momento del camino va a voltearse para infundirnos aliento y hacernos reflexionar sobre nuestros motivos y motivaciones.  Si seguimos a Jesús solo para conseguir bienes materiales, nos estaremos engañando a nosotros mismos porque Cristo no está muy interesado en esas cosas.  Seguir a Jesús de verdad significa tomar nuestra propia cruz, sin importarnos mucho de las consecuencias (cf. Mateo 16:24).

Iniciemos primero el recorrido y hagamos todas las preguntas después.  Lo importante es el primer paso de fe, la sabiduría Dios nos la dará después, conforme a su voluntad y planes específicos para nuestras vidas.  El camino de la Cruz será arduo y difícil, pero significará también tener a las finales una morada celestial con el Señor por siempre y para siempre (Lucas 13:23-24; Juan 14:1-3).

 

Juan 1: 41:  Andrés: Hemos hallado al Mesías

41 Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo).

“Este halló primero a su hermano Simón.”  La primera palabra del versículo en esta versión de la Biblia que utilizamos normalmente aquí, Reina-Valera 1960, “Este” se refiere claramente a Andrés.  De eso no tenemos ninguna duda.  Otras traducciones, quizás por motivos de claridad, simplemente substituyen “Este” con “Andrés” (ver otras versiones de Juan 1:41).

El prōtos y el prōton

En este versículo, el desafío de interpretación tiene que ver más bien con la función gramatical de la palabra “primero”.  Sin embargo, este es más que nada un asunto de carácter textual con pocas implicaciones teológicas.  Este problema se debe a que algunos manuscritos antiguos tienen el adjetivo prōtos y otros el adverbio prōton (Morris, v. 41 en p. 139, incluyendo nota 93).  Hay también una tercera variante, pero estas son las dos palabras griegas más usadas entre los manuscritos.

En este primer caso, de acuerdo con el griego original en este versículo 41, “primero” podría ser la traducción de un adjetivo que modifica a “este”, es decir a Andrés.  La palabra prōtos (πρῶτος), la forma adjetiva de primero, se encuentra en los manuscritos א*, K, L y W; y si esta fue la palabra que la pluma de Juan escribió originalmente, la traducción de esta frase sería algo así como “Andrés fue el primero en encontrar a su hermano Simón” (ibíd), o de una forma similar, “Andrés halló primero a su hermano Simón” (Mayfield).

Estas dos últimas traducciones encajan muy bien con la palabra griega que normalmente se traduce como un simple “su” (idios o ἴδιος) qué en este versículo significa realmente “su propio” (Lenski, 152), algo que por alguna razón no aparece en ninguna de las traducciones protestantes al español, pero bastantes en inglés si lo hacen (“his own”).

Si aceptamos como genuina la forma adjetiva de “primero” (prōtos) la idea sería que Andrés halló o encontró primero a su propio hermano Pedro, lo cual implicaría a su vez que Juan el Apóstol también encontró a su propio hermano Jacobo.  Esta es la interpretación favorecida por Mayfield, Westcott y sobre todo Lenski.  Este último declara enfáticamente:

Si usamos el adjetivo, aprenderemos que Andrés, como el primero de los dos discípulos mencionados, encuentra a su propio hermano, lo que nos lleva a inferir que Juan, como el segundo de los dos, fue un segundo en las cercanías en encontrar a su propio hermano. Y esta es la historia verdadera… Todo esto es bastante claro si entendemos que Juan, también, “encuentra su propio hermano Santiago.” (Lenski, 152).[xiv]  (Por favor, noten que Santiago y Jacobo son el mismo nombre, y aquí se usa para referirse al hermano del Apóstol Juan.) 

En el segundo caso, la palabra “primero” podría ser también la traducción de un adverbio que modificaría al verbo “halló”, y aquí este “primero” aparece como prōton (πρῶτον), el cual se encuentra escrito en los manuscritos p66, p75, אc, A, B, Θ, f1, y f13 (según Morris en su nota 93).  Como vemos, entonces, el adverbio “primero” tiene el respaldo sólido de un número mayor de manuscritos.  Para muchos, este último hecho sería el que nos llevaría al veredicto final.

En este segundo caso, la traducción seria que “Andrés encontró a su hermano antes que él hiciera alguna otra cosa” (Morris), o similarmente, “La primera cosa que Andrés hizo fue encontrar a Pedro” (Carson).

Esta segunda interpretación adverbial es la que Morris, Carson, Mounce y otros parecen estar convencidos que es la original.  Hendriksen, por otra parte, parece solo inclinarse ligeramente ante esta segunda posibilidad: “Es posible que el adverbio sea el más correcto, pero si es así debemos confesar que no podemos dar una explicación satisfactoria” (112).

Hay también otras variantes, pero estas dos interpretaciones mencionadas aquí son las principales.  En todo caso, no parecen que estas dos principales variantes en los manuscritos sean problemáticas desde un punto de vista doctrinal o teológico.

En mi humilde opinión, la primera interpretación que mencionamos, es decir prōtos, parece tener más sentido, aunque tenga menos manuscritos que lo respalden.  Aun si fuera el caso que este texto original de Juan hubiera sido prōton, sabemos de todas formas que Jacobo, el hermano de Juan, pudo haber sido también un seguidor de Juan el Bautista y podría haber estado por allí también en esos momentos ya que estos dos pares de hermanos aparecen a menudo en los sinópticos, especialmente en el llamado formal de Jesucristo les hizo más adelante en el Mar de Galilea.

H. D. M. Spence-Jones: “Los cuatro se mencionan especialmente como estar juntos (Marcos 13: 3), de modo que no es descabellado sugerir que cuando Andrés buscó por primera vez a “su propio” hermano Simón, Juan también buscó “su propio” hermano Santiago” (p. 36).

Jesús es el Mesías

El testimonio corto y especifico que Andrés dio a su hermano Pedro sobre Jesús podría parecer algo inesperado para algunos de nosotros: “Hemos hallado al Mesías.”  Quizás hubiéramos esperado que Andrés hubiera dicho a Pedro que ellos habían hallado al “Cordero de Dios” (cf. vv. 29 y 36) o al “Hijo de Dios” (cf. v. 34), como lo habían escuchado ellos del mismo Juan el Bautista.  Sin embargo, lo que leemos aquí es que Andrés llama a Jesús el “Mesías”

Parece que la palabra “hallado” (RVR1960, LBLA, etc.) o “encontrado” (NVI, DHH, y otros) nos podría dar una pista acerca de esta conclusión del discípulo, pues esta palabra implica claramente que Juan y Andrés (noten el implícito “nosotros” en la palabra “hemos”) habían estado buscando al Mesías ya desde hace antes.

Ellos podrían haber estado inclusive siguiendo a Juan el Bautista con la esperanza de encontrar al Mesías.  Después de todo, muchos en aquel tiempo pensaban que el Bautista podría haber sido el Cristo (Lucas 3:15), algo que Juan rotundamente negaba (Juan 1:20).  A la misma vez, Juan el Bautista solía más bien señalar la llegada inminente del Cristo, insistiendo eventualmente que Él ya se encontraba en Israel (Lucas 3:15-16, Juan 1:25-27).

Noten que la creencia de que Juan el Bautista podría ser el mismo Mesías era tan fuerte que los textos en Lucas y Juan parecen indicar que Juan sabía de antemano que muchos (o inclusive “todos” en Lucas 3:15) pensaban equivocadamente que él podría ser el Mesías, y que también algunos en los círculos religiosos podrían haber sospechado que Juan pretendía secretamente serlo (cf. Juan 1:19-28).

En el pasaje de Lucas, leemos que todos se preguntaban “en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo.”  En el texto de Juan, por otro lado, no se registra que la delegación de Jerusalén le había preguntado específicamente si Juan era el Mesías antes que Juan mismo respondiera (como si estuviera contestando a una pregunta que ellos tenían dentro de sus mentes) enfáticamente primero en forma positiva (“confeso”) y después en doble negativa (“no negó” con el siguiente “no soy”) que él no era el Cristo (Juan 1:20).

Aparte de las expectativas mesiánicas de aquellos tiempos, la conversación que tuvieron Juan y Andrés con Jesucristo en aquella tarde (v. 39) les podría haber influenciado tanto que ellos llegaron a la conclusión de que Jesús era de hecho el Mesías.

Aunque no sabemos de qué exactamente ellos hablaron durante esa larga entrevista, si sabemos sus resultado; poco después de tal conversación, estos dos discípulos estaban convencidos de que Jesús era el Mesías prometido.  De hecho, tendrían que estar bastante entusiasmados de tal descubrimiento que Andrés fue a buscar a su hermano Pedro para compartir tal noticia aquella misma tarde, después de las 4:00 PM, o quizás al día siguiente como algunos creen, pero tal diferencia en tiempo no es tampoco muy importante, por lo menos no desde un punto de vista doctrinal  (cf. Stallings, 36).

Lo que sí es importante para nosotros es notar que el entusiasmo de Andrés para compartir las buenas noticias con su hermano Pedro es un buen ejemplo de evangelismo personal.

De esta manera, Andrés se convirtió en el primer misionero cristiano; el que comenzó a pregonar las buenas nuevas sobre Jesús, comenzando primero con una de las personas más cercanas a él: su “propio” hermano.  D. A. Carson: “De este modo, él se convirtió en el primero de una larga lista de sucesores que descubrieron que el testimonio cristiano más común y efectivo es el testimonio privado de amigo a amigo, hermano a hermano” (p. 155).

Como Keener lo nota, desde un punto de vista teológico, la conversión de Andrés se inició con el testimonio que este recibió del Bautista sobre la Persona de Cristo (el Cordero de Dios); y similarmente, la conversión de Pedro comenzó con el testimonio de su hermano sobre Jesús (quien es identificado como el Mesías).  Sin embargo, ambos hermanos realmente se convirtieron “a Cristo” solo después de tener un encuentro personal con Jesucristo (475).

Nosotros también debemos de tener siempre en cuenta que podemos y debemos ser un testimonio útil a otros acerca de Quién es Jesús en realidad, pero la verdadera conversión a Dios vendrá cuando nuestros oyentes tengan un encuentro personal y definitivo con Jesús.  Escuchar “de” Cristo es un buen comienzo, pero no el fin en sí mismo, uno necesita conocer a Jesús personalmente, establecer una relación personal con el Creador del mundo.

El Mesías: Definición y significancia

A pesar de haber llamado a Jesús el “Mesías”, es bastante probable que Andrés todavía no entendía por completo el significado veterotestamentario de este término, ni mucho menos todas las implicaciones de este título en la Persona Divina de Cristo.

La raíz gramatical de este término solo explica parte de su significancia, pero es un buen lugar para comenzar a entender su significado.  El título Mesías es una transliteración de una palabra hebrea o aramea que significa “el ungido.”  Esta palabra a su vez se refiere a una persona que ha sido escogida o consagrada para un cargo especifico (ver David Witthoff, ed., The Lexham Cultural Ontology Glossary, Bellingham, WA: Lexham Press, 2014).

En el Antiguo Testamento, el ungimiento y la consagración de reyes, profetas y sumos sacerdotes se efectuaba a través de una unción especial, típicamente en la forma de un rito religioso.  Como D. A. Carson lo explica (en Pillar, p. 155–156), los ungidos de Jehová estaban conformados por reyes (cf. 2 Samuel 1:14 y 1 Samuel 16:1–13), sumos sacerdotes (Levítico 4:3 y Éxodo 29:7) y profetas, incluyendo los patriarcas que cumplían tal rol (Salmos 105:15 y 1 Reyes 19:16).

Las unciones en el Antiguo Testamento la realizaban típicamente aquellos grandes personajes como lo eran Moisés y los profetas, utilizando el aceite (ver por ej. Éxodo 29:7 y 1 Samuel 16:1), el cual era un símbolo del Espíritu Santo.  Esto último es evidente cuando Isaías profetizó que el Cristo seria ungido con el Espíritu de Dios (cf. Isaías 61:1 y Lucas 4:16-21).  Sin embargo, en el caso de Jesús, poco después de su bautismo por parte de Juan el Bautista, su ungimiento se realizó no con aceite, sino directamente por medio del mismo Espíritu Santo (cf. Hechos 10:38), y no por obra de hombre, sino directamente por medio de Dios Padre, quien desde el cielo declaro: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17).

El tripe oficio del Mesías: Rey, Profeta, y Sumo Sacerdote

A pesar de que Juan el Bautista había sido su maestro, Andrés no podría haber todavía tenido en aquellos tiempos, al comienzo del ministerio de Jesús, una noción completa de tal título y posiblemente pensaría que el “Mesías” tendría solo el ungimiento de un Gran Rey, posiblemente porque se enfatizaba su descendencia davídica real, y por consiguiente se creía que el Mesías, en un día futuro, libertaria al pueblo judío de la opresión romana y comenzaría una era de prosperidad y bendición en la tierra.

Sin embargo, el conocimiento exacto de este término Mesías no precluiría su uso.  En otras palabras, el hecho de que en los otros tres evangelios (los sinópticos), los apóstoles no lograron un entendimiento completo y adecuado sobre este título, sino solo en el final del ministerio de Jesús en este mundo, esto no significa que hay una contradicción con el uso de este título en esta etapa temprana en la versión del Cuarto Evangelio, según algunos suponen.

La razón es que aquí Andrés y Juan estaban usando el título de “Mesías” aun cuando es casi seguro que ellos no conocían todavía todas las implicaciones de este término en la persona de Jesús (ellos recién se habían convertido en seguidores de Jesús y tenían mucho que aprender todavía).  Para ellos, el Mesías sería más que nadie un rey terrenal, una figura política, o un oficial militar; pero probablemente no entenderían todavía que el Ungido tendría también funciones espirituales de un Gran Profeta y un Sumo Sacerdote.

Jesús, en su rol de Mesías, tendría entonces el ungimiento no solo de un rey aún más grande que el rey David, sino que Él seria llamado el Rey de Reyes y Señor de Señores (Apocalipsis 19:16); además tendría también el ungimiento de un Gran Profeta, uno aún más grande que Moisés (Pedro en Hechos 3:22 hablaba de Jesús: ver el contexto completo de Hechos 3:11-26); y el ungimiento de un Sumo Sacerdote, Uno aún más grande que el primero de ellos, es decir, Melquisedec (cf. Hebreos 6:20).

El Mesías sería entonces un Rey Eterno, pero no en su primera llegada a la tierra, y no desde un sentido convencional humano.  Jesús no vendría a la tierra a liberar a los judíos del dominio romano.  Por otro lado, su Reino seria tanto espiritual como material, incluyendo toda la tierra durante el Milenio (Apocalipsis 20: 2-7), y no solo en las áreas geográficas de Judea y del Imperio Romano (Filipenses 2:10), sino de todo el mundo.  El Reino de Jesús también será eterno (2 Pedro 1:11).

Los judíos en general no entendían eso y pensaban nuevamente que el Reino del Mesías seria terrenal, un reino convenientemente erigido para terminar con la opresión extranjera.  Por eso, después de la alimentación de los cinco mil, un grupo inmenso de judíos trato de apoderarse de Jesús para hacerlo su rey, pero Él no accedió a eso, pues ese tipo de reino no era lo que Jesús quería (Juan 6:15).

 

Juan 1: 42:  El Simón del presente y el Pedro del futuro

42 Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro).

“Y le trajo a Jesús.”  Para Andrés, hablar de Jesús no era suficiente.  Andrés tenía que traer a su hermano a Jesús para que se convenciera él mismo acerca del Verbo Hecho Carne.  Andrés sintió la necesidad de que Simón Pedro tenía que tener un encuentro personal con el Jesús.

Habiendo escuchado el testimonio de Juan el Bautista acerca de Jesús, y sobre todo habiendo gastado algún buen tiempo con Él mismo durante la entrevista del versículo 39, Andrés estaba ahora convencido de que Jesús era el Mesías.  Ahora Andrés traería a su hermano al Único que podía limpiar los pecados del mundo y bautizar con el Espíritu Santo, para que Pedro tuviera también aquella misma experiencia maravillosa de conocer personalmente al Mesías.

En la teología de Juan, tanto el testimonio cristológico de los discípulos como la experiencia personal de Cristo se vuelven necesarios para una fe adecuada. En el lenguaje de la Primera Epístola, uno necesita la cristología correcta (1 Juan 2: 22-24) a través del testimonio apostólico (1 Juan 4: 6) así como el testimonio del Espíritu (1 Juan 2:20, 27; 3:24; 4:13; 5: 7-8); se supone que esta última es inseparable de la primera (1 Juan 4: 1-6, véase Juan 15: 26-27). (Keener, 475).

La aplicación para nosotros es que el mensaje personal y privado del nuevo creyente debe ser Cristocéntrico.  Uno sencillamente no puede dejar de hablar sobre la perla de gran precio, pero esta fe salvadora es algo que se completa solo con un encuentro personal con el Señor.  “Las simples palabras sobre él son insuficientes. Jesús debe ser encontrado para ser comprendido” (Stallings, 37).

Es necesario traer o invitar a los demás, a parientes y amigos, a tener un encuentro trascendental con el Señor Jesús.  Hablar solamente de Jesús puede producir una fe superficial y pasajera que llevaría al seguidor a tener solo un tipo de fe religiosa.  El tipo de fe salvadora es supernatural y procede solo del Hijo de Dios.  Es necesario tener una relación personal con Jesús.

En la teología de este Evangelio, cuando las personas “buscan” al Mesías, estos se dan cuenta de que Jesús ya los había conocido desde hace tiempo.  En el caso de Pedro, como habíamos notado antes, él estaba en los alrededores de donde Juan bautizaba porque Pedro mismo era un seguidor del Bautista (como varios teólogos creen), pues el Bautista tenía como propósito predicar venida del Mesías, y ahora al conocerlo, como lo explica Keener, Simón Pedro también descubre que Jesús ya lo conocía personalmente de antemano.

“Y mirándole Jesús”.  La mirada que Jesús tubo sobre San Pedro fue una mirada de observación y examinación (Hendriksen).  La palabra griega es la misma que se usó en el versículo 36, y viene del verbo emvlepsas (ἐμβλέψας), que significa en este caso que Jesús “fijó sus ojos en él” o que lo observó con una “mirada significativa” (Jamieson, 177; considerar además “mirad” en el léxico de Mateo 6:26).

Sobre los nombres en la antigüedad

Jesús estaba analizando no solamente quien era Pedro en el presente; sino también quien sería Pedro en el futuro, es decir, que era lo que Cristo iba a hacer con el nuevo discípulo.  Como una forma de comunicar tal transformación, el Señor utiliza como herramienta ilustrativa la asignación de un nuevo nombre para este propósito, un sobrenombre o nombre nuevo con significancia teológica, pues por algo el autor de este Evangelio traduce al griego el significado de la palabra original aramea “Cefas”.

Entonces, para entender el propósito del cambio que Dios iba a realizar en la persona y carácter del Apóstol, es necesario entender primero la significancia que un nombre tenía en la antigüedad.  En primer lugar, los nombres describían a la persona entera.  Abreviaban con una palabra o frase la personalidad completa de la persona.  Los nombres asignados en algunos casos describían también un evento singular a la hora de nacer, pero parece que más a menudo declaraban con una palabra el carácter integral de la persona.

A diferencia de nuestros días, el nombre no era solo una etiqueta pronunciada solo para distinguir a una persona de entre las multitudes.  Tenían significados profundos.  Los nombres en aquellos tiempos tampoco iban acompañados de apellidos.  Ellos utilizaban una relación familiar o geográfica para ayudarlos a distinguir a una persona en particular.

Por esta última razón, generalmente el nombre de la persona iba acompañado con el nombre del padre de este; es decir, se añadía ben en hebreo y bar en arameo al comienzo del nombre del papá, y estas palabras adjuntas significaban “hijo de” (ver Borchert, 144).  Así en Mateo 16:17, por ejemplo, “Simón hijo de Jonás” erala transliteración del arameo Simon Bariōna (Mounce, 382; ver también el léxico de Iónas).

Si el individuo era de otro lugar más lejano, no tendría mucho sentido llamarlo en relación de un progenitor que no sería conocido por nadie, y se podría suponer que por esta razón al individuo se le llamaba más bien por su nombre y el lugar de procedencia geográfica, ya sea este el nombre de un pueblo o una región (cf. Köstenberger, 77).

El Nombre de Jesús

Como un ejemplo acerca de la significancia de los nombres en la época de Jesús, y aun en los tiempos “antes de Cristo”, la mejor ilustración que podemos dar es el significado del nombre de Jesús, sobre todo por sus importantes implicaciones teológicas que podemos aprender en el proceso.

Ya en Juan 1:12 leímos que a los que creen en “su nombre” (en el nombre de Jesús) se les dio potestad (autoridad) de ser “hijos de Dios”.  Este versículo no significa que los hijos de Dios son aquellos que creen que a ese Hombre de Nazaret se le debería llamar o pronunciar verbalmente “Jesús” (Mateo 1:21), en vez de “Emanuel” (Mateo 1:23) o inclusive “Yeshúa” (en hebreo).

Lo que este versículo quiere decir es que hijos de Dios son aquellos que aceptan el “nombre” de Jesús, es decir, aceptan teológica y espiritualmente a toda su Persona, su autoridad, su doctrina y sus enseñanzas (cf. Morris, 88; comparar también “potestad” o autoridad, con el “nombre” de Jesús en Hechos 4:7; comparar por último el bautizarse de acuerdo a la doctrina y en el nombre de Cristo versus “el nombre de Pablo” en 1 Corintios 1:12-17, esp. vv. 13 y 15).

Humanamente hablando, cuando Jesús estaba en la región donde creció, Nazaret o en sus alrededores, el Señor también era comúnmente identificado como “el hijo de José”, quien era por oficio carpintero, y/o por medio de su parentesco con otros de sus familiares (Juan 6:42; cf. Mateo 13:55-56; Marcos 6:3).  Por otro lado, en lugares más lejanos como en la región de Judea, el Señor era conocido también como “Jesús nazareno” (ver Juan 18:5 en RVR1960) o “Jesús de Nazaret” (Juan 18:5 en NVI).  En por lo menos un otro caso, a tan solo tres versículos más adelante, al Señor se le identifica también por los dos métodos, es decir, por medio de su relación familiar y el de su procedencia geográfica: “el hijo de José, de Nazaret” (Juan 1:45).

Simón Pedro: ¿Hijo de Jonás o hijo de Juan?

Regresando a Juan 1:42, el lector moderno ahora podrá entender en parte porque Jesús le decía al futuro apóstol: “Tú eres Simón, hijo de Jonás”.  El Señor le llamó “hijo de Jonás” porque nuevamente esta era una forma de identificar a una persona en donde, en aquellos tiempos, no se utilizaban apellidos, sino que era antes habitual que en casos como estos que uno se refiriera a personas como Simón Pedro como el hijo de su progenitor: “hijo de Jonás” (RVR1960), o si utilizamos alguna otra versión de la Biblia al castellano, “hijo de Juan” (por ej. LBLA).

Entonces, este tópico sobre la significancia del nombre en la antigüedad nos lleva a su vez a otro pequeño tema donde necesitamos entender también porque leemos que Pedro era hijo de Jonás o hijo de Juan según la versión de Juan 1:42 que estemos utilizando (ver las diferentes versiones aquí).

Según Robert “Bob” James Utley, la diferencia (en Juan 1:42) entre los dos nombres del padre de Simón Pedro se debe a que algunos manuscritos antiguos contienen la palabra “Juan” (P66, P75, m y L) mientras que otros registran el nombre “Jonás” (manuscritos A, B3, K y la mayoría de los posteriores manuscritos griegos).  Después Utley concluye: “Parece que no hay una respuesta clara a esta pregunta. Las variaciones en ortografía son comunes con los nombres transcritos de un original arameo.”  Fuente: Robert James Utley, The Beloved Disciple’s Memoirs and Letters: The Gospel of John, I, II, and III John, vol. Volume 4, Study Guide Commentary Series (Marshall, Texas: Bible Lessons International, 1999), 20.[xv]  

D. A. Carson, por otro lado, sin querer gastar mucho tiempo en explicar esta diferencia de nombres, menciona brevemente y en un paréntesis que simplemente “’Jonás’ en arameo es una forma abreviada de ‘Juan’” (Carson, Pillar, 156; ver también Mounce, 382).  Andreas J. Köstenberger (p.77) es un poquito más generoso al explicar estos nombres: “El griego subyacente en ‘hijo de Juan’ transcribe el arameo y puede abreviar ‘hijo de Yohanan’ (arameo para “Juan”; ver Mateo 16:17; Bruce 1983: 58).”

Por último, es también posible que el padre de Pedro y Andrés simplemente había tenido dos nombres diferentes, Juan/Jonás, al igual que Bernabé/José y el Apóstol Saulo/Pablo (“John, Father of Peter,” ed. John D. Barry et al., The Lexham Bible Dictionary, Bellingham, WA: Lexham Press, 2016).

Simón Pedro:  La teología detrás del cambio de nombre

Con respecto al significado teológico del cambio de nombre que Jesús otorga a Simón, notemos primero que cuando Jesús le dice al Apóstol: “Tú eres Simón, hijo de Jonás”, el nombre “Simón” representaba el hombre natural de Pedro; y cuando después el Señor añade “tú serás llamado Cefas,” este segundo nombre (o sobrenombre) representaría al hombre renacido, la nueva criatura en Cristo Jesús.

Note que Jesucristo no dice “tú eres Cefas” (como en Mateo 16:18, aunque allí se utiliza la versión griega del nombre “Pedro”, en un evento histórico que se registra a mediados del ministerio terrenal de Cristo), sino que aquí en Juan 1:42 el Señor utiliza el tiempo futuro “tú serás llamado Cefas” (subrayado en estos dos versículos por motivos de énfasis).

Según Craig S. Keener, “muchos eruditos” consideran inauténtico el cambio de nombre de este apóstol.  Sin embargo, el cambio de nombre no solo esta atestiguado en Juan 1:42, sino también en Mateo 16:17–18 y aun brevemente en Marcos 3:16.  Habiendo por lo menos tres fuentes bíblicas diferentes, Keener mantiene que el cargo de probar legalmente que estas pruebas son falsas recae sobre los escépticos (Keener, 477).

Petros y petra

En el griego original, la pluma del autor de este Evangelio escribió que el Apóstol “Pedro” (como nosotros lo conocemos mejor) iba a ser “llamado” Κηφᾶς (Cefas), lo cual quiere decir Πέτρος (Petros).

Mientras que el segundo término, Petros, es una palabra griega propiamente dicha (una palabra en el lenguaje que entendían los lectores originales de este evangelio) que significa piedra o roca; la primera palabra, Cefas, es por seguro una transliteración (del arameo al griego) de otra palabra כֵּיפָא, (kēpha), que en el idioma semita arameo también significa roca (Morris, nota 95, 140), a la cual se le añadió al final una “s” al final para dar a esta palabra un deletreo griego (Carson, 156).

“Cefas” es también la misma transliteración que el Apóstol Pablo utilizó en sus cartas tanto en 1 Corintios 1:12; 3:22; 9:5; 15:5 como en Gálatas 1:18; 2:9, 11, 14 (Bartley, 79; Kruse, nota 6 de Juan 1:42).  (Sin embargo, en la versión RVR1960 de Gálatas 1:18 y 2:11, 14 podemos notar que se utiliza el nombre “Pedro”, por motivos que desconozco, pero me imagino que es porque este último nombre, Pedro, es el nombre más conocido del apóstol en el idioma castellano).

El evangelista tenía por lo menos dos opciones para traducir el arameo Cefas al griego, es decir, podría haber dicho que Cefas significaba “Petras” en vez de “Petros”.

Leon Morris nos da un indicio de su opinión acerca de la razón por el cual el autor del Cuarto Evangelio podría haber escogido Petros en vez de la más común Petra:

Estrictamente el equivalente griego de Cefas es Πέτρα [Petra], pero esta tiene una terminación femenina y la forma masculina menos usual se usa para el nuevo nombre de Simón. Originalmente πέτρα [petra] significaba la roca sólida y πέτρος [petros] una piedra, un pedazo de roca, pero los dos parecen no haber sido claramente distinguidos en los tiempos del Nuevo Testamento (Morris, Nota 95, 140).

Notemos, sin embargo, que aquí la palabra “parecen” (en la última oración) sugiere duda por parte de Morris.  Aun así, estrictamente hablando, el término griego petros4074 significa a una piedra separada de una roca grande y maciza (petra4073)” (Bartley, 79).

Estas dos palabras griegas, petros y petra, también aparecen en Mateo 16:18 (cronológicamente a mediados del ministerio de Jesús), donde Cristo también estaba hablando con Pedro:

Y yo también te digo, que tú eres Pedro [Petros], y sobre esta roca [petra] edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella (ver footnotes en Mateo 16:18, RVR1960).

Reflexionando sobre este último versículo, uno podría inferir que Pedro era la piedra pequeña, y que cuando Jesús hablo de la roca, el Señor se podría estar refiriendo a sí mismo, la Roca Central de la Iglesia.

Leamos ahora lo que el teólogo contemporáneo John MacArthur tiene que decir con respecto a petros y petra:

La palabra para Pedro, “Petros”, significa roca pequeña (Jn. 1:42). Jesús usó aquí un juego de palabras con petra, la cual significa piedra de fundación (Cp. 7:24, 25). Puesto que el NT expresa claramente que Cristo es tanto la piedra de fundación (Hch. 4:11, 12; 1 Co. 3:11) como la cabeza (Ef. 5:23) de la Iglesia, es un error pensar que alguno de los apóstoles pudiera cumplir una función fundacional en la Iglesia (Ef. 2:20), ya que el rol de primacía es reservado únicamente para Cristo y no a Pedro (MacArthur, Bible Study, Mateo 16:18).

Sobre una crítica en particular acerca de la posición de la Iglesia Católica Romana sobre su interpretación que estos versículos bíblicos significarían que Pedro sería nombrado por Cristo como el primer Papa de la Iglesia Primitiva de Cristo, ver este interesante artículo en el website de GotQuestions.org.

John Gill, haciendo una clara referencia a 2 Pedro 2:4-5, más bien comenta que Jesús le dice a Pedro que él será como “una piedra viva en el edificio espiritual, la iglesia” y que debe tener una “mano considerable en esa obra”; que debe permanecer “firme y constante ante Cristo”, a pesar de la caída espiritual que tendría, continuando “constante e inamovible hasta la muerte, como lo hizo Él” (Gill, John 1:42).

Simón Pedro:  La razón y la significancia teológica del nombre nuevo

El cambio de nombre entonces representa un cambio de carácter; el cual se realizaría en el futuro porque el nuevo discípulo de Jesús no era de por seguro firme y seguro como una “piedra”.  Ese sería un cambio gradual en la persona de Simón Pedro, cambio que se perfeccionaría por medio del poder y la gracia redentora de Dios.

Como lo indican también los evangelios sinópticos, por ahora y a lo largo del transcurso de los tres años en el ministerio del Señor Jesús, Pedro sería más bien una persona voluble, inconstante e imprevista; algunas veces para el bien (6:68; 13:9; 18:15; 20:3–6; 21:7), pero otras veces para mal (13:6–8, 36–37; 18:10).

Entonces, el nombre “Simón” simbolizaba para Jesús el hombre viejo de este apóstol; en contraste con el nuevo nombre, “Cefas”, que simbolizaría el nuevo hombre, o la nueva criatura, como diría Pablo (2 Corintios 5:17).  De allí en los sinópticos, de acuerdo con John F. MacArthur, cada vez que Pedro se comportaba como un hombre espiritual, el Señor le llamaría con aprobación “Pedro”; pero, cuando necesitaba una buena amonestación, el apóstol seria reprendido con el nombre de “Simón” (MacArthur, MNTC, 66–69).

Por supuesto, Jesucristo conocía perfectamente el estado espiritual de Simón Pedro cuando se encontraron por primera vez, y fue algo que el Señor aparentemente consideró al mirarlo tan detenidamente, quizás pensando también sobre su decisión de hacer de este nuevo discípulo una figura destacada en la historia inicial del cristianismo, o por lo menos en los meses inmediatos después de la Resurrección, eventos que Lucas describe en Hechos el importante papel que Pedro desempeñó en esos tiempos tan cruciales.

Dios otorgaría a Pedro aquel don especial que necesitaba para poder ser un líder efectivo en la Iglesia Primitiva de Cristo.  Lo equiparía para hacer de él uno de los tres pilares o columnas principales que metafóricamente “sostendrían” la Iglesia de Cristo (Gálatas 2:9).  Aunque de ninguna manera esto último significaría que su personalidad seria completamente intachable o infalible (cf. Gálatas 2:11-21).  Pedro seguiría siendo un ser humano, imperfecto como todos nosotros, el apóstol si tendría el Espíritu de Dios sobre él, como también sobre los demás apóstoles y creyentes desde el Dia de Pentecostés (Hechos 2).

Mientras que Jesús escogió al Discípulo Amado para ser el último apóstol que quedaría para recibir personalmente al Cristo Resucitado para una última revelación, el Apocalipsis (Juan 21: 22-24); y aun cuando el Apóstol Pablo sería uno de los misioneros más grandes en la historia del cristianismo, segundo solo a Jesucristo; Dios escogió a Pedro para ser el líder indiscutible en la etapa inicial de la Iglesia Primitiva.  Por eso, a pesas de todas sus imperfecciones, Pedro siempre será un buen ejemplo de liderazgo para todos nosotros.

Jesús, no Pedro, es la Roca Central de la Iglesia

Como vimos en la previa sección “Petros y petra”, en el día de hoy es también necesario clarificar un error que por lo menos Juan Calvino pensó que era importante mencionar en los tumultuosos tiempos en que le tocó vivir (ver Calvin, 73 y 290–291).  Ni el texto que estamos estudiando (Juan 1:42), ni el famoso versículo sobre Pedro y la fundación de la Iglesia (Mateo 16:18), indican que Jesucristo quería declarar que Pedro era la piedra central de la Iglesia.  Ese privilegio estaba reservado solo y exclusivamente para Cristo, por eso precisamente la llamamos la “Iglesia de Cristo” porque sencillamente Cristo es la cabeza de la iglesia (Efesios 5:23; Colosenses 1:18).

Esto es algo que Simón Pedro mismo clarificó en 1 Pedro 2: 4-8.  De acuerdo al texto de su primera epístola, la “principal piedra del ángulo” es por supuesto Jesús, el Hijo del Dios Viviente.  Al igual que Jesucristo mismo (v.4), Pedro y todos los creyentes son también “piedras vivas” (v.5) en el templo de Dios, Quien está en el corazón de cada cristiano, pues allí también mora Jesucristo cuando el creyente le abre la puerta de su corazón (cf. Apocalipsis 3:20).

Todos los creyentes que perseveren en la doctrina inalterada de Cristo recibirán también un nombre nuevo, el cual será grabado en una “piedrecita” blanca (ver Apocalipsis 2:17, sin embargo, se utiliza dos veces otra palabra griega para piedrecita: ψῆφον).  ¿Cuál será ese nombre para cada uno de nosotros?  Eso si todavía no lo sabemos, pero a Pedro si se le reveló tal nombre como una forma de hacerle recordar, según MacArthur, el tipo de persona que Cristo quería que Pedro fuera.

También con respecto a la metáfora de la piedra en Mateo 16:18, es como una analogía que se extiende entonces a todos los creyentes “…cada uno de los cuales es un templo de Dios (1 Co. 6:19) y quienes, unidos por la fe, hacen juntos un templo (Efesios 2:21). Pero también denota la excelencia distinguida de Pedro por encima del resto, ya que cada uno en su orden recibe más o menos, de acuerdo con la medida del don de Cristo (Efesios 4: 7).” (Calvin, 291).

Es Dios entonces quien decide el don que cada creyente recibirá (1 Corintios 12:11), y el cambio de nombre en Juan 1:42 denota los dones sobresalientes que Simón Pedro recibiría en el futuro.

Sin embargo, como se mencionó antes, este y los siguientes pasajes no son solo sobre San Pedro, quien en esta oportunidad no pronuncia palabra alguna (o por lo menos no se registra sus palabras en este pasaje).  Si, podemos aceptar lógicamente que aquí se menciona a Pedro en particular, y en los próximos versículos leeremos también sobre Felipe y Natanael, pero creo que es claro que el tema central en todos estos pasajes es sobre Jesucristo y su conocimiento sobrenatural que tiene sobre todos los hombres.

Jesús conoce nuestro presente y futuro

Entonces este pasaje en realidad es sobre Jesucristo, y creo que aquí el autor del Cuarto Evangelio quería también resaltar la divinidad de Jesús, mostrando un aspecto importante de su poder, el conocimiento intimo que Jesús tiene sobre todos los hombres: El Señor conoce nuestro presente y también nuestro futuro.

Aunque algunos autores como Lenski creen que Andrés le habría hablado a Jesús sobre su hermano y padre durante la entrevista previa (v. 39), o quizás poco después de traer a su hermano al Señor (v.42), a la hora de presentar Pedro a Jesús.  Sin embargo, estos pasajes no dicen específicamente esto.  El pasaje no dice que Pedro introduce su hermano a Jesucristo, por decir, Señor, le presento a mi hermano Simón”.

Por otro lado, el pasaje que estamos estudiando tampoco menciona que Jesucristo sabia sobre Pedro y sobre su padre de una forma sobrenatural, pero creo que esta sería una deducción más razonable de acuerdo a lo que vamos a ver un poco después en este mismo capítulo en la historia sobre Natanael (Juan 1: 48-49); en el siguiente capítulo donde se menciona claramente que Jesús conoce los corazones de los hombres (Juan 2: 23-25); y en el cuarto capítulo donde se demuestra también que Cristo conocía bastante bien a la mujer samaritana, alguien que le cambia el tema de conversación después de sentirse incomoda al ser confrontada con una parte difícil de su pasado (Juan 4: 17-19, 29).

Jack Wilson Stallings: “El conocimiento de Jesús con respecto a Pedro debe entenderse como esencialmente sobrenatural en lugar de meramente intuitiva. Su acción, como la que involucra a Natanael en los versículos siguientes, claramente implica una visión sobrenatural. Su propio ser y los poderes sobrenaturales de Jesús como el Mesías están claramente enfocados aquí (ver Schnackenburg)” (144).

Como se mencionó ya antes, Craig S. Keener también piensa de una forma similar:  “Cuando otros discípulos potenciales se encuentran con Jesús por sí mismos, descubren que ya los conoce, lo que también los convence de su identidad” (475).

Es ese conocimiento íntimo de Jesús hacia Simón Pedro entonces revela un aspecto limitado de su Omnisciencia en la tierra.  La meta de este Evangelio, después de todo, es que los lectores crean realmente en Jesús y que al hacerlo tengan vida eterna (Juan 20:30-31).

Aun el hecho de que Jesús cambió el nombre de Simón muestra además la condición de su autoridad Real y Divina a la vez, como Morris lo explica claramente: “El nombramiento de un nuevo nombre es una afirmación de la autoridad del dador (por ejemplo, 2 Reyes 23:34, 24:17). Cuando Dios lo hace, habla además de un nuevo personaje en el que la persona aparece en adelante (por ejemplo, Génesis 32:28)” (Morris, 140; con palabras subrayada por mí, por motivos de énfasis).

En otras palabras, en el Antiguo Testamento los reyes de la tierra mostraban su autoridad cambiando los nombres de sus súbditos, pero solo Jehová los cambiaba por tener un conocimiento presente y futuro de lo que estas personas serian o se convertirían después.

Así en Génesis 17:5, por ejemplo, Dios cambia el nombre de Abram a Abraham, pues como se explica allí, este famoso personaje bíblico se convertiría en el futuro padre de una gran nación.  En este caso también, Dios no estaba solamente profetizando, sino que Jehová le dice a Abraham que Él le había “puesto” por padre de muchísima gente.  El pasado, presente, y futuro del hombre le pertenece a Dios; y siempre se cumplirá lo que Dios mismo decreta.  Los profetas, por otro lado, solo profetizaban acerca de lo que Dios ya había establecido que iba a suceder.

Aunque algunos rabinos en los tiempos de Jesús también solían otorgar nombres o apodos a algunos de sus propios discípulos, un nuevo nombre describía a la persona solo en su estado presente.  En otros casos, cuando gentiles se convertían al judaísmo, ellos tomaban algún nombre hebreo, o algún otro nombre que describía una esperanza acerca un cambio positivo en la persona (ver Keener y Köstenberger), pero no como parte de una profecía futura.

En el caso de Cristo el Mesías, Él no era solo un profeta ungido como los demás del Antiguo Testamento, quienes tendrían que esperar una revelación divina de Jehová para pronunciar profecías, sino que más bien el Señor Jesús tomaba decisiones acerca de que era lo que quería que Pedro, en este caso, se convertiría en el futuro: un hombre fuerte y estable como una piedra dura, requisitos indispensables en el liderazgo de una iglesia naciente.  Jesús estaba dictando los términos sobre quien Pedro iría a ser, en qué tipo de hombre se convertiría en su respectivo momento, de acuerdo a su voluntad y a sus planes futuros para la Iglesia.

Teológicamente hablando, el cambio de nombre fue entonces más que una simple profecía, fue una declaración acerca de la voluntad de Dios de hacer de Pedro un hombre fuerte en carácter y constante en sus decisiones; alguien que dirigiría la Iglesia en un periodo tan crítico después de la Resurrección, en un tiempo donde algunos judíos pensaban y esperaban que la nueva “secta” pasaría pronto al olvido.

Pedro no tendría las cualidades de un líder cristiano, pero fue la gracia y la voluntad de Dios que él se convertiría en uno de los pilares que sostendrían la iglesia en tiempos de persecución venidera.

Que maravilloso es saber que Jesús no nos ve en términos de lo que somos ahora, sino nos ve conforme a lo que podemos llegar a ser cuando escuchamos su llamado y decidimos seguirlo.  El Señor tiene un plan específico para cada uno de nosotros, y aunque no todos nosotros sabremos al comienzo cual será nuestra vocación o papel específico dentro de su Iglesia, nosotros si debemos de obedecerlo y confiar que su plan es el mejor para nosotros y sobre todo para la Iglesia que Cristo mismo fundo hace dos mil años, una iglesia invisible y eterna, una que contiene personas de diferentes grupos y denominaciones en todos los lugares del mundo.

Cuando recordamos que Pedro tan a menudo entendía mal las cosas, y cómo le falló a Jesús al final, es un estímulo para todos nosotros saber que Dios sabía lo que llegaría a ser al final. De la misma manera, Dios sabe también en qué nosotros nos convertiremos. Una vez que estamos en Cristo, Él no nos juzga como somos, sino como lo que Él sabe que llegaremos a ser (Peter Pett, John 1:42).

 

Conclusión

Este y el próximo pasaje bíblico contiene datos históricos y enseñanzas teológicas sobre el comienzo de la Iglesia de Cristo.  Nos habla de cómo el Señor reclutó a sus primeros discípulos, quienes aunque al comienzo mantendrían sus respectivas ocupaciones, posteriormente se convertirían en sus apóstoles, dejando eventualmente todo lo que tenían para seguir a tiempo completo los pasos de nuestro Señor Jesucristo.

Al igual que Juan y Andrés, es importante también que nosotros reflexionemos cuidadosamente acerca de nuestra verdadera motivación para seguir a Jesús, especialmente cuando comenzamos a vivir la vida cristiana.  ¿Queremos seguir a Cristo solo para recibir ganancias materiales, mejorar nuestra salud, o aun para ayudarnos en nuestras relaciones con los demás?

Estas cosas son algunas veces parte del “paquete”, pero creo que lo más importante para Dios es que lo sigamos por amor a su Nombre, es decir, porque lo amamos y confiamos que su decisión para con nosotros va a ser siempre la mejor.  Si en ese plan incluye prosperidad económica como la tubo Abraham y Job en el Antiguo Testamento, amén, que así sea.

Pero también tenemos que reconocer que seguir a Cristo en la mayoría de los casos va a significar también privarnos de muchos deleites materiales y vivir así una vida de sacrificio.  Esta es la idea general cuando Jesucristo dijo que debemos de tomar nuestra propia cruz y seguirlo (Mateo 16:24).

Tenemos que seguirlo incondicionalmente, en las buenas y en las malas, aun cuando podríamos poner nuestras vidas en peligro.  El camino de la Cruz no termina en un palacio real llenos de lujo, sino que en muchos casos va a conducir aun a la muerte en este mundo, y este fue justamente el caso de la mayoría de los primeros cristianos.  Esta es precisamente una advertencia que no se menciona con mucha frecuencia en estos tiempos de apostasía.

El énfasis misionero del pasaje ilustra además como la predica pública y privada de Juan el Bautista tubo tal efecto en el corazón de algunos de dos de sus seguidores que estos deciden abandonar a su antiguo maestro para convertirse en discípulos del Mesías, seguidores del Cordero de Dios Quien podría bautizarles con el Espíritu Santo, y Quien además tiene la voluntad y el poder de perdonar los pecados del mundo.  Esto sería, por supuesto, una referencia al papel redentor que Jesucristo pagó en el Calvario, donde murió voluntariamente por nuestros pecados y por los pecados de todos aquellos que creen en su Nombre.

Nosotros también debemos de insistir en el Mensaje de la Cruz, predicando al Cristo resucitado primeramente a nuestros familiares; pero también a nuestros amigos, vecinos, colegas, compañeros de trabajo y a todos los que tengamos la oportunidad de hablar.  Después de la conversión, es natural hablarles primero a aquellas personas con las que vivimos y amamos, pero la invitación se debe extenderse a todas las personas que conocemos.  El Mensaje de la Cruz debe llevarse a los confines de la tierra.

Debemos de insistir también que conocer al Mesías no se trata tampoco de seguir una religión, marchar detrás de una procesión, estudiar unos cuantos cursos teológicos, o hacerse inclusive miembros oficiales de una iglesia.  Lo importante es realmente tener un encuentro personal con Jesús.  Debemos de gastar tiempo de “calidad” y a solas con el Señor, estudiar su bendita Palabra, cantarle himnos y alabanzas, alabarle con nuestras oraciones, y por último, debemos de asistir también a una iglesia donde se predica el evangelio puro y completo de nuestro Señor Jesucristo.

Aunque la iglesia local puede ser nuestro punto inicial para congregarse y aprender más de Dios, no es de ninguna manera el único lugar donde debemos actuar para la causa de Jesús.  Muchas veces vamos a tener que ser como Andrés, quien fue a buscar a su hermano, al lugar donde seguramente se alojaba, para llevarlo a Cristo.  Y así como Andrés, nosotros también vamos a tener que ir a buscar a nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo.  Debemos de salir de nuestras zonas confortables e ir a lugares donde el Señor nos quiere mandar, incluyendo ir a las cárceles, hospitales, y en algunos casos ir hasta en las mismas calles.

Hablar a otros de Cristo no es una opción, es un mandato que Cristo dio a su Iglesia.

Todos nosotros somos “piedras vivas” en la casa que Dios ha construido, la Iglesia que el Verbo encarnado fundó, una que tiene como piedra angular a Cristo.  Todos los creyentes somos también el templo de Dios, donde Cristo Jesús mora a través del bendigo Espíritu Santo (cf. 1 Corintios 3: 16-17).

El Señor nos toma en cualquier condición material y espiritual con que vengamos a Él, y nos cambia paulatinamente por medio del poder del Espíritu Santo, perfeccionándonos con su gracia y poder, para que así nosotros también podamos recibir el don divino y ser así instrumentos útiles para su obra; para poder ser exactamente el hombre o la mujer que Dios quiere que seamos.  Y aunque no todos vamos a ser llamados a ser grandes predicadores y misioneros como Pedro lo fue después de la Resurrección, todos los creyentes si tenemos el llamado a testificar de las Buenas Nuevas.

No podemos avergonzarlos del Evangelio de la Cruz porque es poder de Dios para transformar vidas en un mundo que necesita tanto de Cristo y para ayudar a los demás a alcanzar la vida eterna en el otro mundo venidero.  Que vengamos nosotros a su Reino, que traigamos a otros también con nosotros, pues esta es la voluntad de Dios, Quien en estos días obra por medio del Espíritu de Consolación.  Que así pues sea.  Amén.

 

Notas

[i] “La transición de la persona y obra del Bautista a las de Jesús es descrita con estilo gráfico. Juan se retira al segundo plano, y Jesús rápidamente ocupa el lugar de prominencia (3:30)” (Mayfield, 46). “El enfoque ahora cambia del testimonio del Bautista a los primeros encuentros entre Jesús y aquellos que lo recibieron (Juan 1:12).” (Dongell, 48).

[ii] “Los relatos sobre los comienzos del discipulado de estos personajes, con sus invitaciones para venir y ver a Jesús, son particularmente importantes para los lectores…, cualquiera que sea su etapa de discipulado o creencia.” (Lincoln, 116).

[iii] “Que los dos discípulos siguieron a Jesús no implica que se convirtieron en Sus discípulos permanentes en este tiempo.  Es cierto que akoloutheō (seguido) se usa en el evangelio de Juan para significar ‘seguir como discípulo’ (por ejemplo, Juan 8:12; 10:27; 12:26; 21:19, ver Mateo 4:20, 22 9: 9). Pero también puede usarse en un sentido general (por ejemplo, Juan 6:2, 11:31, 18:15, 20: 6, 21:20).” (MacArthur, MacArthur New Testament Commentary, 57).  Nota adicional: Para diferenciar el Comentario de John MacArthur con su Biblia de Estudio (la cual si está disponible en español y la recomiendo mucho), cada vez que haga referencia a este Comentario la abreviare como MNTC, antes del numero de la página.

[iv] Al usar en este website el nombre oficial del Evangelio que lleva el nombre del Apóstol Amado, “San Juan”, no estoy tratando de argüir (ni siquiera implícitamente) que solamente los personajes bíblicos, ni mucho menos aquellas personas que han sido canonizadas por la Iglesia Católica Apostólica Romana, son efectivamente “santos”.

La Biblia es bastante clara que santos son aquellos que han sido apartados para Dios (cf. 1 Corintios 1:2; 1 Pedro 1:16), aun cuando los creyentes no son perfectos.  Solo Dios es perfecto.  Sin embargo, puesto que las versiones Reina Valera (especialmente la de 1960) son las versiones más usadas dentro de la tradición cristiana evangélica, estoy simplemente usando el término que estas traducciones generalmente han usado para designar al Cuarto Evangelio (por lo menos en el título oficial de este Evangelio, que aparece en la primera página, arriba de Juan 1:1).  Esto es algo parecido a lo que paso con el nombre en español de la Epístola Universal de Santiago (ver por ej. la traducción de Santiago como San “Tiago” en portugués).

Entonces, por esta última razón, y además por conveniencia, en este Comentario online (SanJuan.CC), cuando me refiera al Evangelio, simplemente usare las palabras “San Juan”, o simplemente “Juan” (este último cuando el contexto del pasaje este claro, por ej., como cuando se menciona el conocido versículo de “Juan 3:16”).  Cuando me refiera al Discípulo Amado, generalmente utilizare el título y nombre “Apóstol Juan”.  Y por supuesto, si estoy hablando sobre el precursor, aquel quien preparo los caminos del Señor, el que “bautizaba con agua”, seguiré utilizando el nombre y apodo de “Juan el Bautista”.

[v] “La condición anónima del Evangelio fuertemente refuerza los argumentos en favor de que Juan sea el autor, ya que solo alguien de su bien conocida y preeminente autoridad como apóstol podría ser capaz de escribir un Evangelio que fuera diferente de una manera tan marcada en forma y sustancia de los otros Evangelios y haber recibido aceptación unánime en la iglesia primitiva.” (MacArthur, Biblia de Estudio MacArthur, sección Autor y Fecha de San Juan).

[vi] La cita original de Abraham Calovius, también conocido como Abraham Calov, la cual es mencionada por Lenski: “We are accustomed to seek what we have lost, or what otherwise is beneficial or desirable for us. But what was there more desirable, more longed for during forty centuries past on the part of so many illustrious men, the patriarchs, judges, kings, prophets, and all the saints of the Old Testament, than this Lamb of God, which John’s testimony on the heights between the Old and the New Testament declared to be present at last?” (Lenski, 146).

[vii] Otra cita un poco difícil de traducir, por eso, muestro aquí también el texto original: “Many are seeking what they should not, and others are not seeking what they should. Let us, too, face this question of Jesus in order that we may cast out all self-seeking, all seeking of ease in Zion, all worldy ambition even in churchly things, all unworthy aims, and rise to the height of our calling both as believers and as the called servants of the Lord, and let us help to confront others with this same question that they, too, may find in Jesus what he came to bring. For a hidden promise lies in the question, “What are you seeking?” Jesus has the highest treasure any man can seek, longs to direct our seeking toward that treasure in order that he may bestow it for our everlasting enrichment.” (Lenski, 146).

[viii] “They address him as ‘Rabbi,’ the customary form of address for disciples speaking to their teacher” (Morris, 137).  Esta explicación se podría traducirse como: “Ellos se dirigen a Él como ‘Rabí’, la forma habitual para los discípulos a la hora de hablar con su maestro.”

[ix] Una excepción a esta regla seria Juan 20:16: “Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro)” (RVR1960).  Sin embargo, debe notarse que esta historia de Juan 20 ocurrió en el día de la resurrección, antes de Pentecostés, es decir, después de la venida del Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad, Quien abriría el entendimiento de todos los discípulos y seguidores de Cristo para poder entender y aceptar la Divinidad de su Persona.

[x] In asking where he dwelt, they intimate a desire to be better acquainted with him. Christ was a stranger in this country, so that they meant where was his inn where he lodged; for there they would attend him at some seasonable time, when he should appoint, to receive instruction from him; they would not press rudely upon him, when it was not proper. Civility and good manners well become those who follow Christ. And, besides, they hoped to have more from him than they could have in a short conference now by the way. They resolved to make a business, not a by-business of conversing with Christ. Matthew Henry, Matthew Henry’s Commentary on the Whole Bible: Complete and Unabridged in One Volume (Peabody: Hendrickson, 1994), 1922.

[xi] Jesus’ invitation in response—Come and see—continues to evoke another level of meaning, because later in this Gospel’s discourse both ‘to come’ to Jesus and ‘to see’ him are synonyms for ‘to believe’ in him (cf. e.g. John 5:40; 6:35–7, 40, 44–5, 62, 65; 9:37–8; 12:45; 14:6–7, 9). In this light Jesus’ words can be viewed as also constituting an invitation to believing discipleship, an invitation that will be extended by other witnesses, most immediately by Philip in 1:46 but also by the Samaritan woman in 4:29.  Andrew T. Lincoln, The Gospel according to Saint John, Black’s New Testament Commentary (London: Continuum, 2005), 117.

[xii] Michaels, sin embargo, utiliza tal deducción para tratar de explicar la posibilidad de que Pedro era metafóricamente el hijo de Juan el Bautista según el versículo 42, algo que es un poco difícil de aceptar dada la forma en que Jesús utiliza el cambio de nombre para declarar lo que Él iba a hacer con Simón Pedro en el futuro.  Aunque Michaels no se compromete totalmente con esta interpretación (la llama “por lo menos posible”, p. 124), la menciona como una explicación potencial sobre la aparente contradicción de los dos nombres que se utilizan para referirse al padre biológico de Pedro, algo que examinaremos más adelante en el comentario sobre Juan 1:42.

[xiii] Sin embargo, J. Ramsey Michaels asume que el Juan que escribió el libro es alguien muy cercano a Jesús y, por lo tanto, que el evangelio es un testimonio de los eventos que realmente sucedieron en la vida de Jesús (ver la Presentación del libro en Amazon).

[xiv] If we use the adjective we learn that Andrew as the first of the two disciples mentioned finds his own brother, leading us to infer that John, as the second of the two, was a close second also in finding his own brother. And this is the actual story… It is all quite plain if we understand that John, too, “finds his own brother James.” R. C. H. Lenski, The Interpretation of St. John’s Gospel (Minneapolis, MN: Augsburg Publishing House, 1961), 152.

[xv] Quizás algún lector alerta que sigua minuciosamente las fuentes bibliográficas que menciono en estos comentarios se pregunte porque estoy aquí citando la versión original de Robert (Bob Utley) en inglés.  La respuesta radica en que detecté un error en la traducción digital al español en el software de Logos (error que ya reporté al publicista).  Por esta razón, a continuación, pondré el texto original en inglés seguido con la traducción oficial.

The name John is found in MSS P66, P75, m and L. MS B has the same name but with only one “n” (‘Ioanes). The name Jonah occurs in MSS A, B3, K and most other later Greek manuscripts. Robert James Utley, The Beloved Disciple’s Memoirs and Letters: The Gospel of John, I, II, and III John, vol. Volume 4, Study Guide Commentary Series (Marshall, Texas: Bible Lessons International, 1999), 20.

El nombre de Juan se encuentra en el manuscrito MSS P66, P75, y L. MSB tiene el mismo nombre, pero solamente con una “n” (Ioanes). El nombre de Juan está en MSS A, B3, K y en la mayoría de los antiguos manuscritos del griego. Bob Utley, El Evangelio de Juan: Las Memorias Del Discípulo Amado, ed. Patricia Cabral and Gisela Ramos, trans. Walt Emerson Morgan Downs, Comentario Del Intérprete Bíblico (Marshall, TX: Lecciones Bíblicas Internacional, 2015), Jn 1:42.

 

Jesús, el Cordero de Dios (Juan 1: 29-34)




A esta sección del Evangelio según San Juan la podríamos haberle llamado también “Juan el Bautista: El Cordero de Dios…”, algo parecido a lo que hicimos anteriormente, pues este pasaje continúa con el testimonio de Juan el Bautista sobre Jesús.  Sin embargo, este título podría haber tenido como resultado, no intencionado, de resaltar a la persona de Juan sobre Jesús, quien es descrito aquí como el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.”

Aunque es indiscutible que la persona de Juan el Bautista es importante (cf. Lucas 7:28), en realidad lo es por su relación a Jesús.  Esto se debe a que la misión de Juan era el de preparar los caminos del Señor; es decir, introducir Jesús a Israel, quien es en realidad el Personaje central no solo de este pasaje bíblico, sino también del Evangelio según San Juan y de toda la Biblia.

En otras palabras, la misión de Juan el Bautista era el de presentar a Cristo, el Mesías, la figura central en la Biblia.  Una introducción que era primero para los judíos, pero la salvación es para el mundo entero; salvación que se realiza por medio de Jesús, es decir Emanuel, el “Dios con nosotros” (Isaías 7:10-14 [a]), cuyo “nombre” es “Dios fuerte” y “Padre Eterno” (Isaías 9:6), “Hijo del Altísimo” (Lucas 1: 31-32); también conocido por un Nombre derivado del Tetragrámaton: Jehová, es decir Jesús (comparar Isaías 40:3-5 con Juan 1:23), un solo Dios quien con el Espíritu Santo conforma tres Personas: el misterio de la Santa Trinidad.

Según D. A. Carson, este pasaje bíblico funciona también como un “puente” que une el testimonio de Juan con otra sección importante sobre las declaraciones que después se hacen en este evangelio acerca de Jesús (The Gospel according to John, 147). De esta forma, después de haber presentado a Jesucristo como a Dios mismo (Juan 1:1), y como a un ser humano a la misma vez (Juan 1:14), el autor de este evangelio menciona una serie de declaraciones, títulos, o nombres sobre Jesucristo.

El primero de ellos, “el Cordero de Dios,” (Juan 1:29), es un nombre que ha pasado a ser una frase o término muy conocido en la literatura cristiana por medio de catecismos, confesiones, poesías e himnos.  Después en este mismo capítulo, a Jesús también se le llama “el Hijo de Dios” (o “el Elegido de Dios” en Juan 1:34), “Rabí” o “Maestro” (Juan 1:38,49), “el Mesías” o “el Cristo” (Juan 1:41), “el Rey de Israel” (Juan 1:49), y finalmente “el Hijo del Hombre” (Juan 1:51).

Aunque Carson cree que probablemente estas declaraciones se hicieron sin que los primeros discípulos pudieran haber entendido completamente a plenitud las maravillosas implicaciones de estos títulos, hay algo que sí está bastante claro en este capítulo. Dos de los discípulos de Juan el Bautista, el otro Juan y Andrés, al escuchar que Jesús es “el Cordero de Dios”, ellos discernieron que Él debería haber sido alguien lo suficientemente importante como para seguirlo.

Las dos funciones mencionadas (quitar “el pecado del mundo” en el v. 29 y bautizar con el “Espíritu Santo” en el 33) eran además lo suficientemente importantes como para abandonar a su antiguo líder, Juan el Bautista, aun en la cima de su ministerio, y seguir así los pasos de Aquel quien en esos momentos era todavía un Hombre casi desconocido, Jesús de Nazaret.

 

Lectura: Juan 1: 29-34: El Cordero de Dios

1:29 El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

1:30 Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo.

1:31 Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua.

1:32 También dio Juan testimonio, diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él.

1:33 Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo.

1:34 Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

 

Juan 1: 29: Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

1:29 El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

En el segundo día de una semana transcendental, podríamos visualizar la imagen del Señor Jesús acercándose a Juan el Bautista a la distancia para que, seguramente, reciba el testimonio que le permitiría continuar su recién iniciado ministerio al frente de sus primeros discípulos.

W. Stallings, como otros también, se imagina que Jesús ya se había bautizado y que probablemente ahora venía de la tentación del desierto (Mateo 4; Lucas 4), acercándose al Jordán donde Juan estaba bautizando.  Aparentemente, el propósito de acercarse a Juan era recibir su endorso, la cual se realizaría en parte con dos declaraciones distintas y poderosas.

En la primera de estas declaraciones, Juan utiliza primero una frase corta designada para llamar la atención de sus seguidores: “He aquí” (RVR60), que significa realmente “Miren” (cf. Juan 1:29 en otras versiones).

El versículo 29, que incluye la primera de dos importantes funciones, quitar el pecado del mundo, es quizás el versículo más importante en este pasaje y por eso merece que invertamos algún tiempo aquí.  Esto se debe también al doble énfasis de la frase introductoria, “El Cordero de Dios,” pues este se encuentra no solo aquí en Juan 1:29, sino también más adelante en el versículo 36, pero allí figura sin la importante variante “…que quita el pecado del mundo”.

Esta frase, “El Cordero de Dios,” aparece normalmente en algunas traducciones modernas como un subtítulo que los editores de estas publicaciones de libros han añadido para introducir el tópico principal de todo este pasaje que incluye también los versículos 30 al 34 (ver por ej. RVR60 y LBLA).  Otras traducciones al español también utilizan el mismo subtítulo, pero agregan al comienzo el nombre de Aquel que procedía del cielo: “Jesús, el Cordero de Dios” (ver DHH, NTV y NVI).

Por toda la importancia que esta frase ha tenido en la literatura cristiana de todos los tiempos, como mencionamos anteriormente, en realidad no ha habido un acuerdo común entre los teólogos y eruditos acerca del significado exacto de esta frase, Cordero de Dios,” la cual debe de interpretarse junto con la pista o indicio que le sigue a continuación, la importante función purificadora de quitar “el pecado del mundo.”

Noten que la diferencia de opiniones aquí no es sobre Quien se está hablando — es claro que Juan el Bautista se refería a Jesucristo.  Ni tampoco se arguye que Cristo tiene la voluntad o el poder de quitar el pecado de todo el mundo; eso también está bastante claro en todo el Nuevo Testamento.  La discrepancia teológica es realmente sobre la prefigura o tipo de cordero” que Juan el Bautista está utilizando aquí para describir a nuestro Señor Jesucristo.

Creo que sería seguro afirmar que la mayoría de comentaristas creen que se trata de algún tipo de cordero expiatorio del Antiguo Testamento; aunque hay también aquellos que creen que Juan el Bautista podría haber hecho una referencia profética acerca del cordero que se menciona muchos años después en la revelación divina que su discípulo Juan tubo años después durante su cautiverio en Patmos, revelación que nosotros conocemos como el Apocalipsis.  En este segundo caso, este cordero no ilustraría la imagen de un sacrificio expiatorio, sino la de un cordero guerrero y victorioso, como vamos a ver más adelante.

Pero por ahora, veamos primero las teorías más aceptadas que se tienen respecto a este cordero que se utiliza generalmente para describir el papel redentor de nuestro Señor Jesús.  Noten que, en muchos casos, algunos teólogos han aceptado una, dos, o aun todas de estas interpretaciones que vamos a ver, pero creo que, por motivos de claridad, tendría sentido que nosotros primero tratáramos de examinar estos tipos individualmente.

1) El Cordero Pascual.

Quizás el tipo o la prefigura más común, la que tradicionalmente se ha usado en el en el cristianismo, es que Juan el Bautista estaba aludiendo con este término al cordero pascual de Antiguo Testamento (Éxodo 12, esp. v. 13), cordero cuya sangre libró a los israelitas de la muerte de sus primogénitos cuando estaban a punto de salir de Egipto.

Pablo también mantiene esta misma visión al referirse a Jesús como “nuestra pascua” quien fue “sacrificada por nosotros” (Bartley, 75; 1 Corintios 5:7b).

Matthew Henry (Comentario Bíblico, 1355) escribió un argumento muy convincente respecto a esta primera interpretación (aunque su argumento era que el cordero pascual era solo uno de los tipos).  Notemos, por ahora, en el primer cordero que se menciona en el siguiente párrafo, que proviene originalmente de este conocido teólogo y pastor galés.

El hecho de que la Pascua estaba cercana, y la cita de Isaías 40:3, hecha el día anterior (v. 23) nos confirman que el Bautista, al apuntar hacia Cristo como al «Cordero», tenía en su mente al cordero pascual (Éxodo 12:1–13), que iba a ser el sustituto por nuestros pecados (Isaías 53:7), conforme lo vería después el Apóstol Juan en Apocalipsis 5:6. Así lo vieron también Mateo (Mt. 8:17), el evangelista y diácono Felipe (Hechos. 8:32), Pedro (1 P. 2:22) y el autor de Hebreos (9:28).

Sin embargo, esta interpretación de que Jesús era el cordero pascual tiene como problema el hecho de que el sacrificio de la pascua no era siempre un cordero, sino que podía ser también un cabrito (Morris, p. 127, nota 48). Además, la expresión “cordero pascual” no es una expresión de aquellos tiempos, sino más bien una expresión mucho más reciente.  La expresión que se usaba en los tiempos de Jesús era simplemente una palabra, “pasca” (Bartley, 73; Elwell, 1299–1300).

2) El Siervo Sufriente de Isaías 53.

Respaldado además por Matthew Henry, también hay aquellos quienes favorecen individualmente el Siervo de Isaías 53:6, 7, 10; en donde se le describe claramente como un “cordero” que fue llevado al matadero (v.7).  Allí también se explica rotundamente que “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (v. 6), lo cual sería también una clara referencia a su papel expiatorio.

Además, Juan 12:38 cita Isaías 53:1 en aplicación a Jesús, aunque en este caso el contexto era diferente.  Allí, en Juan 12, se está hablando sobre la incredulidad de los judíos a pesar de las señales, no el papel redentor de Jesucristo.  Pero, aun así, la implicación es que Jesús era también el Siervo Sufriente mencionado específicamente en este capítulo de Isaías. Aunque este puede no haber sido el único texto del Antiguo Testamento detrás de la frase, es muy probable que sea uno de ellos (J. W. Bass, Lamb of God).

Otro punto a favor es que tan sólo un día antes (Juan 1: 23), Juan el Bautista se había descrito a sí mismo y a su misión con un lenguaje también tomado de Isaías (cf. Isaías 40; Hendriksen, 104).

Aunque Morris declara que en la tradición cristiana el cordero de Isaías 53 es comúnmente aceptado como un tipo o imagen de Jesucristo, este autor no parece estar muy convencido que este sea el único cordero que Juan relacionaba con Jesús.  El argumento de Morris es que esta interpretación sería válida solo si se acepta que en aquellos tiempos los judíos relacionaban al Siervo Sufriente de Isaías con el Mesías.

Sin embargo, este último argumento podría parecer a algunos menos persuasivo si se considera que más adelante, en el versículo 33, Juan es claro en manifestar que su conocimiento era de origen divino, es decir, venia directamente de Dios.

Si los judíos podrían imaginarse al Mesías solamente como un rey poderoso que los libraría del yugo romano, eso no sería necesariamente la opinión del Bautista, cuya misión como profeta no era solo de informar a Israel acerca de quién sería el Mesías (Jesús de Nazaret, por supuesto).  Sino que su mensaje también incluiría una explicación de sus funciones (perdonar nuestros pecados y bautizarnos con el Espíritu de Dios).

Además, según el website Got Questions, en el judaísmo tradicional del antaño, aparentemente si consideraba como posibilidad la relación del Siervo Sufriente de Isaías con el Mesías, aunque en el judaísmo moderno la interpretación más común es que el Siervo Sufriente es tal vez una referencia a Israel o a Isaías mismo.

3) El Cordero Apocalíptico Triunfante.

Según Morris, este es indudablemente el significado de “el Cordero” en Apocalipsis 17:14, 17; pero es más difícil ver esto como la referencia del cordero de Juan 1:29: “Juan no está hablando de victoria sobre los enemigos, sino del sacrificio por el pecado.  ¿Por qué debe usarse el lenguaje del pecado si lo que se quiere decir es la derrota de los enemigos?” (p. 129).  Además, como Bartley menciona, la palabra griega que se utiliza para describir al cordero que aparece en Juan 1:29 es amnos (ἀμνός), mientras que en Apocalipsis se utiliza otra palabra distinta, pero con el mismo significado, es decir, arnion (ἀρνίον).

D. A. Carson, por otro lado, parece inclinarse más a aceptar esta última interpretación: “Cuando el Bautista identifico a Jesús como el Cordero de Dios, quien quita el pecado del mundo, él probablemente tenía en mente el cordero apocalíptico, el cordero guerrero, el cual se encuentra en algunos textos judíos.”  Citando 1 Enoc 90:9-12, el Testamento of José 19:8, y el Testamento of Benjamín 3:8 para sustentar su argumento; nosotros debemos de recordar que, aunque estos escritos carecen de autoridad bíblica, aun así, difícilmente podríamos evitar sorpresa acerca de su contenido.

En el seudoepigráfico de José, por ejemplo, se registra el siguiente texto:

8 Y vi que [de Judá nació] una virgen [usando vestiduras de lino, y de ella] nació un cordero, [sin mancha]; y en su mano izquierda había como un león; y todas las bestias se precipitaron contra él, y el cordero las venció, y las destruyó y las pisoteó.

9 Y por causa de él se alegraron los ángeles y los hombres, y toda la tierra.

10 Y estas cosas sucederán en su tiempo, en los últimos días.

11 Por lo tanto, vosotros, hijos míos, observad los mandamientos del Señor, honrad a Leví y a Judá; Porque de ellos se levantará a vosotros [el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo] aquel que dice [todos los gentiles] e Israel.

Nuevamente (la redundancia es hay veces necesaria para evitar críticas injustas en el futuro), aunque nunca podemos tomar demasiado en serio estos pasajes extra bíblicos, aun cuando sean manuscritos judíos de la antigüedad, es indiscutible que este pasaje está relacionado con Juan 1:29 en alguna manera u otra.  De todas formas, lo que se está discutiendo aquí es que es lo que San Juan el Bautista podría haber tenido en mente al usar la metáfora del “cordero” al referirse al Señor.  En este sentido, quizás este tipo de literatura era muy popular en aquellos tiempos, por lo menos desde una perspectiva histórica.

Sin embargo, lo que es absolutamente más importante de tener en mente es que lo que San Juan el Bautista menciona aquí fue por inspiración del Espíritu Santo.  Quizás aún Juan el Bautista no entendía 100% lo que él quería decir con “el Cordero de Dios”, Dios, quien obraba en Juan por medio de su Santo Espíritu, si sabía exactamente el significado al poner en el corazón de Juan mencionar esta frase.

De hecho, toda la Biblia es de inspiración divina, y si lo que Juan dijo en un determinado momento está registrado en las Escrituras, lo mejor que podemos hacer es aceptar también que lo que él dijo en esos momentos fue también inspirado por el Espíritu de Dios.

4) El Cordero de Abraham.

Este es el cordero que el patriarca sustituyo por su hijo Isaac, en Génesis 22 (ver esp. v.13 en PDT), para realizar el sacrificio que Dios le había mandado hacer.  Este relato nos llama a la atención un aspecto importante del sacrificio de Jesús: tuvo también iniciativa divina (Juan 3:16).  La diferencia que quizás uno no puede evitar notar es que, aunque Dios a las finales no permitió a Abraham sacrificar a su hijo Isaac, Dios si sacrificó a Cristo por nosotros.  Aquellos que somos padres no podemos evitar tampoco cautivarnos con este tipo de sacrificio tan increíble.

Morris además menciona (nota 57) un argumento muy persuasivo de Richardson a favor de esta interpretación:

San Juan parecería (como es su manera) haber captado la sutil alusión al sacrificio de Isaac implícito en la tradición (sinóptica) del bautismo de Jesús, y está enfatizando la verdad a su manera: Cristo es el Cordero del sacrificio prometido por Dios a Abraham, el padre de muchas naciones, y por lo tanto es el que Dios dio como portador universal del pecado (Introducción a la Teología del Nuevo Testamento [Londres, 1958]).

Según Justin W. Bass, esta interpretación utiliza un pasaje bíblico en el cual si se puede discernir un lenguaje claramente sustitutivo y sacrificial.  Además, quizás la evidencia más fuerte de esta posible alusión es que algunos autores del Nuevo Testamento parecen invocar el cordero de este relato como uno que prefigura a Cristo (cf. Génesis 22:16 con Mateo 3:17 y Romanos 8:32).

En contra de esta interpretación, Bass también menciona que Génesis no presenta realmente este tipo de sacrificio como uno capaz de purificar los pecados.  Como otro contra argumento, se podrían también utilizar argumentos textuales que son muchísimos más convincentes aun, que hablan de un carnero en vez de un cordero (ver Génesis 22:13):

…la Septuaginta usa la palabra ‘oveja’ (πρόβατον, probaton) en lugar de ‘cordero’ (ἀμνός, amnos) en este relato (Gen 22: 7 LXX). El animal real que fue sacrificado en lugar de Isaac fue un ‘carnero’ (κριός, krios, Gen 22:13 LXX).

5) El Cordero Continuo.

Junto con el cordero pascual y otros, Matthew Henry creía también que el texto de Juan aludía además al cordero de sacrificios diarios (p. 1355; Levíticos 1:4; Éxodo 29:38–46; Henry, Comentario de La Biblia, 805), llamado también el cordero continuo (Utley); es decir, uno que sacrificaban todos los días en el templo, en las mañanas y en las tardes.  Aunque es posible que Juan el Bautista podría haber tenido en mente este tipo de sacrificios, este cordero de expiación no recibe mucha atención en otras partes de la Escritura y probablemente no es la referencia que buscamos (Bass, “Lamb of God”).

Otras interpretaciones.

Existen además otras teorías que resaltan algún aspecto único de la naturaleza de Cristo, especialmente de su papel redentor en el Calvario: (i) El cordero inocente de Jeremías 11:29, el cual refleja la mansedumbre de Jesucristo, pero no cumplía ninguna función purificadora. (ii) El chivo expiatorio de Levítico 16, el cual (como su nombre indica) si tenía función expiatoria pero no era un cordero.  Por último, (iii) la ofrenda de culpa o por el pecado, la cual hay veces incluía un cordero (Levítico 4:32; 14:12s,21,24-25).  El problema de esta última interpretación es que ninguna de estas dos ofrendas (ni la de culpa y ni la del por el pecado) eran característicamente corderos. Por ejemplo, a menudo era otro animal (por ej. un carnero), y por esto esta alusión por si sola sería una de las más difíciles de detectar en las palabras del Bautista, por lo menos para aquellos que serían sus oyentes originales.

A las finales, aunque se podría afirmar que todas estas explicaciones tienen seguidores con argumentos válidos, la descripción del “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo,” es demasiado general como para aceptar ninguna de estas individualmente.  Lo más seguro es que Juan el Bautista estaba hablando en forma general de un tipo de sacrificio especial que llevaría consigo los pecados de toda la humanidad.

Después de haber examinado varios de estas interpretaciones, por ejemplo, Leon Morris, afirma:

Él está haciendo una alusión general al sacrificio. La figura del cordero bien puede estar destinada a ser compuesta, evocando recuerdos de varias, quizás todas, de las sugerencias que hemos convulsionado. Todo lo que los antiguos sacrificios anunciaron se cumplió perfectamente en el sacrificio de Cristo (130).

Con una forma de pensar bastante similar, R. C. H. Lenski cita un comentario de Trench:

El título que el Bautista utiliza para referirse a Jesús que no debe ser relacionado con este o aquel “cordero” en particular, mencionado en alguno de los rituales del Antiguo Testamento, sino a todos ellos, ya que cada uno podría tipificar e ilustrar proféticamente sólo una parte de la estupenda obra que el propio Cordero de Dios realizaría (126–127).

Dongell también opina que el Bautista no tenía ningún tipo individual en mente, sino que más bien promovía a Jesús como el cumplimiento de una variedad de imágenes en el Antiguo Testamento.

Stallings, llega también a la misma conclusión, aportando además información adicional para nosotros:

El artículo ‘el’ antes del cordero puede tener la misma fuerza que con “el Profeta”. Si es así, indicaría que ‘el cordero’ era un término especializado entonces en uso entre los judíos y sería entendido por ellos como referente a un Figura apocalíptica específica (32).

Creo que tampoco nosotros debemos de ignorar la importancia de esta articulo definido “el.”

Bartley enfatiza este artículo también, situado antes de la palabra “cordero,” sugiriendo que los oyentes de Juan entenderían a qué él se refería, pero este autor del Comentario Bíblico Mundo Hispano también admite que no hay conceso entre los comentaristas acerca de cuál cordero Juan podría estar refiriéndose como alusión a Jesucristo.  Aunque me parece que Bartley estaba más inclinado a aceptar al cordero pascual, él aparentemente también cree que es justo para sus lectores mencionar las conclusiones generales de Morris.

Desde un punto de vista teológico, la idea general es entonces la de un Padre bueno y bondadoso que estuvo dispuesto a entregar a su Hijo Unigénito por amor al mundo entero (Juan 3:16), quien, a pesar de tener un amor intenso por su Hijo, como Abraham lo tubo por Isaac, estuvo dispuesto a sacrificarlo.  La figura del Cordero de Dios ilustra la imagen de un manso cordero que es llevado al matadero (Isaías 53:7; Mateo 11:29).

La muerte de Cristo en el Calvario no fue un accidente imprevisto que nadie anticipó, sino que se llevó a cabo según el pleno conocimiento y la aprobación del Padre, quien, al ver eventualmente la sangre del Cordero Pascual rociada en las puertas de nuestros corazones, nos perdona del pecado que nos llevaría de otra forma a la muerte eterna (cf. Éxodo 12:13 con 1 Pedro 1:2 y Hebreos 11:28).

Jesucristo, quien vino primero a este mundo como un sacrificio expiatorio para la salvación de toda la humanidad, en los días postreros vendrá como un cordero apocalíptico, guerrero y triunfante (Apocalipsis 5:6, 12; 7:17; 13:8; 17:14; 19:7, 9; 21:22–23; 22:1–3).  Cristo vendrá como Rey y como Juez, para juzgar a los vivos y a los muertos, a los grandes y pequeños (Apocalipsis 20:11-15).

Sobre la eterna función de “limpiar el pecado del mundo,” Dongel explica que esta declaración contiene por lo menos tres importantes implicaciones: (i) Que el pecado es el problema estructural por el cual Jesús vino al mundo; (i) Que la enfermedad del pecado aflige todos, no solo un segmento limitado en el mundo, y finalmente; (iii) Que es Dios Padre quien está detrás de este Cordero, ofreciendo un remedio amable para la aflicción que el mundo por entero sufre (p. 47).

Es interesante además notar que el Bautista no dice que el Cordero de Dios quita “los pecados” (plural) del mundo, sino habla de una gran unidad, “el pecado” del mundo entero.  La idea es que “…con tantos hombres que ha habido, que hay, y que habrá en el mundo, cada uno con su vida cotidiana manchada con muchos pecados, se forman muchas masas individuales de pecado, y todas estas masas se combinan en una súper masa, ‘el pecado del mundo’” (Lenski, 126–127).

El pecado es entonces un problema grande para la humanidad, uno con el que todos nosotros deberíamos de liderar seriamente.  Jesucristo hace esto por nosotros, y no solo con nuestros pecados, sino con el de toda la humanidad entera.  Nosotros mismos no podemos quitar de nosotros nuestros pecados, esto solo Dios lo puede hacer; pero si hay un paso que debemos tomar, uno que es todavía necesario, el arrepentimiento.

Marcos nos dice que Juan el Bautista predicaba “el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados” (Marcos 1:4), pero eso no significa tampoco que Juan tenía el poder de perdonar los pecados.  Juan solo podía hablar de la necesidad del genuino arrepentimiento del pecado, algo que era necesario hacer primero antes de recibir el perdón, pero nuevamente solo el Mesías podía perdonar al hombre del pecado. Por ser Dios, Cristo tiene la autoridad de perdonar los pecados.

Una ilustración bíblica nos puede ayudar a entender esto mejor.  En Mateo 9:1-8 vemos que unos escribas pensaban que Jesús estaba blasfemando por decir que Él perdonaba los pecados de un paralitico.  En realidad, estos eruditos judíos sabían que cualquier hombre común no podía perdonar los pecados de otros – pero Jesús no era un hombre común, Él es también Dios (algo que el Apóstol Juan menciona al comienzo), y como tal, si podía perdonar los pecados no solo de ese paralitico, sino de toda la humanidad.

Estos escribas sabían mucho de teología veterotestamentaria, pero les falto la fe que se necesita para creer y aceptar a Jesucristo, para la salvación de sus almas.  Tener un conocimiento intelectual de las Santas Escrituras no es suficiente, ni tampoco puede salvar; uno tiene que tener también fe en Jesucristo para recibir el perdón de los pecados y para la salvación eterna.

Arrepentirse de los pecados es solo un paso necesario de nuestra parte, el segundo paso final y definitivo lo da el Señor Jesús, al reconocerlo como nuestro Señor y Salvador, pues Él mismo pagó por nuestros pecados en la Cruz. Nosotros con ese paso no podemos tampoco desaparecer nuestros pecados, pero Cristo si puede perdonar nuestros pecados como si Él mismo los hubiera tomado por nosotros.  Es una deuda que nunca la podremos pagar.  El perdón de pecados es un regalo que Dios nos da, a pesar que realmente no merecemos esta gracia.

 

Juan 1: 30: Aquel de quien hable antes

1:30 Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo.

Esta es la tercera vez que el Evangelista repite esta declaración en este primer capítulo de San Juan, que Jesús era “antes” de Juan el Bautista, lo cual es realmente una declaración sobre la pre-existencia de Jesús (ver también 15 y 27).  Esta aclaración cronológica debió haber sido algo importante no solo para el Juan el Bautista, sino también para el Apóstol Juan, el autor de este evangelio, para que le de tal énfasis.

En el presente versículo, sin embargo, hay una pequeña variación que no la vimos en los dos versículos anteriores, aquí Juan el Bautista menciona a “un varón;” mientras que en los versículos 15 y 27 la referencia es más indirecta.  Esta palabra nueva tiene como aparente fin el de recordarnos que Jesús fue también un ser humano, precisamente en el mismo lugar donde se hace una declaración tan importante sobre su Divinidad: Jesús es Eterno, es decir, ya existía mucho antes que Juan el Bautista (ver el comentario en el v.15; cf. Juan 8:58-59).

Es entonces una alusión clara sobre la pre-existencia y la deidad del Mesías, casi como si Juan el Bautista estaría tratando de decir: “Aunque yo soy mayor que Jesús en edad, en realidad él es eterno. Yo soy hombre; él es Dios” (Palau, 58).

Las tres referencias que el autor del Evangelio según San Juan registra en los versículos 15, 27 y 30 con respecto al Señor Jesucristo, que Cristo era “antes” que Juan el Bautista, son también similares, por lo menos en propósito, a las declaraciones que encontramos en los evangelios sinópticos (Mateo 3:11; Marcos 1:7; Lucas 3:16), donde Juan el Bautista declara que Jesús es “más poderoso que yo”.

Hay entonces en esas últimas palabras una comparación en términos de la limitada capacidad humana con la del Señor.  Similarmente, pero diferentemente a la misma vez, en el Evangelio según San Juan la comparación es sobre tiempo y rango (cf. “de rango más alto” en la versión NASB y otras en inglés de Juan 1:15).

El propósito de estas afirmaciones era el de contrastar la marcada naturaleza entre estos dos varones.  Juan el Bautista era solo un hombre, pero Jesús no es solo un hombre (cf. “es” porque resucitó en forma física ver Juan 20: 24-29): Cristo es primero y antes que nada Dios.

Por último, los tres primeros autores del NT nos explican claramente el contexto histórico de estas declaraciones, ocurrió un poco antes del bautismo de Jesús, lo cual es un evento si relatado (propiamente dicho) por estos tres evangelistas sinópticos.  Por otro lado, el Apóstol Juan menciona estas declaraciones sobre un evento ya pasado, en forma de reflexión; es decir, en un sentido retrospectivo (Michaels, 111).

 

Juan 1: 31: Para ser manifestado a Israel

1:31 Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua.

Aquí Juan el Bautista provee la respuesta inmediata a una pregunta bastante simple, una que sus seguidores podrían haber tenido en sus mentes: ¿Con qué propósito (o para qué) Juan bautizaba con agua?

Esta era básicamente la misma pregunta que la delegación de judíos religiosos le había hecho en el día anterior, pero en ese caso esa pregunta sonaba más que nada como un reproche: “¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?” (Juan 1:25).  Solo momentos antes, Juan ya les había dicho que él era solo “una voz” (v. 23), y les quiso así apuntar al Mesías (vv. 26-27), ¡pero ellos no estaban realmente interesados en saber Quién era el Mesías! Este grupo de hombres solo quería saber quién Juan el Bautista supuestamente se creía ser de acuerdo a sus razonamientos.  Ellos solo querían cumplir sus obligaciones religiosas oficiales, dar una respuesta a sus superiores en Jerusalén.

Juan ahora proporcionaría a sus propios seguidores la respuesta que los judíos no estaban realmente dispuestos a considerar.  La respuesta que les daría era en realidad bastante simple: Revelar a ellos y a Israel la identidad del Mesías.  El Bautista sería solo un instrumento escogido quien, por medio de su bautismo de agua y de arrepentimiento, Dios revelaría primero a su pueblo escogido la identidad de su Redentor.

Pero primero hace una aclaración, importante también en este caso para Juan pues la repite dos veces (vv. 31 y 33).  Él quería dejar en claro que a pesar de que él ya había empezado a bautizar con el fin de lograr este propósito de revelar quién era el Mesías, todo este tiempo, ¡él mismo no conocía cuál era todavía la identidad del Cristo! Por eso ahora, en este pasaje, explicaría como llego a tener este conocimiento.

R. C. H. Lenski es de la opinión que estos versículos, del 31-34, también deberían verse como parte de “una sola pieza”, es decir, como la respuesta a otra segunda pregunta más compleja aun que la anterior, una que podría haber también aparecido en las mentes de aquellos que estaban escuchando a Juan el Bautista: ¿Cómo podría él estar tan seguro de las cosas tan maravillosas que hablaba de Jesús? (p. 113).

Y lo que el autor de este evangelio primero informa sobre Juan el Bautista podría haber sorprendido a algunos de sus lectores originales, sobre todos si estos habían ya leído o escuchado el evangelio de Lucas, donde se hace referencia a la relación familiar entre Jesús y Juan.

La sorpresa vendría al escuchar la primera de dos comentarios preliminares e idénticos sobre el Mesías:

Y yo no le conocía (versículos 31 y 33).

Según Bartley y Morris, el “y” de esta frase revela su posible origen arameo (pues en este lenguaje era más común que en el griego empezar una oración con esta conjunción “y”) y el pronombre “yo” es enfático (quizás algo parecido a lo que hacemos nosotros cuando utilizamos el “yo” en español, el cual, a diferencia del inglés, por ejemplo, no tenemos que usarlo siempre).

Regresando a nuestro tópico principal, ¿cómo es eso de que Juan el Bautista no conocía a Jesús si estos eran parientes?

Hay por lo menos dos posibles explicaciones.

La primera posibilidad, que Juan nunca había visto o escuchado de Jesús porque crecieron en lugares diferentes es por supuesto la más obvia, pero a la misma vez la menos probable.  De todas formas, creo que debemos de mencionarla esta primera posibilidad aquí.

Pero es poco probable que Jesús no sabía quién era Juan el Bautista porque, si bien es verdad que Jesús se había criado en Nazaret (al norte de Israel) y que Juan creció más bien en el desierto de Judea (al sur de la nación judía), Lucas menciona claramente su parentesco (Jamieson).  La madre de Juan (Elisabet) y la madre de Jesucristo (María) eran parientes o quizás más específicamente primas (ver TLA en Lucas 1:36); las cuales son dos posibles traducciones de syngenis (ver también “relative” y “cousin” en Luke 1:36), palabra griega que se utiliza para describir esta relación familiar entre Elisabet (Isabel en DHH) y María (Mounce, 379).

Además, si suponemos que el ungimiento del Espíritu Santo (Quien se apareció en forma de paloma) sucedió durante (o un poco después) del bautismo de Jesús (como aparentemente fue el caso), Mateo parece indicar que Juan el Bautista ya habría conocido a Jesús de alguna forma u otra antes del bautismo, y que ya le consideraba como alguien quien tendría gran estima e importancia.  En el tercer capítulo del Primer Evangelio, su autor parece indicar que Juan tenía dudas sobre su propia autoridad para bautizar a alguien más grande que él, Jesús, a quien le dijo: “Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” (Mateo 3:14, RVR60).

Pero el Apóstol Juan nos dice dos veces que el Bautista no conocía a Jesús.  La mejor explicación para cualquier incertidumbre es a menudo la solución más simple (o por lo menos aquí parece serlo): Juan sabía que Jesús era su primo distante (Stallings), pero al comienzo no sabía que su Pariente era el Mesías, aquel quien Juan estaba esperando todo este tiempo.

Más adelante, este evangelio explica con claridad cristalina que su fuente de información primaria provenía de Aquel quien le había mandado, es decir, Dios mismo (v.33).

Durante todo su ministerio de bautismo, Juan estaba esperando una revelación supernatural que Dios que le mostraría a su debido tiempo.  Quizás pensaría que, en el futuro cercano, Dios le confirmaría quizás una sospecha que podría haber empezado desde su tierna niñez, es decir, de que Jesús de Nazaret, su pariente, era de hecho el Escogido de Dios.

Creo que es también más posible aun que Juan el Bautista pensaría todos estos años, aun desde que vagaba por el desierto, que su primo Jesús podría ser el profeta, Elías, o quizás algún otro personaje escatológico; pero no podría saber a ciencia cierta quien era en realidad Jesús porque esa era una revelación final que tendría que venir directamente de Dios Padre.

Finalmente, notemos una interesante discusión que Andrew T. Lincoln originalmente menciona: En los evangelios sinópticos se explica que el bautismo de Juan tiene el objetivo de producir arrepentimiento en vista del juicio venidero, pero en este pasaje Juan el Bautista parece clarificar que mientras el arrepentimiento de pecados es absolutamente necesario (es un cambio espiritual representado por una limpieza física en agua), su ministerio de bautismo tenía como propósito final revelar a Israel a Aquel quien era previamente desconocido (Lincoln, 113; cf. 1: 26).

Estos medios de información, los tres sinópticos y el Evangelio según San Juan, son entonces piezas distintas que se complementan para darnos una explicación más clara y completa sobre el ministerio de Juan el Bautista.  Nos explican el medio o método usado para llegar a un propósito final y especifico.  El medio era el bautismo de Juan; el propósito la revelación del Mesías.

Todas estas fuentes de información nos informan entonces no solo los hechos tal y como sucedieron (el bautismo de Jesús en los sinópticos), sino también nos ayudan a alcanzar una interpretación teológica acerca de los significados de estos hechos (especialmente el Cuarto Evangelio).

Hoy en día, se podría decir también que el bautismo de cada persona es un reconocimiento externo del arrepentimiento necesario que ocurre internamente, en el corazón del nuevo creyente (Ezequiel 36:26-28), y Dios en esos días utilizaría el ministerio de bautismo de Juan para empezar a producir los cambios estructurales que prepararían el camino del Señor en el gran desierto espiritual que había en Israel (Isaías 40:3-5).

Geográficamente hablando, Juan si estaba bautizando en una zona escasamente poblada, cuya ubicación exacta no ha podido resolver definitivamente (ver comentario sobre Juan 1:28). Estaba aparentemente en las afueras de una pequeña aldea, Betania, ubicada “al otro lado del Jordán” (Juan 1:28), en una zona desértica, pero Juan el Bautista no preparó el camino del Mesías con una excavadora:

Él no vino y comenzó a mover la tierra, llenando los huecos, destruyendo las montañas. Entonces, ¿en qué forma él estaba aplanando las montañas y elevando los valles y enderezando caminos torcidos y moviendo a un lado los obstáculos espirituales del camino? [Si, estaba hablando] espiritualmente. El verdadero predicador de justicia, [es solo] una voz que utiliza no para atraer a la gente a sí mismo, sino para [atraerlas a] Aquel de rango superior de quien él no era digno de desatar sus sandalias (John MacArthur, The First Testimony Concerning Jesus, Part 1, minuto 47:42- 48:26).

El ministerio de Juan el Bautista era entonces el ministerio de bautismo y de arrepentimiento de pecados, para enderezar los caminos de los creyentes, en preparación de la venida del Señor.  El Mesías iba a revelarse a su pueblo, por medio de “una voz” que clamaba en el desierto, pero primero la gente tenía que enderezar sus caminos para Dios.

Así también, hoy en día, Dios nos llama también a que nosotros así mismo preparemos el camino del Cordero en nuestros corazones, abriéndole nuestras puertas espirituales, empezando con el arrepentimiento genuino de nuestros pecados (cf. Apocalipsis 3:20). De allí, una vez que Cristo viene a morar en nosotros, Él es realmente el que producirá por medio de su bautismo del Espíritu Santo los cambios necesarios en nuestras vidas, perfeccionándolas y purificándolas en amor y santidad, para llevarnos más cerca a Dios (cf. 1 Pedro 3: 18).

 

Juan 1: 32: Vi al Espíritu Santo descender y permanecer sobre Jesús

1:32 También dio Juan testimonio, diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él.

Hasta aquí habíamos tenido un testimonio continuo de Juan el Bautista que comenzó en el versículo 29, y ahora el narrador de este relato toma una pausa breve, quizás para asegurar al lector que las palabras que continuaban eran todavía del Bautista: “También dio Juan testimonio, diciendo…”.

Lo que venía a continuación era importante, continuaba siendo el testimonio de todo un profeta, el más grande de ellos, el primero de aparecerse en Israel en 400 años, hablando en un ambiente aparentemente “público y solemne” (Ryle), para los que estarían escuchando al Bautista personalmente pudieran escoger en creer en el Unigénito.

Stallings, por otro lado, también menciona un comentario algo similar: el texto original tiene un formato “jurídico”, y aquí el lector debe “escuchar” el testimonio sobre quien es realmente Jesús de Nazaret.  Es decir, “el jurado” (el lector de este evangelio) debe considerar lo que Juan el Bautista atestigua sobre Jesús, y así aceptar o rechazar el testimonio sobre su Divinidad.

Juan el Bautista prosigue entonces con su testimonio sobre un evento anterior, algo que había ocurrido hace 40 días y pico, el bautismo de Jesús, el cual no se menciona específicamente en este evangelio, pero los sinópticos si lo hacen (Mateo 3:13-17; Marcos 1:9-11; Lucas 3:21-22).  Quizás el autor de este evangelio, el Apóstol Juan, asumía que sus lectores originales ya habían leído o escuchado a uno de estos tres autores sinópticos (Hendriksen).

En este versículo, entonces, leemos sobre un testimonio ocular que ya había pasado anteriormente: “Vi al Espíritu…”

La palabra Vi” en Reina-Valera 1960 es incompleta ya que en su forma original estaba escrita en tiempo perfecto: “He visto,” como lo traduce La Biblia de las Américas (ver las otras traducciones aquí).  La idea es que el Espíritu de Dios descendió del cielo y permaneció indefinidamente en Cristo: era una acción pasada pero también continua, una escena tan viva que parecía permanecer en la memoria del Bautista con claridad.

El tiempo perfecto refleja “una convicción establecida” (D. A. Carson). “Juan no está escribiendo algo que vio una vez y que pronto desapareció, pero de algo que tenía efectos continuos” (Morris).

El verbo “ver” en su original griego (theaomai), se refiere a una mirada hecha con los ojos físicos (Bartley y Stallings). “El verbo ‘He visto’, como el mismo verbo en el versículo 14, no puede significar meramente una contemplación interior con la mente o el alma, una visión extática o cualquier otra cosa que excluya la percepción por el sentido natural de la vista” (Lenski).

El Espíritu Santo en forma de Paloma y sus posibles significados

Para Stallings, este versículo constituye el clímax del testimonio de Juan el Bautista en el pasaje:

Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él.  

Esta es la primera vez que se menciona al Espíritu Santo en este evangelio, y la razón que se aparezca en la forma de una paloma parece ser significativo.  Por su propia naturaleza, el Espíritu Santo es invisible, es decir, como el viento que no puede verse (Lenski; cf. Juan 3:8), por eso Dios tubo que mostrarse de una forma visible para manifestar su presencia y transmitir su mensaje a Juan el Bautista que Jesús era de hecho el Mesías prometido.

No dice que descendió exactamente una “paloma”, en representación del Espíritu Santo, sino “como paloma,” y Lucas añade que lo hizo de una “forma corporal”, es decir material, un detalle importante que el médico amado menciona como aclaración (cf. Ryle; Lucas 3:22). Fue un evento físico y material, no una visión o un espejismo, de parte del bendito Espíritu de Dios, quien asumiendo forma material descendiendo del “cielo”, del sistema atmosférico que nosotros los seres humanos podemos visualizar; aquí representando una esfera espiritual, el lugar donde Dios tiene su trono (Salmos 11:4; Mateo 5:34).

El hecho que el Espíritu Santo haya descendido del cielo en la forma de “paloma” debe tener algún tipo de significado, y nos recuerda a la expresión comparativa del “Cordero de Dios,” quien por ser “de” Dios, también proviene también del cielo.  Pero la pregunta inherente que el lector de todos los tiempos ha hecho a menudo es acerca sobre esta descripción: ¿Por qué una “paloma”?

Primero empecemos con las interpretaciones más tradicionales. J. C. Ryle (1816-1900), un obispo inglés anglicano, cita a San Agustín, quien afirmaba que la semejanza con una paloma fue empleada especialmente en aquella ocasión como un tipo o prefigura del Diluvio de Noé.  En este sentido, así como una paloma en aquella ocasión llevó las buenas noticias de que las aguas ya habían descendido, San Agustín pensaba que la paloma en el bautismo de Jesús simbolizaba el apaciguamiento de la ira de Dios.

Por otra parte, el teólogo alemán luterano R. C. H. Lenski (1864-1936) también menciona una cita de otro gran teólogo de su país, Martin Lutero: “Dios el Espíritu Santo viene en una forma amistosa, como una paloma inocente, que de todas las aves es la más amable y no tiene ira y amargura en ella; como una señal de que no se enojaría con nosotros, sino que desea ayudarnos a través de Cristo, para que seamos piadosos y seamos salvos.”

Esto no significa que Lenski pensaba necesariamente que esta era la correcta interpretación, pero una digna de mencionarla, por lo menos.  Lo que si explica claramente es que nosotros los cristianos debemos de contentarnos aceptando la noción que el Espíritu Santo tomó la forma visible de una paloma para transmitir la idea de la “gracia” del Espíritu de Dios para con la humanidad.

Bob Utley menciona que la paloma era más que nada un símbolo rabínico de Israel, pero que también representaba al Espíritu de Dios. D. A. Carson cree que el hecho de que Dios haya escogido la forma de una paloma para simbolizar el descenso del Espíritu no sería algo tan obvio para aquellos que estaban con el Bautista en esos momentos, pero si menciona también que hay “alguna” evidencia de fuentes judías que si veían una conexión entre la “paloma” y el “Espíritu Santo” (p. 151).

Robert H. Mounce nos hace acordar de que a la paloma se le consideraba una ofrenda apropiada para los pobres (Levítico 12:8) y simbolizaba cualidades importantes como la pureza, la dulzura y la inocencia (p. 380). Este querido autor contemporáneo también menciona una interesante anécdota, original de William Temple, quien señala que sólo la paloma ofrece su propio cuello al cuchillo de sacrificio.  Añade, por último, que el hecho de “que el Espíritu permaneciera en Jesús simboliza la naturaleza permanente del nombramiento divino.”

Esto último detalle es quizás una de las cosas más importantes que debemos tener en mente con respecto a todo este pasaje.  Aquí dice que el Espíritu Santo permaneció indefinidamente en Jesucristo, como lo haría después sobre el creyente, algo que tendría una marcada diferencia con la forma de operación que el Espíritu Santo tenía en el Antiguo Testamento. Anteriormente, Él descendía sobre los profetas solo por etapas y para misiones específicas.  Pero Isaías había profetizado que el Mesías, es decir Jesucristo, estaría lleno del Espíritu Santo en todo tiempo (Biblia de Estudio ESV; Isaías 11: 2; 61: 1; Lucas 4:18).

Este descenso visible del Espíritu de Dios sobre la persona de Jesús, por supuesto, no fue la primera vez que ocurría.  Cristo tenía la llenura del Espíritu Santo desde que fue concebido en el vientre de María.  Acordémonos que Jesucristo es también el Hijo biológico de Dios, no solo en Espíritu (cf. Juan 4:24).  El descenso del Espíritu sobre Jesús después de su bautizo era más bien “un símbolo especial de la escogencia y equipamiento de parte de Dios” (Utley).

Entonces, estos dos acontecimientos trascendentales, el bautismo de Jesús y el subsecuente ungimiento del Espíritu Santo, tendrían un significado especial para Juan el Bautista, quien por ser levita (era hijo de un sacerdote), estaría ungiendo al Señor como fue ungido anteriormente su antepasado oficial, el rey David.  Además, y sin duda alguna, Juan también estaría familiarizado con los rituales de purificación y con pasajes veterotestamentarios que indicaban que el Espíritu de Jehová reposaría indefinidamente sobre el Mesías (Isaías 42:1; 59:21; 61:1).

Sin embargo, la revelación de por sí, y el significado de tal revelación, Juan la recibió directamente de Dios mismo, como lo muestra claramente el próximo versículo.  Dios entonces le había dicho de antemano lo que iba a pasar en el futuro (el descenso del Espíritu Santo) y que esta seria a su vez la señal Dios le daría para revelar la identidad del Mesías (Jesucristo).

Entonces, esta no era la primera vez que el bendito Espíritu Santo decencia sobre Jesús, sino que más bien este evento era significativo porque era la forma o el método que Dios escogió para revelar a Israel, por medio de Juan el Bautista, que Jesús estaba comenzando su ministerio y que ahora el Mesías estaba completamente equipado para comenzar su misión redentora en la tierra.

Por último, creo que deberíamos considerar además una anécdota muy interesante que Gerald L. Borchert menciona sobre la iglesia primitiva que sería también importante que nosotros la conozcamos pues es posible que eventualmente tendremos que lidiar con este tipo de doctrinas erróneas.

En los primeros debates cristológicos, los adopcionistas argumentaban que Dios supuestamente había adoptado a Jesús aquí, con el descenso del Espíritu Santo sobre Él.  Pero tal interpretación no está en armonía con la doctrina del autor del Cuarto Evangelio.  Este pasaje bíblico no trata de explicar cómo Jesús supuestamente se convirtió en Dios (pues Jesús ya era Dios antes que todas las cosas fueron creadas), sino que el propósito de este relato es indicar como este acontecimiento identificaría al Mesías (Borchert, 138).

 

Juan 1: 33: La señal de Aquel que le envió a bautizar

1:33 Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo.

Aquí Juan el Bautista repite una vez más algo que ya había dicho antes, en el versículo 31, donde también analizamos esta supuesta contradicción (en la opinión de algunos) de cómo el Bautista, siendo pariente o primo lejano de Jesús, dice aquí que no lo conocía. Vimos que, aunque habían crecido en diferentes regiones geográficas, lo más probable es que Juan conocía a Jesús simplemente como a un primo (MacArthur, Juan 1:31) y no como el Gran Mesías prometido.

Los Primeros 30 años de Juan el Bautista

Quizás sea útil hacer unas reflexiones adicionales sobre este tema aquí también, es decir, sobre la vida de Juan el Bautista antes de su ministerio y su relación con su pariente Jesús de Nazaret, alguien a quien era evidente que Juan le tenía sumo respeto aun antes de conocer exactamente su rango Mesiánico (cf. Mateo 3:14). Al Bautista le podría haber sido difícil de creer que Dios haya escogido a alguien tan cercano a él, en términos de parentesco, pues después de todo nadie es profeta “en su propia casa” (cf. Mateo 13:57 PDT y otras versiones).

Como vimos anteriormente, Juan el Bautista también podría haber escuchado la historia milagrosa del nacimiento de Jesús, junto con la suya propia también, la cual era asimismo supernatural, pues sus padres engendraron a Juan en “edad avanzada” (Lucas 1:7).

Estas historias eran relatos distantes que el Bautista los podría haber recordado casi como en un sueño lejano, algo que él lo habría escuchado cuando era todavía un niño bastante pequeño, pues es posible que sus padres murieron cuando él era bastante joven aun (cf. Lucas 1:80).  Así, después de su circuncisión, Juan empezó a vivir él solo, en los montañosos desiertos de Judá, bajo la protección y el amparo directo de Dios, con quien cultivó una comunión muy especial por 30 años, lejos y aparte de todas las distracciones del mundo, siendo instruido y preparado por el mismo Señor Omnisciente para su futura comisión (MacArthur, 7:00-10:07 y ff.).

Hay además aquellos que piensan que Juan fue adoptado por los esenios, quienes, según Josefo, tenían la piadosa costumbre de adoptar a niños huérfanos (Morris, p. 133, nota 76,).

Aunque yo no estoy muy seguro que este podría haber sido el caso, hace ya algunos años atrás mire en TV a un judío ortodoxo, Rabino Yechiel Eckstein, mencionar esto también, es decir, que Juan el Bautista era un esenio.  Parece que ambos, el hecho de que era soltero y su estilo de vida, son factores que algunos consideran para llegar a tal conclusión.  Por supuesto, esto no es nada más que una especulación, muy interesante, por cierto, pero sin embargo una especulación.

Entonces vemos en este versículo 33 Dios le dijo de antemano a Juan el Bautista que eventualmente Él le iba a revelar quién exactamente era el Mesías. No le dijo anteriormente el nombre especifico que identificaría a este Varón (v. 30), pero Dios si le dijo que la señal era que su Espíritu Santo iba a descender y permanecer sobre Él, revelando así también en el proceso el gran misterio de la Santa Trinidad (1 Timoteo 3:16).

Mientras que el conocimiento que Juan tenía sobre Jesús, como hombre y como hijo legal de José, era un conocimiento humano, transmitido por sus padres o por medio de otras personas; el conocimiento de quien era Jesús como el Mesías, el Hijo del Dios Viviente, era un conocimiento sobrenatural, transmitido por revelación Divina.

No sabemos exactamente cuándo y cómo Dios le había hablado a Juan el Bautista sobre la revelación del Mesías (Lenski).  No sabemos si Dios le dijo al Bautista que su Espíritu Santo iba a tomar específicamente la forma de una paloma (no que iba a ser una paloma), o si esto fue algo que Juan reconoció en el momento.  Pero lo importante para nosotros es que aquí tenemos un registro no solo de lo que pasó, sino también de la interpretación del mismo Juan el Bautista sobre el significado de aquella revelación, el cual es que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios quien bautizaría con el Espíritu de Dios.

El Bautismo del Espíritu Santo

Llegamos entonces a la segunda función del Mesías que se menciona en este pasaje: Jesús era el que iba a bautizar con el Espíritu Santo. Jesús sería entonces aquel Dios y aquel hombre a la vez que sería capaz de perdonar el pecado de todo el mundo y quien a la misma vez bautizaría con el Espíritu Santo.

Marcos y Lucas también hablan del tipo de bautismo que el Mesías realizaría, pero ellos añaden otro detalle adicional, es decir, Jesús bautizaría en el Espíritu Santo y “fuego” (Mateo 3:11; Lucas 3:16). “El fuego allí probablemente tiene la intención de transmitir el poder limpiador del Espíritu” (Borchert, 138).

Estas declaraciones sobre el bautismo del Espíritu Santo también anticiparían el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, donde se describía aquel tiempo en que el pueblo de Dios tendría al Espíritu Santo derramado sobre ellos (D. A. Carson, The Gospel according to John, 152; Ezequiel 36:25-26).  El testimonio que Dios quiso revelar es que el Mesías recibe al Espíritu Santo permanentemente, como este versículo que estudiamos lo dice claramente; y que Jesús, a su vez, también instituiría el bautismo del Espíritu Santo desde el Día de Pentecostés (Hechos 2), aunque este nombre o fecha tampoco fue revelado en los tiempos del Bautista.

Entonces, Jesús no bautizaría con agua como lo hizo Juan el Bautista, sino con el Espíritu Santo y fuego.  Se discierne algún tipo de contraste en el texto (Lenski).  Quizás el tipo bautismo que los discípulos impartirían un poco más adelante también estaba relacionado, hasta cierto punto, con el bautismo del arrepentimiento de pecados de Juan (Lucas 3:3).

Pero, eventualmente, Dios manda a los apóstoles a hacer discípulos en todo el mundo y a bautizar en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mateo 28:19).  Allí, la ordenanza no fue bautizar en uno de los nombres de Dios, Yahvéh o Jehová, por ejemplo, sino en el nombre o con la autoridad de cada Persona Divina que conforma la Santa Trinidad: El Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo; Quienes se mencionan que estaban presentes durante el bautismo de Jesús (aunque Dios siempre está en todas partes, aquí en el bautismo de Jesús, el Señor pensó que era importante mencionar por medio de la pluma del Apóstol Juan la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo).

Junto con el versículo 29, aquí también se detecta así mismo un énfasis doctrinal; uno que siempre está relacionado con los importantes conceptos teológicos del arrepentimiento y el perdón de los pecados (ver también Mateo 4:17).  La misión del Espíritu Santo seria el de convencer al mundo de pecado, incluyendo el pecado imperdonable, que es el de no creer en Cristo (Juan 16:8-9; cf. Hechos 4:12), pues solo Jesús es quien puede limpiar todo pecado del mundo (Juan 1:29; cf. Mateo 9:1-8).

Aun cuando los discípulos de Jesús también comenzarían a bautizar un poco después, la obra del Espíritu Santo seria limitada hasta un día especifico en la historia de la humanidad: El Día de Pentecostés (Hechos 2), donde el Espíritu Santo estaría a disposición de todos los creyentes, donde obraría en todas las naciones, razas e idiomas del mundo (cf. Hechos 2:8).

Desde ese día, Dios, por medio del Espíritu Santo, está presente y trabaja con todo poder dondequiera la Palabra de Cristo sea predicada. La revelación saldría de Israel, pero ahora estaría a disposición del mundo entero.  Los lenguajes humanos mencionados en Hechos 2 subrayan el propósito universal de llevar el testimonio de Jesús a otras regiones del mundo.  Los primeros cristianos tuvieron que esperar hasta ese día especifico, y desde allí, a nosotros se nos exhorta a ser llenos del Espíritu (Efesios 5:18) y a caminar con el Espíritu (Gálatas 5:25).

El pastor y teólogo MacArthur explica la forma en que desde ese día obraría el Espíritu Santo, en la vida del creyente, desde la venida de Cristo a la tierra (ver este artículo en Grace to You, 2/21/17):

En la era actual, el bautismo por Cristo por medio del Espíritu Santo tiene lugar para todos los creyentes en conversión. En ese momento, todo creyente es colocado en el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:13). En ese momento el Espíritu también toma su residencia permanente en el alma de la persona convertida, de modo que no existe tal cosa como un cristiano que aún no tiene el Espíritu Santo (Romanos 8:9, ver 1 Corintios 6:19- 20).

 

Juan 1: 34: Jesús es el Hijo de Dios

1:34 Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

Esta sería la declaración formal e indiscutible de Juan el Bautista acerca de su confesión y testimonio sobre Jesús.  En el griego original, aquí se utiliza nuevamente dos veces el tiempo perfecto para los verbos ver y testificar (“Y yo le he visto y he dado testimonio”, LBLA, subrayado por motivo de énfasis), los cuales marcan un agudo contraste con el “yo no le conocía” anterior, y que además indican continuidad en el ver y testificar del Bautista (Juan 1:31,33; Bartley, 75); es decir era “una acción concluida en el pasado, pero continua” (Utley, Juan 1:34).

Para J. C. Ryle, este versículo significa que Juan estaba como queriendo decir “Yo le vi perfectamente, y desde ese momento he testificado claramente y sin vacilar de que la persona a quien veis delante de vosotros es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Desde el día de su bautismo he estado plenamente convencido de que es el Mesías” (Ryle, 98).

R. C. H. Lenski menciona un comentario muy interesante acerca del significado original del verbo griego de “ver” en el v. 32 y el “ver” del versículo actual. En el primer caso, se utiliza θεάομαι, que significa “contemplar” con una “larga mirada” de admiración y asombro; pero ahora en el 34 se utiliza ὁράω, que significa ver con “entendimiento y comprensión”.  Primero se enfatiza la vista física y ahora se hace hincapié en el entendimiento, el cual permite al Bautista a declarar formalmente su testimonio final: Jesús es el Hijo de Dios.

¿“Hijo” o “Elegido” de Dios?

En la segunda parte del versículo nos encontramos con un pequeño problema sobre el texto original de Juan 1:34; el cual es sobre la declaración de Juan el Bautista sobre Jesús.  ¿Dijo que Jesús es el “Hijo de Dios” (como aparece en RVR60) o que fue el Señor es el “Elegido de Dios” (como dice la NTV)?

Quizás les sorprenda el hecho de que muchos de los comentaristas modernos creen que es más probable que la traducción alternativa es la original (el “Elegido de Dios” aquí en Juan 1:34b), incluyendo Leon Morris, D. A. Carson, Gordon Fee, etc.  (De aquí en adelante llamaremos al texto “Elegido de Dios” como la versión alternativa, y al texto más usado “Hijo de Dios” como la versión tradicional).

El argumento más común que he notado que se utiliza para apoyar a esta versión alternativa es que sería difícil que una versión original de “Hijo de Dios” haya sido cambiada por algún escriba a “Elegido de Dios,” pero se supone en este razonamiento que el caso inverso (cambio de Elegido a Hijo) sería lo más probable (Morris).

Igualmente, Gordon Fee (quien es citado por Bob Utley en su comentario sobre Juan 1:34) cree que lo más probable es que un escriba haya cambiado el original (en su opinión) “Elegido de Dios” al supuestamente posterior Hijo de Dios;” básicamente para evitar que algunos utilicen este versículo para defender ideologías erradas, en este caso, también se menciona a los adopcionistas.  Esto es algo que D.A. Carson también menciona, lamentándose que la evidencia textual para la versión alternativa no tiene el apoyo que “uno podría desear” (D. A. Carson, The Gospel according to John, 152).

Aunque es enteramente posible que la traducción alternativa haya sido la original en el Cuarto Evangelio (ver Isaías 42:1), pues la diferencia de opiniones no es inherentemente doctrinal o teológica, sino que la discrepancia es sobre el texto original; aun el mismo D. A. Carson admite poco después que la versión textual “‘El Elegido’ no está en otro lugar atestiguado en este libro”.  De allí, sorpresivamente, él razona que esta falta de atestiguación en otras partes en este mismo evangelio es lo que justamente se podría utilizar para apoyar la variante alternativa: “Por lo tanto,” Carson continua, “…los copistas eran más propensos, en equilibrio, a cambiar ‘el Elegido de Dios’ en ‘el Hijo de Dios’ que el contrario” (ibíd).  Como ya lo habrán notado, este es también básicamente el mismo argumento que Morris y Gordon Fee hacen.

Más adelante, D. A. Carson menciona que lo que si se atestigua claramente es el hecho que en este Evangelio se menciona que los discípulos de Jesús si fueron electos: “sus elegidos,” y continúa diciendo que este es un tema “bastante fuerte” en el Evangelio según San Juan.  Este es básicamente un argumento que se utiliza a menudo en el calvinismo para apoyar la doctrina de la elección incondicional de Dios sobre todos los creyentes.

Pero una cosa es hablar de que en este evangelio Jesucristo eligió a sus doce discípulos, incluyendo a Judas Iscariote, y otra cosa bastante distinta es afirmar que Jesús fue elegido por Dios.  Esto, nuevamente, parece ser lo que Isaías había antes afirmado en el Antiguo Testamento, pero esto no es algo que se menciona en otras partes de este Evangelio en particular.

Gerald L. Borchert, por otro lado, no parece tampoco estar muy convencido sobre esta última comparación; es decir, el supuesto paralelo de la doctrina de elección de los discípulos por Jesús y la elección de Cristo por Dios Padre en este evangelio.  Hablando sobre la traducción alternativa, “el Elegido”, Borchert escribe:

Pero si bien esta interpretación puede resultar atractiva, teológicamente parece un poco desfasada [palabra que significa inadecuada, descentrada o fuera de la fase o centro principal] con la perspectiva del evangelista. Servidumbre y elección no son motivos habituales aplicados a Jesús en este Evangelio. En cambio, son designaciones para los discípulos. A Jesús se le dan otras designaciones.

Un poco más adelante es claro que este último autor, Borchert, se inclina en cambio a aceptar como frase original a la versión tradicional:

La confesión “Hijo de Dios” probablemente es preferible aquí. No sólo está textualmente mejor apoyada, sino teológicamente está en el corazón mismo de la preocupación juánica sobre quién es Jesús. ¿Es el hijo de José o el Hijo de Dios (por ejemplo, 1:45, 3: 16-18, 6: 40-42, 10:36, 19: 7)? Una preocupación crucial del evangelista al escribir el Evangelio (20:31) es que Jesús es precisamente el Hijo de Dios. (139–140).

Los Testigos de que Cristo es el Hijo de Dios

Creo que sería muchísimo más fácil, por lo menos para mí, aceptar este último razonamiento.  De hecho, en este Evangelio se citan otros testigos, aparte de Juan el Bautista, que también declaran que Jesús es verdaderamente “el Hijo de Dios”.

Estos testigos adicionales incluyen:

Natanael, quien en Juan 1:49 se dirige a Jesús diciendo: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel.”

Pedro en Juan 6:69: “Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.”

Marta en Juan 11:27: “Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.”

Juan el Apóstol, el propio autor de este evangelio menciona en Juan 20:31 el propósito por el cual escribió el evangelio que lleva su nombre: “Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios.”

Jesucristo mismo, como Borchert también lo menciona, afirma ser Él mismo el Hijo de Dios en Juan 10:36.

(Las palabras subrayadas la hemos añadido a las citas bíblicas anteriores para ayudar al lector a identificar rápidamente el texto y tópico en discusión).

Los evangelios sinópticos, por supuesto, también atestiguan claramente que Jesús es el Hijo de Dios.  Aunque ninguno de los comentaristas que mencionamos anteriormente pondría en duda este hecho, es decir, de que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios (nuevamente es importante tener en mente que la diferencia de opiniones no es sobre si Jesús es o no el Hijo de Dios, sino sobre si esta frase es la original en este versículo), creo que lo más importante aquí no es solo que este título aparece en Mateo, Marcos y Lucas de por sí.  Sino que lo más relevante para nosotros ahora son los pasajes sinópticos que específicamente narran el bautismo de Jesús (Mateo 3:13-17; Marcos 1:9-11; Lucas 3:21-22); de hecho, todos estos pasajes mencionan la Voz del cielo que provino de Dios mismo, Voz que testificó inequívocamente que Jesús es el Hijo del Altísimo.

Regresando entonces a nuestra discusión sobre Juan 1:34, y especialmente al tema de la originalidad del título “Hijo de Dios” en este versículo, creo que sería útil recordar que Juan el Bautista estaba hablando específicamente del testimonio que él mismo vio sobre el ungimiento del Espíritu Santo durante este evento en particular: el Bautismo de Jesús.  Aunque en el Evangelio según San Juan, el Bautista no menciona específicamente la voz de Dios que dijo “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17, RVR60), en este verso de San Juan 1:34 (y en los anteriores), es bastante claro que el Bautista está hablando del bautizo de Jesús (Kruse, 82).

Por consiguiente, si Juan el Bautista estaba hablando de este evento tan especial, donde Jesús fue visiblemente ungido por el Espíritu Santo, quien descendió sobre Cristo en la forma de una paloma; entonces, lo más probable es que el testimonio del Bautista incluiría directamente el mensaje de la Voz del Cielo que provino directamente de Dios durante tal ocasión, es decir, el hecho indiscutible de que Jesús es el “Hijo de Dios”.

En un ambiente en donde la expectativa era que el Mesías estaba por regresar (cf. Lucas 3:15); un día después de que Juan el Bautista había negado rotundamente ser el Mesías (Juan 1:20); y solo momentos después en el cual Juan había llamado a Jesús el Cordero de Dios (Juan 1:29), lo más probable es que los oyentes de Juan estarían esperando escuchar era que Jesús era “el Mesías” (cf. Stallings, 34).  Pero esto no es exactamente lo que Juan dijo, aunque eso es también la verdad; sino que en esta oportunidad más bien el Bautista mencionó exactamente lo que él también había escuchado del cielo, es decir, que Jesús es el Hijo de Dios.

Entonces, nos podría ser más fácil asumir que Juan el Bautista estaba simplemente repitiendo lo que Dios mismo había dicho desde el cielo durante el bautismo de Jesús (que Jesús es el “Hijo” de Dios) que usar más bien una frase que, aunque si estaba atestiguado en el Antiguo Testamento, no es un tema central en este evangelio, de hecho que no es un tema se menciona más en San Juan (que Jesús es el “Escogido” de Dios).

Además, al Mesías también se le llama Hijo de Dios en el Antiguo Testamento.  El Salmo 2:7, por ejemplo, registra al Rey David mencionar: “Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú,” dentro del contexto de un pasaje que habla de un pacto con Dios en donde existe una clausula en donde el Mesías, el descendiente legal de David, tendría herencia de un reino que incluiría todas “las naciones”, pues se extendería hasta “los confines de la tierra” (v.8).

Por último, creo que también sería útil notar que tradicionalmente la mayoría de versiones de la Biblia en nuestro idioma han aceptado la versión “Hijo de Dios” (por esto es precisamente que he llamado a esta frase la versión tradicional).

Si nosotros consultáramos con la mayoría de traducciones en el español que aparece en el website Bible Gateway (BG) sobre Juan 1:34, comprobaríamos nosotros mismos la magnitud de esta aceptación.  Esto se debe a que una cantidad abrumadora de versiones apoyan la versión tradicional (18-1).  Solo una de las traducciones (nuevamente la Nueva Traducción Viviente) utiliza la variante “Elegido de Dios,” y los 18 restantes utilizan la versión el “Hijo de Dios” (de una forma similar, ver también las traducciones en inglés de BG, donde la versión tradicional prevalece 48-7).

¿Qué significa exactamente que Jesús es el “Hijo de Dios”?

Podríamos gastar mucho tiempo más hablando sobre todas estas diferencias de opiniones acerca de la originalidad del texto, pero creo que lo más importante por ahora es reconocer que en este evangelio se testifica varias veces y por varias personas piadosas (como lo vimos en la sección anterior) el hecho indiscutible de que Jesús es el “Hijo de Dios.”

Además, puesto que esta es la primera vez en donde aparece esta importantísima frase en este Evangelio, creo que sería mucho más provechoso para nosotros invertir el resto de nuestro tiempo examinando que es lo que este título exactamente significa y cuáles son las implicaciones teológicas al afirmar que Jesús es el “Hijo” de Dios.

Para lograr tal propósito, podríamos comenzar con un corto estudio exegético; es decir, con respecto a algo extremadamente útil que encontré por primera vez en el Comentario Bíblico Mundo Hispano:

Notamos en el v. 12 que el autor [el Apóstol Juan] es fiel a marcar la distinción entre los términos gr. teknon5043 (lit. “niño”) y juios5207 (lit. hijo), aquel usado al referirse a los creyentes en Cristo y éste para referirse al Hijo unigénito de Dios (Bartley, 75).

Aunque corra el riesgo de parecer redundante, me gustaría mencionar similarmente a otra cita adicional sobre esta última clarificación exegética, por la importancia que este tema teológico se merece.  Aparte de Bartley, otros dos autores cristianos evangélicos del Seminario Teológico de Dallas, John F. Walvoord y Roy B Zuck, en sus comentarios titulados de El Conocimiento Bíblico (una obra que también ha sido traducida al español), también ellos mencionan un comentario muy similar sobre el título “Hijo de Dios”. Allí, ellos escriben:

En el gr. del cuarto evangelio, este título no se aplica a los creyentes.  A ellos se les llama ‘hijos’ (tekna “niños” e.g. Juan. 1:12), mientras que ‘Hijo’ (juios) se usa sólo con referencia a Jesús (Walvoord, 24).

Entonces, esta distinción exegética en la gramática del Apóstol Juan nos ofrece una importante pista sobre lo que el Juan el Bautista tenía en mente cuando utilizó el término Hijo de Dios” para referirse a Jesús.  Aquí “Hijo” es una palabra griega diferente a la que se utiliza con los cristianos, aquellos que por iniciativa del Padre reciben voluntariamente a Cristo en sus corazones y son así adoptados como “hijos de Dios”, término que, para ser más exactos con respecto al vocabulario de Juan, son literalmente “niños de Dios.”

Por consiguiente, en este sentido, solo a Jesús se le puede llamar estrictamente el “Hijo de Dios” (Juan 1:12; cf. Bartley, 63; Juan 1:34).

Samuel Vila Ventura, en su Nuevo Diccionario Bíblico Ilustrado, nos ofrece la siguiente explicación sobre este título “Hijo de Dios”:

Uno de los títulos del Mesías (Salmos 2:7; Juan 1:49; cfr. 2 Samuel 7:14) que expresa, en su sentido más profundo, la misteriosa relación que existe entre el Padre y el Hijo en su eterna relación en el seno de la Deidad… El término «Hijo» no se relaciona con la misión de Cristo, sino con su naturaleza, idéntica a la de Dios, implicando su igualdad con Él. (Samuel Vila Ventura, Nuevo Diccionario Bíblico Ilustrado [TERRASSA, Barcelona: Editorial CLIE, 1985], 494).

Es importante, entonces, entender que esta diferencia de términos para referirse a los cristianos como hijos o niños adoptados de Dios (cf. John 1:12), y solamente a Cristo como “Hijo de Dios” (nuevamente una palabra griega originalmente diferente, escrita siempre en singular, y algo que en nuestro idioma la escribimos con mayúscula para describir la deidad de Jesús) o como veremos más adelante “Hijo Unigénito” de Dios (Juan 3:16; cf. Juan 3:14,18), es por supuesto un tipo de herramienta lingüística que el autor utiliza para enfatizar el importantísimo tema de la Divinidad de Cristo.

Esto no es algo que debería asombrar a nadie, por supuesto, ya desde el mismo comienzo de este Evangelio, el autor llama a Jesús “Dios” en Juan 1:1, donde se muestra (a la misma vez) que Cristo es pues una Persona diferente y cercana al Padre (“era con Dios”) y a la misma vez Dios mismo (“y era Dios”).  La Tercera Persona, el bendito Espíritu Santo, también es mencionado en el primer capítulo de este evangelio (una vez en el v.32 y dos veces en el v.33).  El misterio de la Santa Trinidad es algo que se podría percibir en el Antiguo Testamento, pero su revelación completa se llevó a cabo solo en el Nuevo Testamento.

Por último, el título “Hijo de Dios” está relacionado no solo con el testimonio de Juan el Bautista (Juan 1:34), frase que provino de la Voz de Dios desde el cielo (Mateo 3:17); sino también este título de Jesús se relaciona con la salvación eterna por medio de Cristo (Juan 3:18); la adoración directa a Jesús (Mateo 14:33); con el propósito central de este evangelio (Juan 20:31); con la persecución de Jesús (Juan 5:18), y por ultimo con la sentencia que lo llevo al Calvario (Mateo 26:63-66).

Estos dos últimos tópicos, la persecución y la muerte de Jesús en la Cruz, nos indican que, aunque la mayoría de judíos nunca tuvieron la fe suficiente como para aceptar a Cristo como su Mesías, en términos de comprensión intelectual por lo menos, ellos si entendieron, en el momento de escuchar personalmente a Jesús proclamarse “Hijo de Dios,” que Cristo estaba diciendo que Él es Dios.

Como nosotros sabemos, esta declaración fue demasiado para los judíos, hombres de religión, pero sin amor y sin verdadero conocimiento de Dios, y fue esta equivocada percepción de herejía la razón por la cual finalmente persiguieron y mataron al Aquel quien creo la vida.

Los judíos entonces asesinaron a Jesús por llamarse a sí mismo Dios, y aun en nuestros propios tiempos, muchos de los que se autodenominan cristianos no creen en realidad en la deidad del Hijo, ni de su igualdad con Dios Padre, y por lo tanto (por más que lo nieguen), no le dan a Cristo la honra y el honor que Él se merece.  Pero esta es una confesión de fe básica, que Jesús, el Hijo de Dios, es también “el Dios con nosotros” (Mateo 1:23), y nuevamente esto fue exactamente lo primero que dijo y enfatizó el autor del Cuarto Evangelio, en el principio, que el Verbo encarnado estaba con Dios y que era así mismo Dios (Juan 1:1).

 

Conclusión

Vimos entonces que el clímax del testimonio de Juan el Bautista se menciona en un segundo día de lo que fue en realidad una serie de eventos que ocurrieron en tres días consecutivos.  Como vimos en un estudio bíblico anterior a este, en el primer día Juan menciona a una delegación de judíos que el Mesías ya había llegado.  En el segundo día, tema de este ensayo, el Bautista menciona a sus seguidores quien es específicamente el Mesías.  Y, como veremos más adelante, en el tercer día Juan el Bautista prácticamente invita a dos de sus discípulos a seguir literalmente los pasos de Jesucristo.

Aunque no se menciona en este pasaje quienes fueron exactamente los que escucharon el testimonio de Juan el Bautista sobre Jesús de Nazaret, quien es referido aquí como el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29), lo más probable es que Juan estaba hablando con sus propios seguidores o discípulos (Lenski, 124; cf. Juan 3:26).

Como vimos anteriormente, no hay un acuerdo común acerca del origen del término “Cordero de Dios”, pero lo más probable es que este sea un término general que se refiere a varios tipos de sacrificios expiatorios que se realizaban en el Antiguo Testamento: El Cordero Pascual, quien nos hace acordar que la sangre redentora de Jesucristo nos libra del pecado y por consiguiente de la muerte eterna; el Siervo Sufriente de Isaías 53, quien nos recuerda como Cristo acepto morir en la Cruz mansamente para llevar nuestras culpas y pecados; el Cordero Apocalíptico Triunfante, quien subraya la victoria final de Cristo en su Segunda Venida, es decir, cuando el Señor venga como Rey y Juez de toda la tierra; y para mencionar como un último ejemplo, el Cordero de Abraham, prefigura de la gracia de Dios Padre de entregar a su Hijo Unigénito por iniciativa propia.

En este sentido, el “Cordero de Dios” es entonces el único y perfecto sacrifico que Dios hizo en beneficio de todos los pecadores de todos los tiempos y en todos los lugares del mundo que depositarían su fe y confianza en el Hijo de Dios.  El propósito del Cordero seria entonces la de limpiar el pecado de todo el mundo y lo haría por medio del Bautismo del Espíritu Santo y Fuego, algo que procedería después de un arrepentimiento genuino del creyente, quien debe disponer en su corazón el camino para Dios por medio del arrepentimiento de pecados.

Juan el Bautista se sometió a la voluntad de Dios todos los días de su vida.  Aunque al comienzo no sabía exactamente quién era el Mesías, Juan igualmente predicó el bautismo del arrepentimiento hasta que a su debido tiempo el Señor le mostraría quien iba a ser aquel Mesías prometido.

La razón de su vida, la misión que Dios había encomendado a Juan el Bautista era entonces revelar a Israel, y posteriormente al mundo entero, la identidad de aquel Quien era superior a Juan el Bautista en rango y en tiempo (cf. NBLH en Juan 1:30). Pero el revelador necesitaría primero una revelación, y esta llego durante el bautismo de Jesús, donde finalmente Juan comprendió que Jesús era el Elegido, para citar a Isaías, quien también fue revelado ser nadie menos que el Hijo del Dios Viviente, cuando vio descender al Espíritu Santo en forma de una paloma.

Quizás el punto culminante del ministerio de Juan el Bautista fue cuando después de haber visto y de haber entendido, él pronunció un testimonio definitivo que Jesús de Nazaret, como se le conocía en aquellos tiempos, era el mismo Hijo de Dios (Juan 1: 34).

El lector de este evangelio debe leer el testimonio y examinar la evidencia que se presenta en este relato para sacar también sus propias conclusiones acerca de quién es exactamente Jesús.  Si el lector concluye, como Juan también concluyó, que Jesús es de hecho el Hijo de Dios, y se arrepiente de sus pecados, entonces tendrá vida eterna.  Este es el propósito por el cual se escribió este evangelio (Juan 20:31).

Como en el pasaje anterior a este (Juan 1: 19-28), aquí también el autor nos muestra un buen ejemplo de integridad moral y espiritual, a Juan el Bautista, quien fue un hombre que vivió toda su vida con una misión en mente, aunque no sabía al comienzo a quien iba a revelar como el Mesías.  De todas formas, Juan igualmente obedeció el llamado con humildad y devoción.  Fue un predicador que no busco realmente discípulos para sí mismo, sin ningún título que acompañara su nombre, sin hogar y sin dinero, con un estilo de vida bastante humilde, y que todo lo que quería hacer realmente en esta vida era llevar a la gente a Dios (MacArthur, The First Testimony…, 20:26).

Juan el Bautista es un buen ejemplo para nosotros, quienes debemos de recordar que Dios también tiene una misión específica para nosotros; una que no nos la va a revelar hasta que nosotros primero obedezcamos su palabra ya revelada en las Santas Escrituras, y que solo al hacer esto, eventualmente, vamos a “conocer” también a Dios nuestro Salvador, Cristo Jesús, de una forma personal y genuina, con un tipo de verdadera comunión espiritual.

Es entonces un tipo de conocimiento que no se obtiene aceptando simplemente como válido algún tipo de información; sino es algo que se obtiene a través de una comunión genuina con el Señor, caminando diariamente con nuestra cruz en el hombro, siguiendo el camino derecho y angosto que Dios nos ha trazado para llegar al Cielo.

Amén.

 

Juan el Bautista: Testimonio y Bautismo (Juan 1: 19-28)

Habiendo ya introducido a Juan el Bautista en el prólogo (versículos 6-8), el autor de este evangelio, el apóstol Juan, procede a relatar una historia que él personalmente, como discípulo anterior de Juan el Bautista, pudo presenciar antes de seguir los pasos del más grande de los maestros, es decir, Cristo Jesús.

Juan el Bautista mismo se daba cuenta de sus limitaciones como maestro y como profeta en el plan divino que Dios mismo le trazó.  Por esta a razón, y por ser además varón justo ante los ojos de Yahveh, Juan no busco exaltarse a sí mismo en ningún momento, sino que más bien quiso exaltar a Jesús por ser Hijo del Altísimo.  El Bautista daba cuenta que su misión en la tierra era simplemente el de preparar los caminos del Señor (Isaías 40:3; Marcos 1:3).  Estaba asimismo consiente que era necesario que el ministerio de Cristo creciera, y que de allí, su propio ministerio iba a menguar (Juan 3:30).

En esta oportunidad, Juan el Bautista iba a ser interrogado por un grupo de levitas y sacerdotes.  Su ministerio de arrepentimiento y bautismo cerca del río Jordán estaba llamando la atención de todos en aquella región, incluyendo, por supuesto, la atención de las autoridades de Jerusalén (cf. Mateo 3:5), y aunque estos últimos no creían que Juan tenía una misión divina (cf. Lucas 20:3-6), aun así, tenían interés en saber que era lo que él mismo decía de su propia persona.

Pensaban quizás que Juan el Bautista tenía ilusiones mesiánicas, o por lo menos proféticas, pero la verdad era que él no quería ni siquiera hablar mucho de sí mismo, sino que más bien quería enfatizar su mensaje de arrepentimiento por medio del bautismo, para así poder preparar los caminos de Jesús, al testificar sobre Su procedencia divina, es decir, de ser nadie menos que el mismo “Dios con nosotros” (Mateo 1:23; Isaías 7:14).

Leamos ahora los detalles de esta historia tan edificante, pero primero pidamos la ayuda de Dios en oración para entender su mensaje.

 

Lectura I: Juan 1: 19-24: El Testimonio de Juan el Bautista

1:19 Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres?

1:20 Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo

1:21 Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No.

1:22 Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?

1:23 Dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.

1:24 Y los que habían sido enviados eran de los fariseos.

 

Juan 1: 19: La delegación de sacerdotes y levitas

1: 19 Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres?

Aunque el apóstol Juan es quien relata esta historia, en el Evangelio que lleva su nombre (como Reina-Valera lo llama: “El Santo Evangelio según San Juan”), el testimonio que aquí menciona no es el testimonio del autor sobre Jesús, sino que aquí está hablando más bien del testimonio de Juan el Bautista, el profeta que prepararía los caminos del Señor y predicaría con todo “el poder y el espíritu de Elías” (Lucas 1:17; cf. Mateo 17:10-13).

El versículo 19 también menciona que la delegación que interrogaría al Bautista provenía de Jerusalén y consistía de sacerdotes y levitas, y que estos a su vez fueron enviados por los judíos.  Esta palabra última palabra, los “judíos”, aparece 71 veces en el Evangelio según San Juan y generalmente representaba a los líderes judíos que eran abiertamente hostiles al Señor Jesús (Morris 115; Burge, 71).

Con respecto a la pregunta, “¿Tú, quién eres?”, noten que este grupo de sacerdotes y levitas no le estaban preguntando cuál era su nombre, “Juan”, pues ellos aparentemente si sabían que su nombre era Juan.  Sino que al igual que muchos hombres en nuestros tiempos (donde muchas veces el título o rango de la persona era más importante que el mismo nombre), esta gente religiosa no quería realmente preguntarle cuál era su nombre, sino más bien cuál era su misión en la tierra.

Noten además que los judíos no le estaban preguntando a Juan el Bautista si él era específicamente “el Cristo” (algo interesante por la respuesta que él da en el próximo versículo), sino solo ¿, quién eres? (subrayando aquí el “Tú para enfatizar la palabra a discutir).  El énfasis, entonces, de la pregunta está en el “tú” (en el griego original, “σύ”; ver también el comentario de Lenski, en p.107, quien no considera que esta fue una pregunta hostil, pero otros como Bartley, p. 69, si creen que podría haber sido despectivo), pronombre que aparece al comienzo de la oración (ver el léxico de Juan 1:19), como se muestra en Reina Valera, usando una estructura sintáctica correcta aunque no muy familiar en nuestro idioma.  Lo más natural hubiera sido la traducción “¿Quién eres tú?” como la realiza LBLA, la cual es también correcta, pero no tiene el énfasis de “tú” como Reina-Valera 1960.

 

Juan 1: 20: Juan el Bautista niega ser el Cristo

1: 20 Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo

El Cristo.

Juan se les adelanta en responder a una pregunta más especifica que quizás ellos tenían en su mente, pues algunos pensaban que él podría haber estado diciendo que él era el Cristo (MacArthur, Juan 1:20; Lucas 3:15–17), lo cual se debe, por lo menos en parte, al hecho de que en aquel entonces ya había grandes expectativas mesiánicas.  Habían pasado unos 400 años sin que Dios haya mandado a ningún profeta, y había aparentemente entonces una expectativa grande en esos tiempos era que Dios mandara al Mesías.  (ver por ej. Stallings. 29).   De hecho que este bautismo de las multitudes representaba la preparación del reino mesiánico, reino que Juan el Bautista también proclamaba (Lenski, 107).

Estos sacerdotes, levitas y fariseos también (v. 24), habían venido desde Jerusalén, la capital espiritual de Israel, caminando muchas horas (o inclusive días) a pie o a camello, y ellos (como mencione antes) no querían solo preguntarle a Juan cuál era su nombre.  Ellos, más bien, querían saber cuál era su misión o su propósito en este mundo; por qué predicaba así (con autoridad), y sobre todo por qué Juan bautizaba (v. 25).

Por eso, decirles que su nombre era “Juan” estaba de más.  Quizás por esto, Juan el Bautista parecía saber lo que esta gente tenía en sus mentes.  Estos hombres de religión aparentemente pensaban que Juan era el Cristo, o lo más probable aun, es que ellos podrían estar sospechando que Juan el Bautista estaba diciendo por allí a todo el mundo, o a sus discípulos solamente, que él era el Cristo (o el Mesías).  Por eso, Juan se les adelanto a decir enfáticamente que él no era el Cristo.

Aunque las respuestas de Juan sobre su persona eran cortas en este pasaje, aquí vemos una doble afirmación positiva (“confesó”) y otra negativa en el medio (“no negó”), lo cual era la forma del autor para recalcar algo importante.  El autor de este Evangelio, el apóstol Juan, quería dejar claramente por sentado que su antiguo maestro no era el Cristo, ni reclamaba tampoco serlo.

De todas formas, aunque Juan el Bautista hubiera sido el Cristo (lo cual no era así), los judíos tenían una idea distorsionada sobre quien iba a ser exactamente el Cristo.  Ellos sabían, por ejemplo, que iba a ser descendiente de David, una figura militar o política, como un rey, lo cual era verdad.  Y en este sentido, Jesucristo, conocido en aquellos días como Jesús de Nazaret, era de hecho descendiente del Rey David.

Quizás por esta razón, los israelitas esperaban que el Cristo fuera a ser un líder militar que los iba a liberar de la opresión romana.  Esto también era una idea errónea sobre el Mesías.  Jesús vino más bien para liberarlos del pecado, es decir, para lograr un cambio espiritual y profundo en sus corazones, no para promover un cambio político o militar en Palestina.

 

Juan 1: 21: La pregunta sobre Elías y el Profeta

1:21 Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No.

Elías.

Mientras que la primera pregunta no fue tan directa, pues no le preguntaron si él era específicamente el Cristo, sino simplemente quien era Juan el Bautista, la segunda pregunta (y la tercera después) si fue más directa: “¿Eres tu Elías?” Y en este caso también, Juan niega ser la persona que ellos pensaba, es decir, el profeta Elías del Antiguo Testamento (AT).

Ahora bien, ¿alguno de Uds. sabe porque entre tantos profetas que los judíos habían tenido en el Antiguo Testamento, porque de todos ellos los judíos le preguntaron precisamente por Elías? ¿Por qué “Elías”? ¿Por qué no Moisés, o Eliseo, Samuel, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Óseas o algún otro profeta del AT?

Bueno, como mencione antes, Dios no había levantado a ningún profeta hacia cuarenta décadas.  Estaban pues a la expectativa de que algo grande iba a pasar.  Ellos estaban pues, muy alertas sobre la venida de un profeta nuevo, y si Juan ya había negado rotundamente ser el Mesías, entonces podría ser más bien el profeta Elías, el cual se esperaba que viniese antes que el Cristo, y por eso también se le consideraba ser un personaje mesiánico.

Aparte de eso, Elías nunca murió.  Según 2 Reyes 2: 11, él fue llevado al cielo vivo, en carne y huesos.  De hecho que los judíos también habían interpretado lo que Dios había dicho por medio de otro profeta, Malaquías, que antes que viniese el Mesías, tenía que regresar Elías.  Esta profecía esta específicamente en Malaquías 4: 5:

4:5 He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible.

Este pasaje llevó a los judíos a concluir que Elías estaba todavía vivo y que regresaría en los tiempos finales (Burge, 72).  Además, el estilo de vida y la forma de vestir de Juan el Bautista lo asociaría también con el profeta del AT (comparar esta semejanza con Mateo 3:4 y 2 Reyes 1:8), pero esto no era algo que seguramente Juan quería escuchar tampoco, pues creo que podríamos asumir que él estaba familiarizado con algunos falsos profetas del pasado habían tratado de aparentar tal conexión (Carson, The Gospel according to John, 143; Zacarías 13:4).

Por eso Juan el Bautista también negó que él era exactamente el mismo profeta Elías que los judíos tenían en mente.  Juan no era la misma persona que Elías, quien había vivido unos 900 años antes que Juan.

Sin embargo, ya antes el ángel Gabriel había aclarado indirectamente que lo que Dios quiso decir por medio de su siervo Malaquías era que Juan el Bautista iba a venir con “el poder y el espíritu de Elías” (Lucas 1:17; cf. Mateo 11:14), una frase bastante descriptiva y que nos hace acordar también de la petición que Eliseo había hecho a Elías de heredar “una doble porción de tu espíritu” (2 Reyes 2:9), petición que poco después le fue confirmada con el poder de hacer milagros sobrenaturales tal y como su antiguo mentor, el profeta Elías, había hecho anteriormente (cf. v. 8 y v. 14 en 2 Reyes 2).

El Profeta.

También le preguntaron en el versículo 21 si Juan era el profeta. Noten que dice el profeta, no “un” profeta, sino “el” profeta.

Y la verdad es que la primera vez que yo leí estos versículos, hace ya bastante tiempo, todavía me acuerdo que yo también pensé que estos judíos le estaban preguntando a Juan si él se consideraba un profeta, es decir, un hombre con el prestigio y la autoridad que cualquier profeta de Dios tendría.  Pero esto no era así de simple, pues aunque los judíos aparentemente esperaban que todo tipo de profetas se iban a aparecer en los días finales, el artículo definido “el” sugiere que tenían un profeta específicamente en mente (Morris, 119).

Entonces, se cree que la tercera pregunta era sobre un profeta en particular, uno que Dios específicamente le prometió a Moisés en Deuteronomio 18:15 (Bartley, Jamieson, Morris, Mounce, y otros autores también mencionan este pasaje en sus respectivos comentarios sobre este versículo de Juan): “Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis” (Reina-Valera 1960; ver este versículo en contexto: Deuteronomio 18:15–18, especialmente el 18).

Pero a esta tercera pregunta Juan el Bautista también les contesta negativamente; es decir, él no era tampoco este profeta.  Sin embargo, como mencione antes, los sacerdotes y levitas tenían el presentimiento que algo grande iba a pasar, y que Juan no era simplemente un predicador más, sino que tenía que ser alguien más importante que eso, aunque Juan en su humildad no se consideraba nadie importante.

Ante estas negaciones continuas de Juan, estos fariseos que habían venido desde Jerusalén, y que habían caminado quizás varios días, no iban a regresar a la capital para decirles que solamente sabían que Juan el Bautista no era ni el Cristo, el ungido de Dios, ni tampoco Elías o el profeta del que hablo Moisés.  Estos hombres entonces tenían que justificarse con sus respuestas.  Por eso insistían a Juan el Bautista, que tenían que llevar una respuesta a los que los mandaron, y que tenían que decirle a esa gente importante en Jerusalén, quien era realmente Juan en términos de su misión en la tierra.

Nuevamente, para Juan no era importante decir o mencionar quien él era, sino lo que era importante era el mensaje que él estaba tratando de llegar, un mensaje de arrepentimiento: Enderezar sus caminosAbrir sus corazones a Dios.

Juan el Bautista me parece que es un buen ejemplo para todos los pastores y predicadores de hoy, para que no busquen glorificar su nombre, si no que regresen a las doctrinas básicas y fundamentales del cristianismo, lo cual incluye hablar del mensaje divino de Cristo y su Persona.  Menciono esto con mucha tristeza, ya que para muchos hoy en día, no es suficiente considerarse “pastores”, sino ahora está de moda también considerarse “apóstoles”, situándose a la altura de Juan, Pedro y Pablo.

 

Juan 1: 22: ¿Quién eres? ¿Quién te crees ser?

1:22 Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?

Aquí vemos en realidad dos preguntas similares pero diferentes, y en este caso la segunda aclara a la primera.  No era en realidad que esta delegación de judíos estaba buscando la verdad, sino solo querían saber quién Juan el Bautista se creía ser, pues la segunda pregunta parece implicar que ellos pensaban que lo que Juan diría de sí mismo no sería necesariamente verdad.  La declaración que hacen entre estas dos preguntas indica también que ellos simplemente estaban interesados en cumplir su misión encomendada, es decir, regresar con una respuesta afirmativa al Sanedrín en Jerusalén (Lenski, 111).

El hecho de que esta delegación había sido enviada desde Jerusalén indica que los lideres saduceos y fariseos de la capital habrían ya tenido discusiones sobre el rol que ellos pensaban que Juan seguramente buscaba tener.  Se podría suponer también que la delegación misma, los que fueron mandados, mientras caminaban a la región cercana al río Jordán a donde Juan el Bautista se encontraba, este grupo de religiosos también podría haber tenido discusiones entre ellos respecto al aspecto escatológico del comportamiento de Juan el Bautista, pues los tres personajes que mencionaron (el Mesías, Elías y “el” profeta) estaban todos relacionados a eventos mesiánicos y del fin del mundo (Stallings, 29; cf. Mounce, 378).

Quizás lo más importante del versículo 22 es notar que algunos de entre los judíos (posiblemente los fariseos según el verso 24) no estaban muy contentos con las respuestas cortas y negativas de Juan, y que ellos querían más bien tener algún tipo de declaración afirmativa con respecto a Juan el Bautista.  Parecían que todas sus teorías preconcebidas que tenían sobre él estaban destruidas y querían saber más sobre aquella persona que Juan, según ellos, pretendía ser (Stallings, 29).

 

Juan 1: 23: Juan el Bautista como la voz que clama en el desierto (Isaías 40:3)

1:23 Dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.

Mientras que los evangelios sinópticos invocan en tercera persona a Juan el Bautista como aquel de quien Isaías habló en 40:3 (cp. Mateo 3:3; Marcos 1:3; Lucas 3:4), aquí se menciona al propio Juan el Bautista citando y aplicando tal pasaje a su propia persona y a su misión (MacArthur, Morris y Mounce).

Él no es una figura prominente sino solo ‘una voz en el desierto.’  Su propósito era simplemente hablar una palabra en el nombre de la Palabra Eterna” (Mounce, 378; ver también comentario en Juan 1: 2-3 sobre la posible razón por la cual creo que en Reina Valera y otras traducciones llaman a Jesucristo, el “Logos” Eterno, el “Verbo” en vez de la “Palabra”).  Entonces, la persona de Juan el Bautista no era importante, ¡pero su mensaje sí que lo era!

La cita que Juan el Bautista menciona se encuentra en Isaías 40:3. La forma en que Juan contestaba a esta pregunta, aquí en Juan 1:23, seria posiblemente también emotiva y sobre todo alta en volumen, lo cual evoca la forma original hebrea de Isaías.  La palabra clave en este sentido para entender el sentido personal del autor original veterotestamentario sería la palabra “clama”, en la cita de Isaías 40:3.

La versión bíblica norteamericana de NASB traduce al inglés esta parte del versículo 23 como: Yo soy la voz de uno gritando en el desierto.”  Aquí, “clama” en griego es βοῶντος, la palabra número 994 que significa “clama, voces, claman, para llamar a.”  Ver también Juan 1:23 en Reina-Valera 1909 con números de Strong, y sobre todo si desea examinar más a fondo el significado de la palabra “clamar”, ver enlace 994 boaó, palabra griega que incluye posibles traducciones como “exclamó,” o inclusive “gritó

Entonces, Juan el Bautista tenía un propósito bastante importante que cumplir, y ese propósito giraba en torno a Dios, es decir, la misión de Juan el Bautista en la tierra era la de preparar “el camino a Jehová” (Isaías 40:3), y aquí se refería claramente al camino del Dios hecho Hombre (Juan 1:14).

Para entender la cita del AT en Juan 1:23 mejor, creo que sería útil entender el contexto de Isaías 40:3, y MacArthur lo hace de una forma breve pero clara:

En el contexto original de Isaías 40:3, el profeta oyó una voz que hacía un llamado a la preparación de un sendero derecho que atravesara el desierto oriental para que el Dios de Israel guiara a su pueblo de regreso a la Tierra Prometida tras su exilio en Babilonia (MacArthur, Juan 1:23).

La idea es que, así como Dios regresó a su pueblo por un camino derecho (para morar de una forma representativa en el Templo que se iba a construir) después de la deportación a Babilonia, pasando por el desierto oriental; así también este caso Jesús también (quien es Dios; ver Juan 20:28, entre otros), regresaría a su pueblo empezando por un lugar escasamente poblado, en vez de comenzar directamente en una ciudad grande como Jerusalén (cf. Mounce, 378).

En aquellos tiempos, reparaban los caminos llenándolos hoyos y enderezándolos, arreglos o reparaciones que espiritualmente simbolizaban el arrepentimiento y la confesión de pecados para que la buena voluntad de Dios viniera y se acercaba a ellos (cf. Dongell, 46).  Además, la voz que clama en el desierto — la voz de grito de Isaías — simbolizaba la venida de la “gloria de Jehová,” un evento en que “toda carne,” es decir todo el mundo, “la verá o la podrá presenciar (Isaías 40:5, Reina-Valera 1960).  Este texto encaja correctamente con la descripción del mandato de Juan de introducir al glorioso Hijo de Dios (Juan 1:14) al mundo entero (Juan 1:9).

 

Juan 1: 24: Los fariseos

1:24 Y los que habían sido enviados eran de los fariseos.

Esta es la primera vez que se menciona a los fariseos en este Evangelio y por eso sería esta una buena oportunidad para introducir el papel que ellos jugarían en el ministerio terrenal de Jesucristo.  Se consideran tradicionalmente a los fariseos como a un grupo de judíos relativamente pequeño, pero aun así influente, durante el periodo del Nuevo Testamento.  En los evangelios se les describe a los fariseos como personas antagónicas a Jesús.  En la mayoría de diccionarios bíblicos y obras similares, se les describen también a los fariseos como personas avaras, hipócritas, y como personas a quienes les faltaban un sentido de justicia.  Además, los fariseos se preocupaban excesivamente con los detalles de la Ley en vez de ser sensitivos al mensaje espiritual del Antiguo Testamento.

Aunque muchos aun consideran que era un grupo representativo del judaísmo en los tiempos de Jesús, con el descubrimiento de los Manuscritos del Mar Muerto, se considera que antes del año 70 los fariseos constituían en realidad solo un grupo pequeño en una sociedad altamente diversificada.  Por eso, cualquiera que haya sido su popularidad o influencia, no se les puede considerar como fuerza representativa del judaísmo en general durante esta época (Elwell, 1670).

De regreso a Juan 1:24, la traducción de este versículo que aparece en Reina-Valera 1960, “Y los que habían sido enviados eran de los fariseos,” muestra el sentido tradicional de la forma en que este versículo ha sido generalmente traducido del griego original; es decir, muestra la idea de que este grupo de “sacerdotes y levitas” (Juan 1:19) fueron enviados por los fariseos (Juan 1:24).

Sin embargo, como lo menciona D.A. Carson, los fariseos no fueron lo suficientemente poderosos como para controlar a todo el Sanedrín (el grupo de líderes que gobernaba desde Jerusalén a todos los judíos en cuestiones no solo religiosas sino también aun en ley civil), y menos aún como para mandar a una delegación de sacerdotes y levitas, que eran grupos que estaban más bien asociados con los saduceos.

Carson opina que, en este caso, se debería entender a este versículo como: “Algunos de los fariseos que estaban en la delegación le preguntaron” (uniéndolo con el v.25).  Esta traducción tiene más credibilidad si se considera que, aunque los fariseos no controlaban el Sanedrín, ellos eran lo suficientemente influentes como para que la delegación de Jerusalén no pudiera ser mandada sin algunos de sus integrantes (D. A. Carson, The Gospel according to John, 144; Morris, 122).

Comparar también la traducción de Lenski, en este caso sin unirla al v. 25: “Y algunos fariseos habían sido comisionados(“And some Pharisees had been commissioned,” Lenski, 114).

De todas formas, este problema de traducción no es fácil de resolver, y aunque algunos eruditos han tratado de resolverlo notando dos delegaciones distintas (una conformada por los sacerdotes y levitas, y otra por la de los fariseos), Morris opina que el texto difícilmente sugiere esto, pero que sí parece indicar que por lo menos allí habían fariseos, en un solo grupo, y que estos no estaban muy contentos con el progreso de la investigación hecha por la delegación, y que por eso añadieron sus propias preguntas (Morris, 122).

 

II) Lectura II: Juan 1: 25-28: El Bautismo de Juan:

1:25 Y le preguntaron, y le dijeron: ¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?

1:26 Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; más en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis.

1:27 Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado.

1:28 Estas cosas sucedieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

 

Juan 1:25: ¿Por qué bautizas?

1:25 Y le preguntaron, y le dijeron: ¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta? 

Como vimos anteriormente, Juan el Bautista había disipado todas pretensiones mesiánicas y proféticas que los judíos podían haber tenido acerca de él, pero todavía quedaba un problema que los fariseos querían resolver en base a la relación que ellos entendían del bautismo universal que se llevaría a cabo en los días finales, pues parece que ellos veían el futuro bautismo de los judíos como un ritual escatológico que iba a ser realizado por un personaje mesiánico en los días finales (Lenski, Michaels, Morris, Stallings, etc.).

Su pregunta era básicamente: “¿Por qué bautizas si no eres uno de esos líderes cuya presencia anuncia el fin de los tiempos?”  Bautizar sin ninguna autorización por parte de Dios mismo hubiera sido quebrantar su Ley (Mounce, 378, citando a Calvino).  Además, bautizar a los judíos mismos aparentemente indignaba a los fariseos también, pues ellos considerarían que Juan los estaba tratando como paganos (Bartley, 71).

Aunque pocos autores parecen rechazar las implicaciones escatológicas de esta pregunta (por ej. D. A. Carson, The Gospel according to John, 145), la respuesta que daría Juan el Bautista en el siguiente versículo parecería indicar que más que una pregunta tipo “¿Por qué?” Juan discernió en realidad una pregunta acerca de su autoridad como persona, como que la pregunta hubiera podido entenderse algo así como: ¿Con que autoridad bautizas? (pues él no responde directamente la pregunta que los fariseos le hacen).  O quizás, lo que Juan el Bautista trato de hacer fue la de desviar la pregunta, de su persona a la de Cristo, con el fin de llevar la conversación hacia el tópico de la salvación venidera por medio del Mesías Verdadero.

Esto es lo que el cristiano siempre debe de hacer, es decir, tratar de buscar la oportunidad de proclamar las buenas nuevas de Aquel de quien si es digno de ser exaltado.  Debates sobre religión son especialmente inútiles, y lo que terminan haciendo, en mi opinión, es acentuar más algunas ideas erróneas que otros tratan de defender.  Cuando uno critica conceptos errados que otros podrían tener, lo que uno logra generalmente es que ellos defiendan sus errores con más fuerza aún.

Los debates tienen esa tendencia de incitar emociones negativas, y estas a menudo ponen tapones en los odios de aquellos que nosotros queremos salvar.  Aunque es importante corregir doctrina, siempre hay otros momentos más adecuados para hacer eso.  Por eso siempre es importante orar, pues no siempre sabemos las oportunidades que vamos a tener para compartir el Evangelio de salvación.  Dios nos puede usar en cualquier momento que desee, y cuando esto pasa, va a ver a menudo oposición espiritual.

Regresando al tema del bautismo mesiánico, como Morris lo nota, en el Antiguo Testamento hay versículos que algunos podrían haber utilizado para esperar que este tipo de bautismo o ritual judío se llevaría a cabo en los días finales (Morris, 123).  Pasajes como Ezequiel 36:25 y Zacarías 13:1 parecen apoyar esta interpretación:

Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré (Ezequiel 36:25, Reina-Valera 1960).

Ver también:

En aquel tiempo habrá un manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación del pecado y de la inmundicia (Zacarías 13:1, Reina-Valera 1960).

En sus respectivos contextos, estos versículos veterotestamentarios parecen sustentar la idea que durante la venida del fin del mundo, los judíos creían que el bautismo universal estaría asociada con la venida del Mesías.  MacArthur, en su comentario sobre este versículo (Juan 1:25), parece además compartir tal idea mencionando también estos mismos dos últimos versículos: “El AT asociaba la venida del Mesías con arrepentimiento y purificación espiritual (Ezequiel 36, 37; Zacarías 13:1).” 

Como mencione brevemente antes, Mounce también entiende esta misma idea detrás de todas estas preguntas sobre estos tres personajes mesiánicos (las preguntas sobre el Cristo, Elías y “el” profeta); es decir, la idea que los judíos entendían que Juan el Bautista estaba realizando ritos de purificación mesiánica: “Ellos veían al bautismo como un rito escatológico que sería realizado por un líder en los últimos días” (Mounce, 378).

 

Juan 1:26: El bautismo de agua y el Mesías desconocido

1:26 Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; más en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis.

Con o sin implicaciones escatológicas, la respuesta de Juan el Bautista indicaría que él entendió que la pregunta en el versículo 25 era acerca de su autoridad; o que Juan simplemente trató de desviar la pregunta hacia la Persona gloriosa de Cristo, para cumplir así su misión en esta vida, el de preparar los caminos del Señor; o quizás (como a mí por lo menos me parece) la respuesta de Juan reflejaría estos dos razonamientos.

En otras palabras, parece que esta pregunta que los judíos le hacen si fue acerca de su autoridad, pero a la misma vez, Juan el Bautista quería hablar de lo que era realmente su misión en la tierra y que, a la misma vez, esta estaba relacionada con un tema que debería ser importante para los judíos: la venida del Cristo.  Me parece que este razonamiento y esfuerzo evangelístico se discierne indirectamente en la mayoría de comentarios bíblicos que he leído.

Entonces, con respecto al desafío de la autoridad de Juan el Bautista para realizar bautizos, James Bartley comenta:

‘Yo bautizo en agua’ no parece ser una contestación directa a la pregunta de los fariseos. Probablemente, Juan entendía que estaban demandando sus credenciales y él respondió señalando a uno que tenía autoridad sobre ritos y credenciales (p. 71).

Es curioso notar que una pregunta similar le hicieron a nuestro Señor Jesucristo en Lucas 20:1-8; es decir, sobre la autoridad que Jesús tenía para enseñar.  Y en este caso, Jesucristo les dice que Él les daría una respuesta si (a su vez), ellos contestaban primero una pregunta acerca de la autoridad que Juan el Bautista tenía para bautizar.  En este caso, los sacerdotes y escribas deciden no contestar, por lo tanto, Jesucristo también se niega en contestar a sus preguntas.  Este pasaje en Lucas es también importante porque nos hace acordar que el pueblo israelita si creía firmemente que Juan el Bautista era un profeta, de tal forma que aun negarlo, las autoridades correrían el riesgo de ser apedreados.

De todas formas, regresando al Juan 1:26, creo que es indiscutible que Juan el Bautista busco la oportunidad de testificar acerca de Jesucristo, y lo hace trazando una línea clara entre él y el Señor Jesús:

Yo bautizo con agua; más en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis” (Reina-Valera 1960, y subrayado por motivos de énfasis).   

Parece que Juan el Bautista quería decir algo así como que no se preocuparan mucho su autoridad o de sus bautismos, que la verdadera autoridad la tiene Aquel quien ya estaba entre ellos y que sin embargo no lo conocían.  Había una diferencia enorme entre lo que Juan estaba haciendo y lo que el Mesías iba a hacer.  Todo lo que Juan el Bautista podía hacer era administrar una señal, por medio del agua, pero solo el Cristo iba a poder derramar el bendito Espíritu de Dios sobre los creyentes.  Es como si Juan estaba diciendo: “El Mesías ya ha llegado, está presente en esta generación, esta entre ustedes, pero, aun así, no lo reconocen.  Está a punto de comenzar su ministerio, pero ustedes no parecen estar interesados en Él.”  Tenían tanto celo en denunciar a falsos Mesías, pero cuando llega el Verdadero, lo único que hacen es ignorarlo (Hendriksen, 102).

De una forma similar, Bartley nos hace acordar unos detalles adicionales en esta importantísima declaración de Juan el Bautista, una que se registra en Mateo 3:11:

1:11 Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, … él os bautizará en Espíritu Santo y fuego (Reina-Valera 1960).

Ver también Lucas 3:16.  La información adicional que Mateo y Lucas proveen es que, a diferencia del bautismo de Juan, el cual era solo de agua, el bautismo de Cristo iba a ser un bautismo en el “Espíritu Santo y fuego” (en Mateo).

Aquí, en este contexto, el bautismo de agua representaba el ritual de la purificación antigua, es decir, la conversión del paganismo al judaísmo en el Antiguo Testamento (bautismo que fue reemplazado con la venida de Cristo).  El bautismo en el Espíritu Santo es el bautismo espiritual que todo creyente recibe por medio de Jesucristo, y el de fuego se refiere al juicio eterno (MacArthur, Mateo 3:11).  Aquellos que se arrepientan recibirán la bendición del Espíritu Santo, los que no se arrepientan recibirán en cambio juicio de fuego eterno.  El fuego para el creyente simboliza purificación, pero para el inconverso el fuego representa la destrucción eterna (cf. Crossway Bibles, 1824).

Mientras que en Mateo 3:11 el contraste que se enfatiza está en el tipo de bautismo, en Juan 1:26 el énfasis esta entre las personas, es decir, el contraste entre el “yo” de Juan el Bautista y el “uno” que se refiere a Jesucristo (y es posible también una diferenciación con el “vosotros” de los judíos).  Es como que Juan estaría diciendo algo así como: “tienen razón de que yo bautizo,” y “aunque yo no soy el Mesías, yo bautizo porque el Mesías ya está presente entre ustedes” (Stallings, 30).

Algunos inclusive creen que en esos momentos Jesús estaba allí, presente físicamente entra la multitud, en ese mismo momento que Juan el Bautista hablaba con esta delegación judía (ibíd).

Un último comentario que también proviene de Stallings.  En este pasaje de Juan se discierne también un contraste entre el conocimiento y la ignorancia: el conocimiento de Juan el Bautista sobre Jesús el Mesías, y la ignorancia de los sacerdotes, levitas y fariseos acerca del Cristo.  No era un contraste que Juan el Bautista quería hacer para jactarse de si mimo, pues lo que él buscaba de ellos era el arrepentimiento y la salvación, pero implícitamente existía ese contraste.

Su deseo era más bien demostrar la superioridad espiritual de Cristo sobre Juan, y lograr que este conocimiento fuera transmitido a esta delegación de hombres religiosos para el arrepentimiento de sus pecados y la salvación de sus almas.  Después de todo, esa era la misión de Juan el Bautista, y en cierta forma, esa es también una misión de todos los cristianos.

Esa misión y mensaje evangelístico, por supuesto, está todavía vigente en el día de hoy: “Preparen el camino del Señor, háganle sendas derechas” (Marcos 1:3, NBD).  Cuando nosotros mostramos a la gente que nuestro deseo no es demostrarles que nosotros somos gente importante o que sabemos más que ellos, sino que con toda humildad lo único que sabemos es que somos seres indignos delante de Cristo, quien, si puede ayudarles y salvarles, la gente va a poder bajar sus propias defensas intelectuales y emocionales que tienen en contra del Evangelio.  Recién allí, entonces, va a ver una verdadera oportunidad de conversión, una oportunidad que va a ser solo posible con la intervención directa del Espíritu Santo en sus corazones.

 

Juan 1:27: Juan el Bautista: No ser digno de ser un esclavo de Cristo

1:27 Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado.

En este versículo Juan el Bautista primero reitera algo ya antes había declarado en Juan 1:15: “Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo.”

Como habíamos visto antes, Jesucristo no solo precede en existencia a Juan el Bautista (Jesús, por ser Dios, siempre ha existido, es por lo tanto Eterno, pero Juan solo comenzó a existir desde su concepción en el vientre de su madre, es en ese aspecto inmortal); sino que además, también Jesucristo es mayor en importancia, y aquí Juan realmente está reconociendo, por medio de una metáfora, es decir, que él no era ni siquiera digno de ser su esclavo.

En aquellos tiempos, nos dicen los historiadores, la tarea del más humilde de los esclavos en una casa o hacienda era la de desatar las correas de las sandalias de su amo, remover el calzado, lavar los pies y después lavar también las sandalias (Lenski, 122).

Con respecto a las reglas del judaísmo rabínico, a los maestros no se les pagaba por impartir sabiduría.  ¡Hubiera sido algo sumamente terrible pedir dinero a cambio de enseñar las leyes de Dios! (Morris).  Pero como una forma de compensación parcial, se esperaba a cambio que los discípulos hicieran algunas tareas serviles para sus maestros.  Por consiguiente, un rabino podría esperar que sus discípulos le ayudasen en todo tipo de trabajos similares a lo que un esclavo haría por su amo — excepto la de desatar la correa de su calzado.  Esta era una tarea demasiado degradante (ver Morris y Utley en sus comentarios sobre Juan 1:27).

Entonces, la expresión “no ser digno de desatar la correa del calzado” era simplemente una expresión muy conocida en aquellos tiempos que indicaba suma inferioridad (Ryle, 82).

 

Juan 1:28: ¿Betábara o Betania?

1:28 Estas cosas sucedieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

Aunque la mayoría de las versiones de Reina Valera (RVR60, RVC, etc.) identifican a Betábara como el lugar donde este dialogo ocurrió, otras versiones de la Biblia como LBLA y la NIV mencionan en cambio a Betania (ver otras versiones en español aquí).

Afortunadamente, esta variación de nombres no es importante teológicamente, pero, aun así, antes de comprometerse a aceptar cualquiera de estas dos versiones como verdadera, sería necesario conocer primero las razones de esta discrepancia.

Según la mayoría de los mejores y más antiguos de los manuscritos, la palabra original era Betania (LBLA, NVI, RVA-2015; ver Jamieson, MacArthur y Bartley).  Pero después que Orígenes, un erudito y teólogo en el tercer siglo, parece que fue a esa región de Palestina y no encontró un pueblo con el nombre de “Betania”; entonces, de allí, él asumió que esta palabra era una equivocación y sugirió que la palabra griega “Bethabarah” más bien debería sustituirse en Juan 1:28, es decir, por el nombre de otro pueblo conocido en la región que se estaba localizado al borde del Jordán (Bartley, 72).

Sin embargo, el apóstol Juan no nos dice que su antiguo maestro bautizaba en el río Jordán, sino que debemos entender que estos bautismos ocurrieron cerca del Jordán, o para ser aún más exacto aun, la frase literal es en este caso parece ser la más correcta: “al otro lado del Jordán.”  Notar esto es importante porque Orígenes cambió el nombre original, Betania, y lo sustituyó por Betábara, el nombre de otro pueblo que si estaba en las orillas del río Jordán (Michaels, 106).

Otro punto es importante acerca de esta anécdota histórica es que este mismo teólogo, Orígenes (quien era natural de Alejandría, Egipto), no visito realmente estos lugares específicos, sino solo sus cercanías.  No pudo encontrar Betania porque sencillamente no fue a buscar esta ciudad, ni siquiera fue a Betábara, solo dice que “le señalaron Betábara” (ver Morris, p. 125, incluyendo notas 39 y especialmente 40).  Aunque Orígenes fue un gran erudito,” parece que aquí por lo menos, no supo ejercitar suficiente cautela (ibíd.).

Por último, noten que uno no debe confundir tampoco este pueblo, Betania, con el que se menciona ser más adelante la ciudad de Marta, María y Lazaro, otro pueblo con el mismo nombre (Juan 11:1).  Como Juan se esmeró en reseñar la cercanía de la otra Betania a Jerusalén, lo más probable es que se refiriera aquí a la otra población con el mismo nombre (MacArthur, 125).

 

Conclusión

Vimos entonces que el tema central de este pasaje leído es el testimonio que Juan el Bautista dio sobre nuestro Señor Jesucristo en el transcurso de una conversación (o quizás deberíamos describir este dialogo como discusión o aun interrogación).  Esta narración relata como los líderes religiosos de Jerusalén mandaron a una delegación a preguntar a Juan el Bautista si él era el Mesías, el profeta Elías o el profeta que Moisés mencionó (Deuteronomio 18:15–18).  Ante la presión o insistencia de proveerles una respuesta más concreta acerca de su identidad, o misión, Juan el Bautista procede a mencionar que él es solo una voz que proclama la venida de Dios (Stallings, 31–32).

Lo que también podemos extraer de este corto pasaje sobre la persona de Juan el Bautista es que, aunque Jesucristo lo considero después como el más grande de entre los hombres (Mateo 11:11), Juan no se consideró él mismo una persona importante (Juan 1:27).  No quería ni siquiera hablar de él mismo, sino que quería más bien utilizar cualquier oportunidad que tuviera para transmitir su mensaje, el mensaje de arrepentimiento de pecados, y sobre todo hablar de Cristo, el Mesías, el bendito Hijo de Dios (cf. Lucas 14:11).

La meta de Juan el Bautista, como lo fue la del autor de este evangelio, el apóstol Juan, siempre era la salvación eterna por medio del conocimiento del Hijo de Dios.  Este es, después de todo, el propósito de este Evangelio, algo que es importante mantener en mente durante el transcurso de la lectura y el estudio de del cuarto Evangelio (Juan 20:31).

Con respecto a su aplicación para nuestras vidas, este relato nos enseña, por supuesto, que nosotros también debemos aprovechar cualquier oportunidad para testificar de la Gran Persona de nuestro Señor y Salvador, Cristo Jesús.  Al hacerlo, creo que nunca es provechoso hablar de nuestros propios valores y principios morales, sino más bien hablar de Aquel quien si nunca conoció pecado, el Señor Jesucristo (Hebreos 4:15; 1 Pedro 2:22).

Además, me parece interesante notar la actitud de la delegación judía.  Estos hombres de religión – levitas, sacerdotes y fariseos – que supuestamente buscaban la verdad, en realidad solamente querían llevar una respuesta a sus jefes de Jerusalén.  Cuando Juan el Bautista los confronta y les da a entender claramente que él no era el Cristo, pero que, sin embargo, el Mesías si ya estaba allí, en la tierra, entre ellos, y que aun así, ellos no lo conocían; uno hubiera pensado que le iban a preguntar por la identidad del Ungido – pero esto no es exactamente lo que leemos.

En otras palabras, las ultimas preguntas que la delegación debería haber hecho a Juan el Bautista deberían haber sido algo así: “Si tú no eres el Cristo, quien es entonces Él?  ¿Dinos quien es el Mesías?  Pero este grupo de religiosos judíos no hicieron estas preguntas.  No eran el tipo de preguntas cuyas respuestas sus jefes les encomendaron buscar, por tanto, su falta de interés de saber la identidad del Mesías realmente delató sus verdaderas condiciones espirituales (en contraste, ver Juan 1: 35-37).

Desafortunadamente, este es también el tipo de actitud que muchas veces notamos en la gente religiosa de hoy.  Muchos van a las iglesias porque sienten que eso es lo que deben de hacer para “cumplir” con Dios, pero en realidad no les interesa verificar que lo que están escuchando predicar es lo que la Biblia realmente enseña.  No tienen interés genuino en descubrir la verdad.  Solo quieren cumplir con lo que ellos creen ser sus obligaciones.  Pero eso no es el cristianismo.

El cristianismo no es una religión (aunque técnicamente eso podrían decir los diccionarios).  Según la Biblia, es un estilo de vida que comienza con una relación personal con Cristo, y para tener esa relación, uno primero tiene que conocer quién es realmente Él.  Uno debe de conocer, y no solo saber, quien es el verdadero Cristo.

CC

Cristo Jesús: El Verbo de Dios hecho Carne (Juan 1: 10-18)

En esta oportunidad veremos cómo el mundo, en su gran mayoría, no recibió al Señor Jesús, ni lo reconoció tampoco como el Hijo Unigénito de Dios.  Veremos también por qué aquella minoría que si lo acepto, como ellos son reconocidos como hijos de Dios.

Y es que no todos los seres humanos, solo por virtud de su nacimiento, son necesariamente hijos de Dios.  Para ser llamado hijo de Dios, uno tiene que tener primero una experiencia personal, una entrega genuina a Cristo; pues es necesario recibir a Cristo y creer que Jesús es el Señor — el Hijo de Dios — y que para que, creyendo en Él, seamos salvos (y no salvos por obras sino por gracia).

Leamos entonces la palabra de Dios, pero antes inclinemos nuestros rostros para pedir a Dios sabiduría para entender su palabra y para poder aplicarla a nuestras vidas.  Que sea Él el que nos guíe, nos guarde, nos hable esta noche.  Y que recibamos su mensaje con humildad, con aceptación, reconociendo realmente que nosotros no somos nadie, y que el Señor Jesús es realmente todo, el eterno “Yo Soy.”

 

Lectura I: Juan 1: 10-14: El Verbo fue hecho carne

1:10 En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.

1:11 A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.

1:12 Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;

1:13 los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

1:14 Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.

 

Juan 1: 10 y 11: La ingratitud del mundo

1:10 En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.

1:11 A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.

Los primeros dos versos mencionan claramente que el mundo no recibió al Verbo, al Hijo del Dios Viviente.  Que el mundo no conoció, ni recibió al Señor Jesús.

¿Por qué creen que a pesar que Cristo (como parte de la Santa Trinidad) creó al mundo, el mundo no lo conoció?  Creo que realmente esta pregunta es quizás un poquito más difícil de lo que al comienzo parece. ¿Por qué el mundo no reconoció a Jesús como el Hijo de Dios? ¿Qué piensan ustedes? ¿Por qué creen ustedes que la creación no recibió a su Creador? ¿Algunas ideas o teorías por allí?

Dije que pienso que esta pregunta es difícil, no porque sea necesariamente difícil imaginar las respuestas [y algunas de las respuestas que se han dado pueden ser validas].  Pero creo que uno siempre debe tener mucho cuidado con estas cosas porque cuando un hace una pregunta acerca de un versículo en la Biblia, uno debe responderlo de acuerdo al contexto bíblico de dicho versículo; nunca sacando el versículo fuera del contexto, fuera de la historia que se está revisando.

Si uno busca respuestas fuera del contexto bíblico, uno podría terminar sacando conclusiones erradas, equivocadas.  Por ejemplo, alguien por allí podría haber pensado que la mayoría de los contemporáneos de Jesús no lo recibieron como Dios y Salvador, era por su apariencia física.  Es decir que, a pesar de sus grandes milagros y poderosos sermones, aun así, Cristo era — en el parecer físico y ante los ojos de la mayoría — de apariencia promedio (Isaías 53: 2), que su aspecto físico lo relataba como uno más de entre la multitud.  Y por supuesto, hay algo de verdad en esa respuesta.

El Señor no se vestía con ropas lujosas, ni esplendorosas (cf. Juan 19:23).  Él era muy humilde en su forma de ser y en su forma de vestir; por eso (algunos podrían argüir) que a muchos judíos de su época les pudiera haber sido difícil imaginar que este hombre, de procedencia tan humilde, era nadie menos que el mismo Hijo del Dios.  Pero si lo era, y lo sigue siendo en el día de hoy.  A pesar de sus apariencias físicas de aquellos días.

Entonces, esta posible respuesta se podría aplicar muy bien — por lo menos teóricamente — a los sucesos históricos del Siglo I: ¿Por qué los contemporáneos de Jesús, en su gran mayoría, no lo reconocieron como a Hijo de Dios?  La respuesta seria, de acuerdo a esta teoría, que la gente en la época Jesús no lo recibieron como Hijo de Dios porque ellos solo veían las apariencias físicas y materiales del Señor, y no podían entender como un hombre de procedencia tan humilde, de apariencia tan promedio, y de vestimentas tan sencillas, podría ser el mismo Hijo de Dios.

El problema con esta teoría es que no se aplica al hombre moderno del día de hoy.  Porque la verdad es que nosotros, en el día de hoy, no podemos ya ver a Jesús de una forma física (tal y como lo hacían antes).  Entonces esta posible respuesta (aunque podría parecer tan lógica) no puede ser la respuesta correcta o universal porque la verdad es que, en el día de hoy, el hombre moderno del Siglo 21, en la actualidad, en su gran mayoría, todavía rechaza rotundamente a Dios.

Entonces, de todas formas, como dije hace un momento, lo mejor que uno puede hacer cuando uno tiene una pregunta bíblica es buscar la respuesta dentro del contexto bíblico de dicho versículo, de acuerdo a la historia o enseñanza que se está revisando.  La respuesta correcta, entonces, la tenemos que encontrar en la Biblia, generalmente en el mismo capítulo, pero también algunas veces la respuesta la vamos a encontrar en algunos capítulos cercanos.

En nuestro pasaje anterior, como recordaran, en el versículo 9, ya se hablaba de la luz que vino al mundo, mientras que en los versículos 10 y 11 se afirma que los hombres, en su mayoría, no recibieron a Jesús.

Pero creo que, en este caso específico, la verdadera respuesta la podemos encontrar mucho más adelante: En el capítulo 3 del evangelio según San Juan, en los versículos 18 y 19, donde leemos que:

    1:18 El que en él [en Jesús] cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

    1:19 Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.

Esta creo que podría ser la mejor respuesta a nuestra pregunta original: ¿Por qué el mundo no recibió a su Creador? La respuesta entonces seria (de acuerdo los versículos que hemos leído) es que la mayoría de la humanidad no recibió a Jesús porque la gente amaba más las tinieblas que la luz — porque sus obras eran malas.

Esta es la mejor respuesta porque proviene de la Biblia — es la respuesta bíblica — y si se ponen también a pensar, esta respuesta también tiene mucho sentido.  Si Jesús es la Luz del Mundo (como el autor de este evangelio lo menciona claramente en Juan 8:12), y si nosotros siempre vivimos una vida correcta y sin pecado, no nos va a importar que la gente vea nuestras obras.  Al contrario.  Vamos a querer muchas veces que la gente note nuestras obras.  Porque estas son buenas.

Por otro lado, si nosotros somos hombres impíos y pecadores, entonces allí si no vamos a querer que la gente vea nuestras faltas y pecados.  Vamos a querer permanecer en la oscuridad para que nuestras obras no sean expuestas.  No vamos a querer, si somos malos, aceptar la persona de nuestro Señor Jesucristo.

Al menos que Dios obre primero en nuestros corazones, vamos a preferir la oscuridad.

En otras palabras, cuando no hay intervención divina, si el hombre es dejado solo para escoger entre el pecado y la santidad, el hombre siempre va a escoger pecado.  Solo cuando Dios habla directamente al corazón del hombre, recién allí, él va a escoger santidad.  Y esto en si ya es un milagro.

Tiene que intervenir Dios en nuestros corazones para que podamos ser salvos.  Todavía tenemos libre albedrío, pero Dios nos escoge primero.  Todavía podemos rechazar a Dios, pero Él todavía nos da a escoger.

 

Juan 1: 12 y 13: Los hijos de Dios

1:12 Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;

1:13 los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

Esta última reflexión nos va a ayudar a introducir los temas que tocan los versículos 12 y 13, donde dice primero que los que creen en su nombre (es decir en su Ser, en su Persona y en todo lo que Cristo representa), se les dio la autoridad de ser llamados hijos de Dios.  Notemos aquí una relación causa-efecto.  La causa es “creer” en el Hijo, el efecto es ser “hijo” de Dios Padre.

Como mencioné anteriormente, uno no puede ser hijo de Dios solo por virtud de su nacimiento como los judíos creían (por ser parte del pueblo escogido de Dios) o como muchos “cristianos” creen hoy en día (sobre todos aquellos que bautizan a sus hijos cuando son bebes).  Es necesario “creer” (Juan 3:16), lo cual implica no solo una aceptación de hechos históricos o teológicos (cf. Santiago 2:19), sino incluye más bien un cambio de mentalidad tan fuerte e inminente que se muestra en un cambio de comportamiento externo como un cambio de mentalidad interna.

Ahora, les voy a hacer otra pregunta a ustedes, una que creo que puede ser más profunda aún. ¿Qué quiere decir con esto, que los hijos de Dios no son engendrados de sangre, carne, ni de voluntad de varón?

La respuesta está bastante relacionada con el versículo anterior; es decir, clarifica lo que el versículo 12 estaba enseñando sobre quienes son realmente los “hijos de Dios”.  Por allí uno puede decir que nació de una familia cristiana, de una familia muy piadosa, de buenas obras, y reconocida en su pueblo, pero esto no significa nada para Dios con respecto a la salvación eterna.

El nuevo nacimiento viene como consecuencia de una acción iniciada por el Padre celestial (Juan 3:27; 6:44), no porque nuestros padres biológicos así lo desearon.

El hombre dejado por sí mismo, nunca va a poder, o nunca va a tener la capacidad de escoger libremente, de hacer el bien: Las tentaciones del diablo (2 Timoteo 2:26), la influencia de la sociedad (1 Juan 2:15-16) y sobre todo la naturaleza carnal (Santiago 1:13-16) van a ser demasiado para que el hombre por si solo pueda escoger santidad.

Dios tiene que actuar primero en el corazón del hombre (ver también Juan 6:65), y cuando lo hace, allí recién el hombre va a tener la verdadera oportunidad de escoger entre el bien y el mal, allí recién el hombre va a tener libre albedrío: Va a tener una oportunidad justa como para aceptar o no a Jesús (Génesis 2:16-17; Marcos 8:34; Juan 7:17; Apocalipsis 3:20).  Dios es bueno, y quiere que todos los hombres se salven; pero, aun así, Dios también es justo, y eso significa que Él también les da la libertad de escoger su propio destino (Juan 7:17; 1 Timoteo 2:4; 1 Pedro 2:16).

 

Juan 1: 14: El Verbo fue hecho carne

1:14 Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.

En el Antiguo Testamento, Dios habitaba entre su pueblo escogido por medio de forma visible en el tabernáculo.  Este último constituía la simbología y el sistema de sacrificios en el cual el Dios Infinito, Omnisciente, Omnipresente y Santo podía hacerse presente en el pueblo que Dios escogió para sí, comenzando desde Abraham.  El tabernáculo del Antiguo Testamento era una representación física de un Dios espiritual.

Ahora Dios tomaba un paso más drástico en su deseo de tener una comunión más íntima y cercana con el hombre, ahora el Dios Omnisciente se hace Hombre (encarnación).  Ese acercamiento no era solo visible y material como en el caso del Jesús de Nazaret, sino también ahora en forma espiritual y permanente como en el caso del Espíritu Santo (Juan 14: 16-17; 14: 22-23).

El testimonio del autor de este evangelio es que el Verbo, Jesucristo, “habito entre nosotros,” y aquí “habitar” significa “montar un tabernáculo,” “vivir en una tienda,” o “plantar su carpa” (MacArthur, Jn 1:14; Jamieson, 176).  Esta contemplación de su gloria no fue solo visible y física (Mateo 17:1–8), sino también invisible y espiritual, al ver los atributos de su deidad (bondad, gracia, sabiduría, misericordia, etc.).

Aunque antiguamente habitar en una tienda denotaba una visita temporal, el termino “habitar” llego a significar eventualmente vivir en una morada permanente (ver por ej. el uso en Apocalipsis 12:12).  Así es como la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, viene a morar en nosotros, y por consiguiente el sistema de sacrificios que el Tabernáculo representaba ya no es necesario.  Con la muerte de Cristo en la Cruz, la barrera que dividía a Dios y al hombre se había destruido (cf. Mateo 27:51; Juan 2:19).

 

Lectura II: Juan 1: 15-18: La excelencia del Verbo de Dios

1:15 Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo.

1:16 Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.

1:17 Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

1:18 A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

 

Juan 1: 15: Antes que Juan el Bautista

1:15 Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo.

En términos de tiempo y rango, Jesús no solo existió antes que Juan el Bautista sino como Dios, Jesús era también superior a Juan el Bautista.  “El Bautista reconoce su propia posición inferior con su aclaración de la preexistencia y superioridad del Verbo.” (Bartley, 66).  Quizás la declaración de preexistencia no debería de asombrar a nadie si Jesús (como hombre) era de edad mayor que el Bautista, pero en realidad era al revés, y por seis meses (ibíd.; Lucas 1:26, 36).  De todas formas, este versículo no está hablando de edades humanas, sino de la preexistencia infinita de Jesús (cf. Juan 8:58; Colosenses 1:17).

Con respecto a la superioridad de Cristo sobre Juan el Bautiza, esto es claro ya que Jesús es Dios (Juan 1:1, 20:28; Colosenses 1:15).  Aun así, Juan el Bautista, aunque era el más grande de entre los hombres (segundo solo a Jesús); el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él (Mateo 11:11).

Por último, Juan mismo reconoce que él no era digno de ser aun el esclavo de Jesús (de acuerdo al contexto histórico, esto es lo que significaba cuando el Bautista manifestó que él no era digno de desatar la correa de la sandalia de Jesús, como veremos más adelante en Juan 1:27).

 

Juan 1: 16-17: La Ley y la Gracia

1:16 Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.

1:17 Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

La primera plenitud (o abundancia) se manifestó por medio de la Ley de Moisés, la cual era un favor inmerecido que todos los judíos recibieron de Dios.  Pero esa no fue la única gracia, hubo más comunicaciones divinas en la historia de Israel, es decir, comunicaciones sucesivas y medidas más grandes, según cada uno es capaz de recibirla (Jamieson, 176).  Sin embargo, la gracia que recibimos por medio de Jesucristo sobrepasa todas las manifestaciones previas (Criswell, Jn 1:16-17).

Ahora bien, ¿Qué relación se podría establecer entre la ley de Moisés y la gracia de Jesucristo?  En otras palabras, ¿Qué papel desempeñó Moisés en el plan de Dios para con el hombre? y ¿Cuál fue la obra que Jesús terminó para salvar a la humanidad de sus pecados?

Moisés trajo la ley de Dios al pueblo judío, incluyendo los 10 mandamientos, y les dio también instrucciones sobre lo que tenían que hacer sus sacerdotes para la remisión temporal de sus pecados.  Para lograr este propósito, los sacerdotes tenían una serie de rituales entre los cuales se incluían el sacrificio de animales, para el perdón de los pecados de todo Israel, incluyendo los pecados de los mismos sacerdotes.

El día más sagrado en el calendario judío, el Día de Expiación, consistía en parte en la remisión anual de pecados por medio de la sangre de becerros, machos cabríos y carneros (Levítico 16).  En Hebreos 9: 7, se habla brevemente de este tema: “…pero en la segunda parte, sólo el sumo sacerdote una vez al año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo.” 

Entonces, el sumo sacerdote tenía que ofrecer todos los años la sangre de machos cabríos y corderos para que Dios perdonara su propio pecado y el del resto del pueblo israelita, pero esto no término agradando a Dios.  Los israelitas seguían pecando más y más, y de acuerdo a la ley de Moisés, el que transgredía una sola ley, ya era declarado transgresor de toda la ley.

Es allí cuando Jesús Cristo, el Hijo Unigénito de Dios, se ofrece para dar su propia sangre para el perdón de los pecados, sangre limpia y sin pecado, sangre agradable de Dios.

En Hebreos Capitulo 10, versículo cuatro y en adelante dice:

10:4 porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.

10:5 Por lo cual, entrando en el mundo dice:

Sacrificio y ofrenda no quisiste;

Más me preparaste cuerpo.

10:6 Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron.

10:7 Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para

10:8 hacer tu voluntad,

Como en el rollo del libro está escrito de mí.

Jesucristo, siendo el Hijo de Dios, no tiene que ofrecer sacrificios cada año, como lo hacía el sumo sacerdote, sino solo una sola vez, y ese sacrificio era suficiente para salvar a toda la humanidad de todos los tiempos que se arrepintiera de sus pecados y que creyera en Cristo.  Fue un precio caro que pagar, aunque para nosotros tal salvación es gratis e inmerecida.

 

Juan 1: 18:  El Hijo cerca del Padre

1:18 A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

Aparte de Jesús, nadie más ha visto a Dios jamás; por lo menos no así, de una forma directa e inmediata.  Esto es un contraste implícito con Moisés, a quien se menciona en el versículo anterior, y a quien los judíos consideraban el más grande de los profetas.  Quizás Juan el Apóstol, el autor de este libro, quería ilustrar indirectamente la superioridad de Jesús también sobre Moisés, quien a pesar de haber podido escuchar a Dios cara a cara (Números 12:8), eso no significaba tampoco que Moisés pudo haber visto a Dios con toda su gloria, es decir, tal como Él es en su eterna naturaleza.  Eso sería imposible (Carson, 268).

Quizás sea también necesario notar que, más adelante, el Señor Jesús le dice a Felipe que aquel que ha visto al Hijo, ha visto también al Padre (Juan 14:9).  En otras palabras, Jesús no solo ha visto al Padre en su forma natural, sino que Jesús es también la imagen invisible del Padre (Colosenses 1:15).  Juan el Apóstol testificó que Jesús estaba con Dios, y a la vez, Jesús era también Dios (Juan 1:1).  Dios es Espíritu, y aparte de lo que ha sido revelado, su Persona es todavía un gran misterio, el misterio de la Piedad (1 Timoteo 3:16).

El misterio de Dios, su Santa Trinidad, la divinidad de Cristo, la salvación por gracia, la remisión de pecados — todos estos son temas que pueden ser conceptos difíciles de entender.  Es también es muy difícil comprender la magnitud del amor de Dios, que sacrifico a su Hijo Unigénito, para nuestra salvación eterna.  Para nosotros, seres insignificantes comparados a Dios, seres capaces de hacer tantas maldades, que no merecemos ni siquiera estar en la memoria de Dios.  Aun así, Dios nos ama, y es por ese gran amor que Él también nos quiere perdonar para darnos la vida eterna.

Pero para reclamar ese perdón, tenemos que arrepentirnos de nuestros pecados, y sobre todo creer que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios Viviente.  Si creemos que Jesús es Dios, y si confesamos nuestros pecados, el Padre nos va a mirar con agrado (cf. 1 Juan 1:9), y recién allí nos vamos a reconciliar con Él.  Solo así vamos a ser constituidos hijos de Dios (v. 12) no por voluntad de nuestros padres, quienes también podrán ser cristianos, pero esto no nos hace automáticamente cristianos tampoco a nosotros.  Tiene que haber una conversión individual.  Una experiencia personal.

Amén.

 

.CC

Juan el Bautista: El Enviado de Dios (Juan 1: 6-9)

Como habíamos visto anteriormente, el Evangelio según Juan es un libro de la Biblia, en el Nuevo Testamento, que narra la vida, la muerte y las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo.  Se le conoce como el Evangelio según San Juan, por supuesto, porque se reconoció desde su comienzo que el autor de este evangelio fue el propio Apóstol Juan, un hombre de Dios, quien fue primero discípulo de Juan el Bautista y que después lo dejo a su antiguo maestro para seguir los pasos de nuestro Señor Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios.

Al Apóstol San Juan también se le conoce como el “discípulo amado del Señor”, pues fue una de las personas más cercanas al Señor Jesucristo, y a quien el Señor escogió para revelar las profecías del fin del mundo.  Estas son entonces las revelaciones que el Apóstol Juan escribió en un libro conocido hoy como Apocalipsis o Revelaciones, el último libro de la Biblia.

Sin embargo, en estos versículos el autor está hablando de su antiguo maestro, Juan el Bautista, a quien Dios comisiono para testificar sobre la Luz del Mundo, y así los judíos pudieran creer que Jesús de Nazaret era el Mesías.  Vale la pena notar desde bien temprano que en este evangelio “Juan” se refieren siempre a Juan el Bautista.  Juan el Apóstol, el autor del cuarto evangelio, nunca utilizó el nombre Juan para describirse a sí mismo, aun cuando fue uno de los tres discípulos más cercanos a Jesús (cf. Mateo. 17:1).

 

Lectura: Juan 1: 6-9: El enviado de Dios

1:6 Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan

1:7 Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él.

1:8 No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.

1:9 Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo

 

Juan 1:6: El enviado

1:6 Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan

Aquí se habla por primera vez de un hombre llamado Juan.  Se menciona que fue enviado por Dios.  Las preguntas que muchos lectores se harían a sí mismos son: ¿Quién es este Juan? ¿Es el mismo Juan quien escribió este libro o evangelio?

Como vimos en la introducción, la respuesta es negativa.  Aquí en el versículo 6 se está comenzando a hablar de Juan el Bautista, él cual es otro diferente a Juan, el que escribió este evangelio.  Como mencione anteriormente, el autor de este evangelio, Juan el Apóstol, fue primero discípulo de Juan el Bautista, al cual abandona para seguir los pasos de nuestro Señor Jesucristo.

 

Juan 1:7: El testimonio

1:7 Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él.

La palabra “testimonio” en el séptimo verso, afirma John MacArthur (en su Biblia de Estudio), refleja el lenguaje judicial del Antiguo Testamento, donde la verdad podría establecerse por medio de declaraciones de varias personas (ver también Juan 8:17).  Juan el Bautista no fue el único testigo de que Jesús es el Mesías prometido, el Hijo de Dios, también lo fueron las señales y milagros de Cristo (Juan 10:25), las Escrituras (Juan 5:39), el Padre (Juan 8:18), Él mismo (Juan 8:14), y el Espíritu Santo (Juan 15:26).

 

Juan 1: 8: Testificó de Cristo

1:8 No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.

El Bautista no era la luz (v. 8), lo cual indica que él no era el Mesías, como algunos de sus seguidores podrían haber llegado a creer.  En otro sentido, Juan no era la luz pues la fuente de la luz es siempre Dios, aquí encarnado en forma de hombre, pero ciertamente Jesús también quería que sus discípulos reflejaran la luz de Dios: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mateo 5:14).  De una forma similar se podría usar la analogía de la vida (Juan 1:4).  Los pámpanos o ramas de un árbol no pueden llevar frutos si estos se desprenden del árbol (Juan 15:4), y si lo hacen, estos caen al suelo y mueren, y serán recogidos y usados como leña para el fuego (Juan 15:6).

 

Juan 1: 9: La Luz verdadera

1:9 Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo

En el versículo 9, ¿Por qué se dice que la luz alumbra a todo el hombre? ¿Por qué es necesario que la luz alumbre al hombre?  Es necesario que la luz, la luz de Cristo, alumbre primero a todo hombre para ver realmente quien es él.  Como ustedes saben, nosotros los seres humanos venimos en muchas razas, formas y colores; y témenos la tendencia de juzgar a los demás basados a las apariencias, a lo que vemos externamente.

Sin embargo, nosotros nunca podemos ver el verdadero interior de las personas.  Lo máximo que podemos tratar de hacer es aprender de cada uno sus obras pasadas, sus antecedentes históricos, para así de alguna manera poder predecir el comportamiento futuro del individuo.  Pero no crean que estoy hablando necesariamente del sistema legal o jurídico de este país, sino más bien estoy hablando de nosotros mismos.  Porque debemos reconocer que nosotros también muchas veces juzgamos a los demás de acuerdo a lo que sabemos de ellos, de sus obras pasadas.

 

Cristo puede ver nuestro interior

Entonces, quizás nosotros nunca podamos ver (a simple vista) el verdadero interior de las personas, pero Dios si puede.  Por eso, cuando el hombre sincero se arrepiente de sus pecados con todo su corazón; eso es algo que solo Dios lo puede ver.  Un arrepentimiento genuino y verdadero; eso es algo que solo Dios lo sabe.

Por eso nosotros podemos hacer obras malas, obras que quizás ni los hombres nos perdonen – obras tan malas que quizás ni aun los hermanos de alguna iglesia nos perdonen – allí es cuando nosotros debemos de acordarnos que Dios si nos puede perdonar.  Dios si sabe lo que hay en nuestros corazones.  Dios si puede alumbrar nuestro interior, y perdonarnos, y cambiarnos, y hacer de nosotros nuevas criaturas.

Por otro lado, los hombres casi siempre nos van a juzgar por nuestras apariencias, por lo que ven externamente. Por ejemplo, alguien por allí puede pensar que solo porque yo soy hispano o latino, esta persona ya sabe bastante de mí. Esto se debe a que mucha gente tiene ideas preconcebidas sobre nosotros, sobre los hispanos, que somos así y o que somos asa.

Y como decía hace un rato, quizás otras personas van a tratar de ver un poquito más allá de nuestras apariencias, y van a tratar de juzgarnos de acuerdo a nuestras acciones pasadas, ya sean buenas o malas.  Pero solo Dios es el que puede juzgarnos por lo que realmente somos ahora.  No por lo que fuimos en el pasado, sino por lo que somos ahora, en estos momentos.

 

Dios puede perdonarnos

Así vemos que quizás muchos de nosotros, si hemos hecho cosas incorrectas en el pasado — y todos los hemos hecho, y realmente esto no lo digo porque estamos en la cárcel, el mensaje es el mismo dentro y fuera de la cárcel — y como decía, si hacemos algo malo (ya sea pequeño o grande, pero si hacemos algo malo), si nos arrepentimos, Dios nos perdona: Dios nos puede dar su perdón.

El hombre quizás no nos perdone, los hermanos y religiosos de las iglesias quizás no nos perdonen — ¡pero Dios si lo hace! Si realmente el Señor ve en nuestros corazones arrepentimiento, Dios nos va a perdonar.

Por otro lado, hay personas que aparentemente hacen siempre lo bueno, tienen títulos de trabajo impresionantes y tienen un lugar muy honroso en la sociedad. Quizás hasta donan mucho dinero a los pobres, pero si tienen el corazón limpio y arrepentido, eso es algo que solo Dios lo sabe, y a Él no le podrán engañar.

Entonces aquí se explica el papel importantísimo que jugo Juan el Bautista.  Este es otro Juan.  Él que está escribiendo este libro o evangelio es Juan, el discípulo y apóstol de Jesús, uno de los doce. Pero aquí están hablando de Juan el Bautista, el profeta que preparó el camino del Señor Jesús.

Entonces Juan el Bautista tenía una misión divina, preparar el camino del Señor, la voz que clama en el desierto, arrepentirse de sus pecados (versículo 23).

Que el Señor los bendiga,

 

CC

Introducción a San Juan y el Verbo de Dios (Juan 1: 1-5)

 

Introducción al Evangelio según San Juan

Entonces como es el caso de todos los evangelios, el Evangelio según San Juan es también un libro de la Biblia, que se encuentra en el Nuevo Testamento, y que narra la historia de la vida y la muerte de Jesucristo y transmite también sus enseñanzas.  El apóstol Juan es considerado como su autor.

Este evangelio es considerado como el más teológico de los cuatro.  Con teología me refiero que en vez de contar solamente los milagros y las predicas de Jesús, también nos dice su significado.  El autor nos dice cual fue exactamente el propósito de este evangelio en Juan 20: 31: “Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.”

En otras palabras, Juan escribió este evangelio para que sus lectores creyeran que Jesús es el Hijo de Dios; no un solo un maestro o profeta, sino el Hijo Unigénito de Dios.  Este verbo, “creer“, se repite aproximadamente 100 veces en San Juan.  Es importante e imprescindible que nosotros “creamos,” pero que creamos de verdad y con todos nuestros corazones que Jesús es realmente quien Él dice ser, el Hijo del Dios Viviente.  Si lo hacemos, entonces vamos a heredar el reino de Dios.

Pasemos ahora a leer los primeros cinco versículos de este evangelio.  Estos versículos son uno de los más importantes que se encuentran no solo de este evangelio, sino también de toda la Biblia.

 

Lectura: Juan 1:1-5: En el principio era el Verbo

1:1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

1:2 Este era en el principio con Dios.

1:3 Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.

1:4 En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

1:5 La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.

 

Juan 1: 1: Jesús es Dios

1:1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

¿De Quién está hablando el apóstol Juan aquí? ¿Quién es el Verbo?

Una de las primeras cosas que el apóstol quiso decir en su evangelio es que Jesús, el Verbo, era Dios.  Esto era tan importante para Juan que lo quiso mencionar, antes que nada, el comienzo mismo de su evangelio; es decir, que cuando el Señor Jesús estuvo en la tierra hace dos mil años, mucho antes que naciéramos, aun antes de la creación del mundo, Jesús ya era nada menos que Dios mismo.

Y por supuesto si esto es importante para Dios, también uno puede esperar que esto sería algo que Satanás, a través de los siglos, ha tratado de cambiar para engañar a la gente, para que la gente no crea que Jesús también es Dios, y por consiguiente no se salven.

Por eso es que hay una religión o secta que cambia la traducción del primer versículo de Juan para distorsionar su significado.  Ellos en su versión distorsionada de la Biblia, traducen el primer versículo como: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era un dios.”

La parte que debemos notar aquí es que esta secta traduce que Jesús no era Dios (con “D” mayúscula) sino “un dios” (con una “d” minúscula).  Lo que tratan de hacer aquí es insinuar que Jesús no es Dios, no es parte de la Santa Trinidad, sino que Jesús era algo así como un dios pequeñito, de menor rango o categoría.

Esto es, por supuesto, una herejía (hay que llamar siempre las cosas por su nombre).

Quizás alguno de ustedes les parezca que esta distorsión de la palabra de Dios no sea una gran cosa, pero si lo es, porque esta gente también afirma que Jesús es el arcángel Miguel.  Si ellos transmiten eso a su gente, y la gente de esta secta por consiguiente cree que Jesús fue solo un ángel, entonces ellos no pueden creer que Jesús es el Hijo de Dios, y no pueden ser por consiguiente salvos. Un ángel es solo un ser espiritual que no puede salvar a toda la humanidad de todos los tiempos.

Pero si Jesús realmente es Dios, parte de la Santa Trinidad, entonces podemos estar confiados de que podemos ser salvos si creemos en Él.

Ahora bien, ¿Cómo podemos saber cuál de las traducciones es correcta en este versículo? ¿La versión de Reina-Valera (la que tenemos nosotros) o, por decir, la versión de esta ultima secta que acabamos de mencionar (la llamada Traducción del Nuevo Mundo de los Testigos de Jehová)?

Hay una forma bien simple que podríamos hacer usando este primer versículo del evangelio según San Juan.  No necesitamos saber griego para averiguarlo, pero noten que en nuestra traducción de Juan 1: 1 vemos que hay dos palabras “Dios”, los cuales ambos están con D mayúscula.

Por otro lado, como acabamos de notar, la otra traducción de esta secta también tiene dos palabras “Dios”, pero una con “D” mayúscula y la otra con “d” mayúscula.  En otras palabras, la traducción de esta secta tiene dos palabras Dios que porque están realmente escritas diferentes, implicando que Dios Padre es Dios (D mayúscula) y Jesús es solo un dios menor (d minúscula).

¿Entonces como sabemos cuál de estas versiones es verdadera? Muy simple, yendo al griego original para ver si estas dos palabras en el capítulo uno, versículo uno, de San Juan son las mismas o no.  Ahora bien, yo personalmente no se hablar griego para averiguar si estas dos palabras “Dios” son las mismas que se utiliza para describir a Dios Padre y Dios Hijo, pero si hay un libro llamado El Estudio Completo del Nuevo Testamento por Spiros Zodhiates, el cual nos dice la traducción de cada una de estos versículos palabra-por-palabra.

En este libro encontré que la palabra Dios para describir al Padre, al Dios Padre Todopoderoso, es la misma palabra Dios que se utilizó para describir al Verbo, es decir a Jesús.  Es más, el autor de este libro, Spiros Zodhiates, quien es un erudito griego-americano, nos dice la clasificación de esta palabra dada por otro teólogo llamado James Strong.  Este segundo señor clasificó en el siglo 19 todas y cada una de las palabras del Nuevo Testamento, les dio un número, y publico los significados de cada una de estas palabras.

De acuerdo a la concordancia de este señor Strong, la primera palabra “Dios” (Dios el Padre), a la cual le dio el número 2316, viene de la palabra griega Theós, y también la segunda palabra “Dios” (que se usa para referirse al Hijo, también viene de la palabra Theós, que también es la palabra numero 2316 como esta descrita por el Señor James Strong en su famosa concordancia de la Biblia).

Entonces, ¿Por qué me estoy dando el trabajo de explicar todo esto? Porque, así como les mencione arriba que no todos los libros “cristianos” son necesariamente inspirados por Dios, así también no todas las traducciones de la Biblia son traducciones fieles del griego (en el Nuevo Testamento) o al hebreo o arameo original (del Antiguo Testamento).

Por supuesto, las traducciones de la Biblia que tienen aquí en esta prisión, en el LCCC, son todas correctas, hasta donde yo sepa.  Pero les menciono esto para cuando salgan de esta prisión, deben tener cuidado con lo que le dan o regalan, sobre todo si son de sectas o religiones que no son muy conocidas.

Es decir, no siempre es bueno leer todo lo que le dan.  Primero es importante leer bien la Biblia, bajo la dirección del Espíritu Santo, orando primero para que Dios nos de la correcta interpretación, y después cuando ya hayamos leído bien la Biblia, yo creo que sería útil leer también otras publicaciones cristianas.  Porque entonces si vamos a estar preparados para discernir lo bueno con lo malo, lo puro con lo alterado, lo que es de Dios y lo que no lo es.

 

Juan 1: 2-3: Todo lo que hay se debe a Jesús

Ahora leamos los versículos dos y tres:

1:2 Este era en el principio con Dios.

1:3 Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.

Aquí vemos que San Juan continúa hablando del Verbo, de Jesucristo, y enfatiza dice que Jesús ya existía desde el principio — desde el principio de la creación del mundo.  Reina-Valera dice que la creación fue también hecha por Jesús: “Todas las cosas por Él fueron hechas“.

Sin embargo, para ser más exacto, el original griego en realidad no dice que todas las cosas fueron hechas “por Él” sino “por medio de Él” (ver Morris, 71; comparar también las diferentes traducciones cristianas de Juan 3:3), lo cual salvaguarda la verdad que el Padre es el Creador de todas las cosas, pero a la misma vez, se diferencian los roles que el Padre y el Hijo tuvieron en la creación.  El Padre creó el universo, pero lo hizo “por medio” del Hijo.

El hecho que este detalle textual no esté tan claro en la traducción de Reina-Valera del 1960 (RVR60) no debería preocuparnos mucho, pues esta verdad también se transmite en Colosenses 1: 16-17, clarificando esta importante revelación divina.  En esta sección de Colosenses, hablando del “amado Hijo” (v. 13), el Apóstol Pablo nos dice que todo fue creado por medio de él(RVR60 y subrayado por motivos de énfasis). 

Insistimos que este último detalle tiene profunda significancia teológica, pues dice que el Padre creo todo por medio de Jesucristo, a quien se le conoce como el Verbo o la Palabra de Dios.  Esta última diferencia de palabras traducidas, es decir, la “Palabra” o el “Verbo” en Juan 1:1 no es tan importante (ver también las diferentes traducciones en Juan 1:1).  La traducción más correcta parece ser “Palabra,” pero es posible que algunos traductores al español no quisieron usar “una” palabra con el género femenino, sino más bien prefirieron usar “el” verbo, quien contiene el género masculino.

Además, en el primer capítulo de Génesis vemos que Dios creó todas las cosas por medio de su Palabra cuando dijo varias veces “sea…” (y otras variantes como “haya…”); es decir, hubo una frase creadora (Génesis 1:3, 6, 9, 11, 14s., 20, 24, 25; LaSor, 68).  A la misma vez, en pasajes como Génesis 1:26; 3:22; 11:7 se observa la forma plural de “Elohim,” deduciendo que aunque Dios es uno, el termino no era por seguro singular, ni doble (o binario, lo cual es posible en hebreo), sino plural (ver sec. #2 de este artículo de Got Questions?), es decir tres o más.  Esto ultimo es solo lo que el texto de por si solo sugiere, pero nosotros sabemos que tenemos un solo Dios en Tres Personas.

Todo esto también reafirma que Jesús no fue solo un hombre, como mucha gente por allí cree, sino que Jesús ya existía desde antes de la creación, pues Él es también Dios, y también como dice en Génesis 1 , Dios formo los cielos y la tierra, toda la creación fue hecha por Dios.  Un solo Dios en tres personas: el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo.

 

Juan 1: 4-5: La Vida y la Luz

1:4 En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

1:5 La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.

 

En los versículos 4 y 5 se le compara a Jesús, el Cristo, con la Vida y la Luz, dos importantes ilustraciones graficas que el autor de San Juan utiliza para enseñarnos mas sobre la naturaleza divina de Jesucristo.

¿Por qué creen que a Jesús se le compara con la palabra “vida”?  Porque Dios es vida, lo contrario a muerte.  Además, el autor está hablando de la vida eterna, no la vida terrenal que solo es una etapa temporal para nosotros.  Un camino pasajero.  Después de esta vida en la tierra podemos ir solo a dos lugares.  Al cielo y al infierno.  Eso es lo que dice la Biblia, y por eso podemos estar seguros que estos lugares si existen, que son reales.

¿Por qué sabemos que el cielo y el infierno son lugares reales? ¡Porque la Biblia lo dice así! Nuevamente, la Biblia es la palabra de Dios, y Dios no es hombre para que mienta.  Dios nos creó y realmente Él sí sabe quiénes somos, que hacemos, y a dónde vamos a ir.

Ahora bien, con respecto a la segunda ilustración, ¿por qué creen que el Apóstol Juan también compara al Señor Jesús con la “luz” de los hombres?

Porque con la luz se puede ver lo que pasa a nuestro alrededor.  Vemos en donde estamos y vemos también hacia dónde vamos.  Si no hubiera luz, sería como si fuéramos ciegos.  Lo mismo pasa con la ceguera espiritual.  Si no tenemos a Cristo en nuestros corazones, es como si fuéramos ciegos, pero con Jesús a nuestro lado, podemos ver la luz.  La luz verdadera que alumbra los caminos oscuros del hombre, caminos entenebrecidos por el pecado.  Podemos ver en donde estamos y podemos también ver hacia a dónde vamos.

En referencia al versículo 5, noten por favor que el comienzo de este evangelio, Juan 1:1, es muy similar al comienzo de la Biblia, Génesis 1: 1, pues ambos comienzan con la misma frase: “En el Principio…“.   En el versículo 3, Dios ordena la creación de la luz, y esta prevalece sobre las tinieblas, quienes reinaban en un universo desordenado y vacío (Génesis 1:2).

Dios ordena con su voz, con su palabra, que sea la luz, y esta aparece sobre la faz de las aguas para reinar sobre las tinieblas.  Por mandato divino, en el mundo fisico la oscuridad no puede prevalecer sobre la luz, sino más bien es la luz la que prevalece sobre las tinieblas.  Así lo decreto el Todopoderoso desde el comienzo de la creación, y así se relacionan estos dos contrastes.

Como se explica en la Biblia de Estudio MacArthur, algunas versiones incluyen la traducción literal “no comprendieron,” en vez de la que Reina-Valera 1960 traduce como “no prevalecieron”, pero aquí el contexto determina que se trata en realidad de un enfrentamiento espiritual.  Los poderes de las tinieblas se sujetan a la autoridad del Hijo de Dios (cf. Mateo 8:31-32), así como en el mundo físico la oscuridad no prevalece contra la luz.

“En este contexto, Jesús como ‘luz’ trae a este mundo oscuro el conocimiento verdadero, la pureza moral y la luz que muestra la misma presencia de Dios” (Juan 8:12; 1 Juan 1: 5; Crossway Bibles, 2019).  Es muy posible, entonces, que el Apóstol Juan estaba tratando de enfatizar una vez más, que Jesús estaba allí, al comienzo de la creación, y que ahora venía a restaurar orden y luz a un mundo desordenado y oscurecido por el pecado.

Amén.

.CC

 

Introducción a la Biblia y a los Evangelios

Introducción a la Biblia

Si tuviera solo unos segundos para hablar acerca de la Biblia y de allí tuviera que continuar con otro tema, lo primero que les diría — lo más importante — es que la Biblia es la palabra de Dios.  Aunque la Biblia no es en realidad un solo libro, sino una colección de exactamente 66 libros y cartas (39 libros del Viejo Testamente y 27 Nuevo Testamento) escritos por 40 diferentes autores que vivieron cientos de años de diferencia entre sí, toda la Biblia fue inspirada por el Espíritu Santo.

Entonces, se podría decir que, por todas las razones prácticas habidas y por haber, la Biblia fue realmente escrita por Dios.  Es como si Dios mismo hubiera tomado un lapicero y hubiera escrito Él mismo su palabra.  Leerla es como si estuviésemos escuchando a Dios hablarnos a nosotros mismos.

Por eso, de todas las publicaciones cristianas habidas y por haber, la Biblia es la única publicación o libro que nosotros podemos estar 100% seguros de que fue inspirada por Dios.

Podrá haber miles y quizás millones de libros y sitios web cristianos por el mundo, muchas de ellas también inspiradas por el Espíritu Santo.  Pero de todos esos miles o millones de publicaciones cristianas que profesan estar inspiradas por el Espíritu Santo, nosotros solo podemos estar seguros que la única publicación que está inspirada por Dios — sin temor a equivocarnos — es la Biblia.

La Biblia es entonces la única publicación que uno puede estar seguro que es la palabra de Dios.  Es la única fuente que viene directamente de Dios.  Como mencione antes, hay otras publicaciones cristianas por allí, algunas de las cuales son inspiradas por Dios y otras no, pero el único libro en que nosotros podemos estar seguros que viene de Dios es la Biblia.

Con esto no estoy diciendo que uno no debe leer otros libros, revistas y sitios web cristianos.  Si lo puede hacer, pero lo importante es que uno nunca debe reemplazar otras publicaciones por la Biblia.  Entonces la palabra clave aquí es reemplazar.  Los cristianos pueden por supuesto leer otras publicaciones, si así lo desean, pero siempre deben leer primeramente la Biblia.

Además, si la mayoría de los otros libros cristianos hablan de la Biblia, ¿No tiene sentido leer la Biblia primero que las otras publicaciones?  De esa forma, si hay algo por allí que tiene toda la apariencia de ser un libro inspirado por Dios, y realmente no lo es, si ustedes entonces conocen la Biblia, no van a ser engañados.

El estudio de la Biblia, junto con la oración, son dos de las cosas más importantes que un cristiano debe practicar todos los días, pues la palabra de Dios es vida.  Es como un alimento, que se debe comer todos los días, pues sino nos morimos.  De igual manera, nosotros debemos leer la Biblia todos los días si no vamos a morir espiritualmente.

Seria aquí beneficioso para nosotros acordarnos de las palabras de nuestro Señor Jesucristo, cuando le dijo a diablo en Mateo 4: 4 “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios“.

 

Introducción a los cuatro evangelios de la Biblia

Si usted es una de esas personas que nunca ha leído la Biblia, o la leyó hace mucho tiempo, pienso que un gran punto de partida es comenzar con los Evangelios de Nuevo Testamento. ¿Alguno de ustedes sabe que es un evangelio? ¿Qué es una epístola? ¿Cuál es la diferencia entre un evangelio y una epístola?

Un evangelio es aquel libro que habla sobre la vida, la muerte, y las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo.  Los evangelios realmente no se escribieron con razones o propósitos intelectuales o históricos. No se escribieron para aprender de este maravilloso personaje llamado Jesús. Sino más que nada para aprender que Jesús es realmente el Hijo de Dios, y para que creyendo en Él podamos ser Salvos.

Es sumamente importante creer que Jesús de Nazaret no fue solo un hombre, un maestro, un profeta, o como algunos dicen por allí solo un ángel; sino que Jesús es primero y antes de todo el Hijo del Dios Viviente.  Si tú crees que Jesucristo fue solo un hombre, solo un maestro, solo un profeta, o solo un ángel, entonces Jesús no puede morir por tus pecados. No puedes ser salvo. ¿Cómo creerían, por ejemplo, que otro hombre común y corriente podría morir por toda la humanidad? No podría.

Solo Dios mismo, el Hijo de Dios, Jesús, parte de la Santa Trinidad, pudo morir por toda la humanidad: Por todos los hombres, mujeres y niños de todos los lugares del mundo y de todos los tiempos puedan ser salvos.

Ahora bien, hay cuatro evangelios en la Biblia: Mateo, Marcos, Lucas y Juan.  Estos son también los primeros cuatro libros que aparece en los libritos azules de los Gedeones Internacionales (el Nuevo Testamento que utilizamos en la cárcel, por ejemplo).

De estos cuatro evangelios, los que se parecen más entre ellos mismos son los tres primeros. Mateo, Marcos y Lucas.  Si ustedes leen estos evangelios: Que son los primeros tres evangelios en el Nuevo Testamente, se van a dar cuenta que son muy parecidos.  Dicen casi lo mismo.  En algunos casos, palabra por palabra.

A estos tres primeros evangelios del Nuevo Testamente se le conocen como los evangelios sinópticos porque son muy parecidos.  Algunos creen que estos tres primeros evangelios fueron obtenidos de un manuscrito que se llamaba simplemente como la fuente “Q” (de Quelle, que significa ‘fuente’ en alemán).  Pero hay otros que dicen que el evangelio más antiguo es el de Marcos (el cual es el más pequeño también) y que Mateo y Lucas tuvieron acceso a este evangelio según san Marcos, y que por eso los tres primeros evangelios de la Biblia se parecen mucho.

Quizás no es necesario que se acuerden de todo esto. Creo más bien que lo único que es importante aquí es acordarse de que los tres primeros evangelios son parecidos, son llamados los evangelios sinópticos, y que el único evangelio que es diferente a los demás es el evangelio según San Juan, el que vamos a estudiar.