Juan el Bautista: Testimonio y Bautismo (Juan 1: 19-28)

Habiendo ya introducido a Juan el Bautista en el prólogo (versículos 6-8), el autor de este evangelio, el apóstol Juan, procede a relatar una historia que él personalmente, como discípulo anterior de Juan el Bautista, pudo presenciar antes de seguir los pasos del más grande de los maestros, es decir, Cristo Jesús.

Juan el Bautista mismo se daba cuenta de sus limitaciones como maestro y como profeta en el plan divino que Dios mismo le trazó.  Por esta a razón, y por ser además varón justo ante los ojos de Yahveh, Juan no busco exaltarse a sí mismo en ningún momento, sino que más bien quiso exaltar a Jesús por ser Hijo del Altísimo.  El Bautista daba cuenta que su misión en la tierra era simplemente el de preparar los caminos del Señor (Isaías 40:3; Marcos 1:3).  Estaba asimismo consiente que era necesario que el ministerio de Cristo creciera, y que de allí, su propio ministerio iba a menguar (Juan 3:30).

En esta oportunidad, Juan el Bautista iba a ser interrogado por un grupo de levitas y sacerdotes.  Su ministerio de arrepentimiento y bautismo cerca del río Jordán estaba llamando la atención de todos en aquella región, incluyendo, por supuesto, la atención de las autoridades de Jerusalén (cf. Mateo 3:5), y aunque estos últimos no creían que Juan tenía una misión divina (cf. Lucas 20:3-6), aun así, tenían interés en saber que era lo que él mismo decía de su propia persona.

Pensaban quizás que Juan el Bautista tenía ilusiones mesiánicas, o por lo menos proféticas, pero la verdad era que él no quería ni siquiera hablar mucho de sí mismo, sino que más bien quería enfatizar su mensaje de arrepentimiento por medio del bautismo, para así poder preparar los caminos de Jesús, al testificar sobre Su procedencia divina, es decir, de ser nadie menos que el mismo “Dios con nosotros” (Mateo 1:23; Isaías 7:14).

Leamos ahora los detalles de esta historia tan edificante, pero primero pidamos la ayuda de Dios en oración para entender su mensaje.

 

Lectura I: Juan 1: 19-24: El Testimonio de Juan el Bautista

1:19 Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres?

1:20 Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo

1:21 Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No.

1:22 Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?

1:23 Dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.

1:24 Y los que habían sido enviados eran de los fariseos.

 

Juan 1: 19: La delegación de sacerdotes y levitas

1: 19 Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres?

Aunque el apóstol Juan es quien relata esta historia, en el Evangelio que lleva su nombre (como Reina-Valera lo llama: “El Santo Evangelio según San Juan”), el testimonio que aquí menciona no es el testimonio del autor sobre Jesús, sino que aquí está hablando más bien del testimonio de Juan el Bautista, el profeta que prepararía los caminos del Señor y predicaría con todo “el poder y el espíritu de Elías” (Lucas 1:17; cf. Mateo 17:10-13).

El versículo 19 también menciona que la delegación que interrogaría al Bautista provenía de Jerusalén y consistía de sacerdotes y levitas, y que estos a su vez fueron enviados por los judíos.  Esta palabra última palabra, los “judíos”, aparece 71 veces en el Evangelio según San Juan y generalmente representaba a los líderes judíos que eran abiertamente hostiles al Señor Jesús (Morris 115; Burge, 71).

Con respecto a la pregunta, “¿Tú, quién eres?”, noten que este grupo de sacerdotes y levitas no le estaban preguntando cuál era su nombre, “Juan”, pues ellos aparentemente si sabían que su nombre era Juan.  Sino que al igual que muchos hombres en nuestros tiempos (donde muchas veces el título o rango de la persona era más importante que el mismo nombre), esta gente religiosa no quería realmente preguntarle cuál era su nombre, sino más bien cuál era su misión en la tierra.

Noten además que los judíos no le estaban preguntando a Juan el Bautista si él era específicamente “el Cristo” (algo interesante por la respuesta que él da en el próximo versículo), sino solo ¿, quién eres? (subrayando aquí el “Tú para enfatizar la palabra a discutir).  El énfasis, entonces, de la pregunta está en el “tú” (en el griego original, “σύ”; ver también el comentario de Lenski, en p.107, quien no considera que esta fue una pregunta hostil, pero otros como Bartley, p. 69, si creen que podría haber sido despectivo), pronombre que aparece al comienzo de la oración (ver el léxico de Juan 1:19), como se muestra en Reina Valera, usando una estructura sintáctica correcta aunque no muy familiar en nuestro idioma.  Lo más natural hubiera sido la traducción “¿Quién eres tú?” como la realiza LBLA, la cual es también correcta, pero no tiene el énfasis de “tú” como Reina-Valera 1960.

 

Juan 1: 20: Juan el Bautista niega ser el Cristo

1: 20 Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo

El Cristo.

Juan se les adelanta en responder a una pregunta más especifica que quizás ellos tenían en su mente, pues algunos pensaban que él podría haber estado diciendo que él era el Cristo (MacArthur, Juan 1:20; Lucas 3:15–17), lo cual se debe, por lo menos en parte, al hecho de que en aquel entonces ya había grandes expectativas mesiánicas.  Habían pasado unos 400 años sin que Dios haya mandado a ningún profeta, y había aparentemente entonces una expectativa grande en esos tiempos era que Dios mandara al Mesías.  (ver por ej. Stallings. 29).   De hecho que este bautismo de las multitudes representaba la preparación del reino mesiánico, reino que Juan el Bautista también proclamaba (Lenski, 107).

Estos sacerdotes, levitas y fariseos también (v. 24), habían venido desde Jerusalén, la capital espiritual de Israel, caminando muchas horas (o inclusive días) a pie o a camello, y ellos (como mencione antes) no querían solo preguntarle a Juan cuál era su nombre.  Ellos, más bien, querían saber cuál era su misión o su propósito en este mundo; por qué predicaba así (con autoridad), y sobre todo por qué Juan bautizaba (v. 25).

Por eso, decirles que su nombre era “Juan” estaba de más.  Quizás por esto, Juan el Bautista parecía saber lo que esta gente tenía en sus mentes.  Estos hombres de religión aparentemente pensaban que Juan era el Cristo, o lo más probable aun, es que ellos podrían estar sospechando que Juan el Bautista estaba diciendo por allí a todo el mundo, o a sus discípulos solamente, que él era el Cristo (o el Mesías).  Por eso, Juan se les adelanto a decir enfáticamente que él no era el Cristo.

Aunque las respuestas de Juan sobre su persona eran cortas en este pasaje, aquí vemos una doble afirmación positiva (“confesó”) y otra negativa en el medio (“no negó”), lo cual era la forma del autor para recalcar algo importante.  El autor de este Evangelio, el apóstol Juan, quería dejar claramente por sentado que su antiguo maestro no era el Cristo, ni reclamaba tampoco serlo.

De todas formas, aunque Juan el Bautista hubiera sido el Cristo (lo cual no era así), los judíos tenían una idea distorsionada sobre quien iba a ser exactamente el Cristo.  Ellos sabían, por ejemplo, que iba a ser descendiente de David, una figura militar o política, como un rey, lo cual era verdad.  Y en este sentido, Jesucristo, conocido en aquellos días como Jesús de Nazaret, era de hecho descendiente del Rey David.

Quizás por esta razón, los israelitas esperaban que el Cristo fuera a ser un líder militar que los iba a liberar de la opresión romana.  Esto también era una idea errónea sobre el Mesías.  Jesús vino más bien para liberarlos del pecado, es decir, para lograr un cambio espiritual y profundo en sus corazones, no para promover un cambio político o militar en Palestina.

 

Juan 1: 21: La pregunta sobre Elías y el Profeta

1:21 Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No.

Elías.

Mientras que la primera pregunta no fue tan directa, pues no le preguntaron si él era específicamente el Cristo, sino simplemente quien era Juan el Bautista, la segunda pregunta (y la tercera después) si fue más directa: “¿Eres tu Elías?” Y en este caso también, Juan niega ser la persona que ellos pensaba, es decir el antiguo profeta Elías del Antiguo Testamento (AT).

Ahora bien, ¿alguno de Uds. sabe porque entre tantos profetas que los judíos habían tenido en el Antiguo Testamento, porque de todos ellos los judíos le preguntaron precisamente por Elías? ¿Por qué “Elías”? ¿Por qué no Moisés, o Eliseo, Samuel, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Óseas o algún otro profeta del AT?

Bueno, como mencione antes, Dios no había levantado a ningún profeta hacia cuarenta décadas.  Estaban pues a la expectativa de que algo grande iba a pasar.  Ellos estaban pues, muy alertas sobre la venida de un profeta nuevo, y si Juan ya había negado rotundamente ser el Mesías, entonces podría ser más bien el profeta Elías, el cual se esperaba que viniese antes que el Cristo, y por eso también se le consideraba ser un personaje mesiánico.

Aparte de eso, Elías nunca murió.  Según 2 Reyes 2: 11, él fue llevado al cielo vivo, en carne y huesos.  De hecho que los judíos también habían interpretado lo que Dios había dicho por medio de otro profeta, Malaquías, que antes que viniese el Mesías, tenía que regresar Elías.  Esta profecía esta específicamente en Malaquías 4: 5:

4:5 He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible.

Este pasaje llevó a los judíos a concluir que Elías estaba todavía vivo y que regresaría en los tiempos finales (Burge, 72).  Además, el estilo de vida y la forma de vestir de Juan el Bautista lo asociaría también con el profeta del AT (comparar esta semejanza con Mateo 3:4 y 2 Reyes 1:8), pero esto no era algo que seguramente Juan quería escuchar tampoco, pues creo que podríamos asumir que él estaba familiarizado con algunos falsos profetas del pasado habían tratado de aparentar tal conexión (Carson, The Gospel according to John, 143; Zacarías 13:4).

Por eso Juan el Bautista también negó que él era exactamente el mismo profeta Elías que los judíos tenían en mente.  Juan no era la misma persona que Elías, quien había vivido unos 900 años antes que Juan.

Sin embargo, ya antes el ángel Gabriel había aclarado indirectamente que lo que Dios quiso decir por medio de su siervo Malaquías era que Juan el Bautista iba a venir con “el poder y el espíritu de Elías” (Lucas 1:17; cf. Mateo 11:14), una frase bastante descriptiva y que nos hace acordar también de la petición que Eliseo había hecho a Elías de heredar “una doble porción de tu espíritu” (2 Reyes 2:9), petición que poco después le fue confirmada con el poder de hacer milagros sobrenaturales tal y como su antiguo mentor, el profeta Elías, había hecho anteriormente (cf. v. 8 y v. 14 en 2 Reyes 2).

El Profeta.

También le preguntaron en el versículo 21 si Juan era el profeta. Noten que dice el profeta, no “un” profeta, sino “el” profeta.

Y la verdad es que la primera vez que yo leí estos versículos, hace ya bastante tiempo, todavía me acuerdo que yo también pensé que estos judíos le estaban preguntando a Juan si él se consideraba un profeta, es decir, un hombre con el prestigio y la autoridad que cualquier profeta de Dios tendría.  Pero esto no era así de simple, pues aunque los judíos aparentemente esperaban que todo tipo de profetas se iban a aparecer en los días finales, el artículo definido “el” sugiere que tenían un profeta específicamente en mente (Morris, 119).

Entonces, se cree que la tercera pregunta era sobre un profeta en particular, uno que Dios específicamente le prometió a Moisés en Deuteronomio 18:15 (Bartley, Jamieson, Morris, Mounce, y otros autores también mencionan este pasaje en sus respectivos comentarios sobre este versículo de Juan): 15 Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis (Reina-Valera 1960; ver este versículo en contexto: Deuteronomio 18:15–18, especialmente el 18).

Pero a esta tercera pregunta Juan el Bautista también les contesta negativamente; es decir, él no era tampoco este profeta.  Sin embargo, como mencione antes, los sacerdotes y levitas tenían el presentimiento que algo grande iba a pasar, y que Juan no era simplemente un predicador más, sino que tenía que ser alguien más importante que eso, aunque Juan en su humildad no se consideraba nadie importante.

Ante estas negaciones continuas de Juan, estos fariseos que habían venido desde Jerusalén, y que habían caminado quizás varios días, no iban a regresar a la capital para decirles que solamente sabían que Juan el Bautista no era ni el Cristo, el ungido de Dios, ni tampoco Elías o el profeta del que hablo Moisés.  Estos hombres entonces tenían que justificarse con sus respuestas.  Por eso insistían a Juan el Bautista, que tenían que llevar una respuesta a los que los mandaron, y que tenían que decirle a esa gente importante en Jerusalén, quien era realmente Juan en términos de su misión en la tierra.

Nuevamente, para Juan no era importante decir o mencionar quien él era, sino lo que era importante era el mensaje que él estaba tratando de llegar, un mensaje de arrepentimiento: Enderezar sus caminosAbrir sus corazones a Dios.

Juan el Bautista me parece que es un buen ejemplo para todos los pastores y predicadores de hoy, para que no busquen glorificar su nombre, si no que regresen a las doctrinas básicas y fundamentales del cristianismo, lo cual incluye hablar del mensaje divino de Cristo y su Persona.  Menciono esto con mucha tristeza, ya que para muchos hoy en día, no es suficiente considerarse “pastores”, sino ahora está de moda también considerarse “apóstoles”, situándose a la altura de Juan, Pedro y Pablo.

 

Juan 1: 22: ¿Quién eres? ¿Quién te crees ser?

1:22 Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?

Aquí vemos en realidad dos preguntas similares pero diferentes, y en este caso la segunda aclara a la primera.  No era en realidad que esta delegación de judíos estaba buscando la verdad, sino solo querían saber quién Juan el Bautista se creía ser, pues la segunda pregunta parece implicar que ellos pensaban que lo que Juan diría de sí mismo no sería necesariamente verdad.  La declaración que hacen entre estas dos preguntas indica también que ellos simplemente estaban interesados en cumplir su misión encomendada, es decir, regresar con una respuesta afirmativa al Sanedrín en Jerusalén (Lenski, 111).

El hecho de que esta delegación había sido enviada desde Jerusalén indica que los lideres saduceos y fariseos de la capital habrían ya tenido discusiones sobre el rol que ellos pensaban que Juan seguramente buscaba tener.  Se podría suponer también que la delegación misma, los que fueron mandados, mientras caminaban a la región cercana al río Jordán a donde Juan el Bautista se encontraba, este grupo de religiosos también podría haber tenido discusiones entre ellos respecto al aspecto escatológico del comportamiento de Juan el Bautista, pues los tres personajes que mencionaron (el Mesías, Elías y “el” profeta) estaban todos relacionados a eventos mesiánicos y del fin del mundo (Stallings, 29; cf. Mounce, 378).

Quizás lo más importante del versículo 22 es notar que algunos de entre los judíos (posiblemente los fariseos según el verso 24) no estaban muy contentos con las respuestas cortas y negativas de Juan, y que ellos querían más bien tener algún tipo de declaración afirmativa con respecto a Juan el Bautista.  Parecían que todas sus teorías preconcebidas que tenían sobre él estaban destruidas y querían saber más sobre aquella persona que Juan, según ellos, pretendía ser (Stallings, 29).

 

Juan 1: 23: Juan el Bautista como la voz que clama en el desierto (Isaías 40:3)

1:23 Dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.

Mientras que los evangelios sinópticos invocan en tercera persona a Juan el Bautista como aquel de quien Isaías habló en 40:3 (cp. Mateo 3:3; Marcos 1:3; Lucas 3:4), aquí se menciona al propio Juan el Bautista citando y aplicando tal pasaje a su propia persona y a su misión (MacArthur, Morris y Mounce).

Él no es una figura prominente sino solo ‘una voz en el desierto.’  Su propósito era simplemente hablar una palabra en el nombre de la Palabra Eterna” (Mounce, 378; ver también comentario en Juan 1: 2-3 sobre la posible razón por la cual creo que en Reina Valera y otras traducciones llaman a Jesucristo, el “Logos” Eterno, el “Verbo” en vez de la “Palabra”).  Entonces, la persona de Juan el Bautista no era importante, ¡pero su mensaje sí que lo era!

La cita que Juan el Bautista menciona se encuentra en Isaías 40:3. La forma en que Juan contestaba a esta pregunta, aquí en Juan 1:23, seria posiblemente también emotiva y sobre todo alta en volumen, lo cual evoca la forma original hebrea de Isaías.  La palabra clave en este sentido para entender el sentido personal del autor original veterotestamentario sería la palabra “clama”, en la cita de Isaías 40:3.

La versión bíblica norteamericana de NASB traduce al inglés esta parte del versículo 23 como: Yo soy la voz de uno gritando en el desierto.”  Aquí, “clama” en griego es βοῶντος, la palabra número 994 que significa “clama, voces, claman, para llamar a.”  Ver también Juan 1:23 en Reina-Valera 1909 con números de Strong, y sobre todo si desea examinar más a fondo el significado de la palabra “clamar”, ver enlace 994 boaó, palabra griega que incluye posibles traducciones como “exclamó,” o inclusive “gritó

Entonces, Juan el Bautista tenía un propósito bastante importante que cumplir, y ese propósito giraba en torno a Dios, es decir, la misión de Juan el Bautista en la tierra era la de preparar “el camino a Jehová” (Isaías 40:3), y aquí se refería claramente al camino del Dios hecho Hombre (Juan 1:14).

Para entender la cita del AT en Juan 1:23 mejor, creo que sería útil entender el contexto de Isaías 40:3, y MacArthur lo hace de una forma breve pero clara:

En el contexto original de Isaías 40:3, el profeta oyó una voz que hacía un llamado a la preparación de un sendero derecho que atravesara el desierto oriental para que el Dios de Israel guiara a su pueblo de regreso a la Tierra Prometida tras su exilio en Babilonia (MacArthur, Juan 1:23).

La idea es que, así como Dios regresó a su pueblo por un camino derecho (para morar de una forma representativa en el Templo que se iba a construir) después de la deportación a Babilonia, pasando por el desierto oriental; así también este caso Jesús también (quien es Dios; ver Juan 20:28, entre otros), regresaría a su pueblo empezando por un lugar escasamente poblado, en vez de comenzar directamente en una ciudad grande como Jerusalén (cf. Mounce, 378).

En aquellos tiempos, reparaban los caminos llenándolos hoyos y enderezándolos, arreglos o reparaciones que espiritualmente simbolizaban el arrepentimiento y la confesión de pecados para que la buena voluntad de Dios viniera y se acercaba a ellos (cf. Dongell, 46).  Además, la voz que clama en el desierto — la voz de grito de Isaías — simbolizaba la venida de la “gloria de Jehová,” un evento en que “toda carne,” es decir todo el mundo, “la verá o la podrá presenciar (Isaías 40:5, Reina-Valera 1960).  Este texto encaja correctamente con la descripción del mandato de Juan de introducir al glorioso Hijo de Dios (Juan 1:14) al mundo entero (Juan 1:9).

 

Juan 1: 24: Los fariseos

1:24 Y los que habían sido enviados eran de los fariseos.

Esta es la primera vez que se menciona a los fariseos en este Evangelio y por eso sería esta una buena oportunidad para introducir el papel que ellos jugarían en el ministerio terrenal de Jesucristo.  Se consideran tradicionalmente a los fariseos como a un grupo de judíos relativamente pequeño, pero aun así influente, durante el periodo del Nuevo Testamento.  En los evangelios se les describe a los fariseos como personas antagónicas a Jesús.  En la mayoría de diccionarios bíblicos y obras similares, se les describen también a los fariseos como personas avaras, hipócritas, y como personas a quienes les faltaban un sentido de justicia.  Además, los fariseos se preocupaban excesivamente con los detalles de la Ley en vez de ser sensitivos al mensaje espiritual del Antiguo Testamento.

Aunque muchos aun consideran que era un grupo representativo del judaísmo en los tiempos de Jesús, con el descubrimiento de los Manuscritos del Mar Muerto, se considera que antes del año 70 los fariseos constituían en realidad solo un grupo pequeño en una sociedad altamente diversificada.  Por eso, cualquiera que haya sido su popularidad o influencia, no se les puede considerar como fuerza representativa del judaísmo en general durante esta época (Elwell, 1670).

De regreso a Juan 1:24, la traducción de este versículo que aparece en Reina-Valera 1960, “Y los que habían sido enviados eran de los fariseos,” muestra el sentido tradicional de la forma en que este versículo ha sido generalmente traducido del griego original; es decir, muestra la idea de que este grupo de “sacerdotes y levitas” (Juan 1:19) fueron enviados por los fariseos (Juan 1:24).

Sin embargo, como lo menciona D.A. Carson, los fariseos no fueron lo suficientemente poderosos como para controlar a todo el Sanedrín (el grupo de líderes que gobernaba desde Jerusalén a todos los judíos en cuestiones no solo religiosas sino también aun en ley civil), y menos aún como para mandar a una delegación de sacerdotes y levitas, que eran grupos que estaban más bien asociados con los saduceos.

Carson opina que, en este caso, se debería entender a este versículo como: “Algunos de los fariseos que estaban en la delegación le preguntaron” (uniéndolo con el v.25).  Esta traducción tiene más credibilidad si se considera que, aunque los fariseos no controlaban el Sanedrín, ellos eran lo suficientemente influentes como para que la delegación de Jerusalén no pudiera ser mandada sin algunos de sus integrantes (D. A. Carson, The Gospel according to John, 144; Morris, 122).

Comparar también la traducción de Lenski, en este caso sin unirla al v. 25: “Y algunos fariseos habían sido comisionados(“And some Pharisees had been commissioned,” Lenski, 114).

De todas formas, este problema de traducción no es fácil de resolver, y aunque algunos eruditos han tratado de resolverlo notando dos delegaciones distintas (una conformada por los sacerdotes y levitas, y otra por la de los fariseos), Morris opina que el texto difícilmente sugiere esto, pero que sí parece indicar que por lo menos allí habían fariseos, en un solo grupo, y que estos no estaban muy contentos con el progreso de la investigación hecha por la delegación, y que por eso añadieron sus propias preguntas (Morris, 122).

 

II) Lectura II: Juan 1: 25-28: El Bautismo de Juan:

1:25 Y le preguntaron, y le dijeron: ¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?

1:26 Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; más en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis.

1:27 Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado.

1:28 Estas cosas sucedieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

 

Juan 1:25: ¿Por qué bautizas?

1:25 Y le preguntaron, y le dijeron: ¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta? 

Como vimos anteriormente, Juan el Bautista había disipado todas pretensiones mesiánicas y proféticas que los judíos podían haber tenido acerca de él, pero todavía quedaba un problema que los fariseos querían resolver en base a la relación que ellos entendían del bautismo universal que se llevaría a cabo en los días finales, pues parece que ellos veían el futuro bautismo de los judíos como un ritual escatológico que iba a ser realizado por un personaje mesiánico en los días finales (Lenski, Michaels, Morris, Stallings, etc.).

Su pregunta era básicamente: “¿Por qué bautizas si no eres uno de esos líderes cuya presencia anuncia el fin de los tiempos?”  Bautizar sin ninguna autorización por parte de Dios mismo hubiera sido quebrantar su Ley (Mounce, 378, citando a Calvino).  Además, bautizar a los judíos mismos aparentemente indignaba a los fariseos también, pues ellos considerarían que Juan los estaba tratando como paganos (Bartley, 71).

Aunque pocos autores parecen rechazar las implicaciones escatológicas de esta pregunta (por ej. D. A. Carson, The Gospel according to John, 145), la respuesta que daría Juan el Bautista en el siguiente versículo parecería indicar que más que una pregunta tipo “¿Por qué?” Juan discernió en realidad una pregunta acerca de su autoridad como persona, como que la pregunta hubiera podido entenderse algo así como: ¿Con que autoridad bautizas? (pues él no responde directamente la pregunta que los fariseos le hacen).  O quizás, lo que Juan el Bautista trato de hacer fue la de desviar la pregunta, de su persona a la de Cristo, con el fin de llevar la conversación hacia el tópico de la salvación venidera por medio del Mesías Verdadero.

Esto es lo que el cristiano siempre debe de hacer, es decir, tratar de buscar la oportunidad de proclamar las buenas nuevas de Aquel de quien si es digno de ser exaltado.  Debates sobre religión son especialmente inútiles, y lo que terminan haciendo, en mi opinión, es acentuar más algunas ideas erróneas que otros tratan de defender.  Cuando uno critica conceptos errados que otros podrían tener, lo que uno logra generalmente es que ellos defiendan sus errores con más fuerza aún.

Los debates tienen esa tendencia de incitar emociones negativas, y estas a menudo ponen tapones en los odios de aquellos que nosotros queremos salvar.  Aunque es importante corregir doctrina, siempre hay otros momentos más adecuados para hacer eso.  Por eso siempre es importante orar, pues no siempre sabemos las oportunidades que vamos a tener para compartir el Evangelio de salvación.  Dios nos puede usar en cualquier momento que desee, y cuando esto pasa, va a ver a menudo oposición espiritual.

Regresando al tema del bautismo mesiánico, como Morris lo nota, en el Antiguo Testamento hay versículos que algunos podrían haber utilizado para esperar que este tipo de bautismo o ritual judío se llevaría a cabo en los días finales (Morris, 123).  Pasajes como Ezequiel 36:25 y Zacarías 13:1 parecen apoyar esta interpretación:

Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré (Ezequiel 36:25, Reina-Valera 1960).

Ver también:

En aquel tiempo habrá un manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación del pecado y de la inmundicia (Zacarías 13:1, Reina-Valera 1960).

En sus respectivos contextos, estos versículos veterotestamentarios parecen sustentar la idea que durante la venida del fin del mundo, los judíos creían que el bautismo universal estaría asociada con la venida del Mesías.  MacArthur, en su comentario sobre este versículo (Juan 1:25), parece además compartir tal idea mencionando también estos mismos dos últimos versículos: “El AT asociaba la venida del Mesías con arrepentimiento y purificación espiritual (Ezequiel 36, 37; Zacarías 13:1).” 

Como mencione brevemente antes, Mounce también entiende esta misma idea detrás de todas estas preguntas sobre estos tres personajes mesiánicos (las preguntas sobre el Cristo, Elías y “el” profeta); es decir, la idea que los judíos entendían que Juan el Bautista estaba realizando ritos de purificación mesiánica: “Ellos veían al bautismo como un rito escatológico que sería realizado por un líder en los últimos días” (Mounce, 378).

 

Juan 1:26: El bautismo de agua y el Mesías desconocido

1:26 Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; más en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis.

Con o sin implicaciones escatológicas, la respuesta de Juan el Bautista indicaría que él entendió que la pregunta en el versículo 25 era acerca de su autoridad; o que Juan simplemente trató de desviar la pregunta hacia la Persona gloriosa de Cristo, para cumplir así su misión en esta vida, el de preparar los caminos del Señor; o quizás (como a mí por lo menos me parece) la respuesta de Juan reflejaría estos dos razonamientos.

En otras palabras, parece que esta pregunta que los judíos le hacen si fue acerca de su autoridad, pero a la misma vez, Juan el Bautista quería hablar de lo que era realmente su misión en la tierra y que, a la misma vez, esta estaba relacionada con un tema que debería ser importante para los judíos: la venida del Cristo.  Me parece que este razonamiento y esfuerzo evangelístico se discierne indirectamente en la mayoría de comentarios bíblicos que he leído.

Entonces, con respecto al desafío de la autoridad de Juan el Bautista para realizar bautizos, James Bartley comenta:

‘Yo bautizo en agua’ no parece ser una contestación directa a la pregunta de los fariseos. Probablemente, Juan entendía que estaban demandando sus credenciales y él respondió señalando a uno que tenía autoridad sobre ritos y credenciales (p. 71).

Es curioso notar que una pregunta similar le hicieron a nuestro Señor Jesucristo en Lucas 20:1-8; es decir, sobre la autoridad que Jesús tenía para enseñar.  Y en este caso, Jesucristo les dice que Él les daría una respuesta si (a su vez), ellos contestaban primero una pregunta acerca de la autoridad que Juan el Bautista tenía para bautizar.  En este caso, los sacerdotes y escribas deciden no contestar, por lo tanto, Jesucristo también se niega en contestar a sus preguntas.  Este pasaje en Lucas es también importante porque nos hace acordar que el pueblo israelita si creía firmemente que Juan el Bautista era un profeta, de tal forma que aun negarlo, las autoridades correrían el riesgo de ser apedreados.

De todas formas, regresando al Juan 1:26, creo que es indiscutible que Juan el Bautista busco la oportunidad de testificar acerca de Jesucristo, y lo hace trazando una línea clara entre él y el Señor Jesús:

Yo bautizo con agua; más en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis” (Reina-Valera 1960, y subrayado por motivos de énfasis).   

Parece que Juan el Bautista quería decir algo así como que no se preocuparan mucho su autoridad o de sus bautismos, que la verdadera autoridad la tiene Aquel quien ya estaba entre ellos y que sin embargo no lo conocían.  Había una diferencia enorme entre lo que Juan estaba haciendo y lo que el Mesías iba a hacer.  Todo lo que Juan el Bautista podía hacer era administrar una señal, por medio del agua, pero solo el Cristo iba a poder derramar el bendito Espíritu de Dios sobre los creyentes.  Es como si Juan estaba diciendo: “El Mesías ya ha llegado, está presente en esta generación, esta entre ustedes, pero, aun así, no lo reconocen.  Está a punto de comenzar su ministerio, pero ustedes no parecen estar interesados en Él.”  Tenían tanto celo en denunciar a falsos Mesías, pero cuando llega el Verdadero, lo único que hacen es ignorarlo (Hendriksen, 102).

De una forma similar, Bartley nos hace acordar unos detalles adicionales en esta importantísima declaración de Juan el Bautista, una que se registra en Mateo 3:11:

1:11 Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, … él os bautizará en Espíritu Santo y fuego (Reina-Valera 1960).

Ver también Lucas 3:16.  La información adicional que Mateo y Lucas proveen es que, a diferencia del bautismo de Juan, el cual era solo de agua, el bautismo de Cristo iba a ser un bautismo en el “Espíritu Santo y fuego” (en Mateo).

Aquí, en este contexto, el bautismo de agua representaba el ritual de la purificación antigua, es decir, la conversión del paganismo al judaísmo en el Antiguo Testamento (bautismo que fue reemplazado con la venida de Cristo).  El bautismo en el Espíritu Santo es el bautismo espiritual que todo creyente recibe por medio de Jesucristo, y el de fuego se refiere al juicio eterno (MacArthur, Mateo 3:11).  Aquellos que se arrepientan recibirán la bendición del Espíritu Santo, los que no se arrepientan recibirán en cambio juicio de fuego eterno.  El fuego para el creyente simboliza purificación, pero para el inconverso el fuego representa la destrucción eterna (cf. Crossway Bibles, 1824).

Mientras que en Mateo 3:11 el contraste que se enfatiza está en el tipo de bautismo, en Juan 1:26 el énfasis esta entre las personas, es decir, el contraste entre el “yo” de Juan el Bautista y el “uno” que se refiere a Jesucristo (y es posible también una diferenciación con el “vosotros” de los judíos).  Es como que Juan estaría diciendo algo así como: “tienen razón de que yo bautizo,” y “aunque yo no soy el Mesías, yo bautizo porque el Mesías ya está presente entre ustedes” (Stallings, 30).

Algunos inclusive creen que en esos momentos Jesús estaba allí, presente físicamente entra la multitud, en ese mismo momento que Juan el Bautista hablaba con esta delegación judía (ibíd).

Un último comentario que también proviene de Stallings.  En este pasaje de Juan se discierne también un contraste entre el conocimiento y la ignorancia: el conocimiento de Juan el Bautista sobre Jesús el Mesías, y la ignorancia de los sacerdotes, levitas y fariseos acerca del Cristo.  No era un contraste que Juan el Bautista quería hacer para jactarse de si mimo, pues lo que él buscaba de ellos era el arrepentimiento y la salvación, pero implícitamente existía ese contraste.

Su deseo era más bien demostrar la superioridad espiritual de Cristo sobre Juan, y lograr que este conocimiento fuera transmitido a esta delegación de hombres religiosos para el arrepentimiento de sus pecados y la salvación de sus almas.  Después de todo, esa era la misión de Juan el Bautista, y en cierta forma, esa es también una misión de todos los cristianos.

Esa misión y mensaje evangelístico, por supuesto, está todavía vigente en el día de hoy: “Preparen el camino del Señor, háganle sendas derechas” (Marcos 1:3, NBD).  Cuando nosotros mostramos a la gente que nuestro deseo no es demostrarles que nosotros somos gente importante o que sabemos más que ellos, sino que con toda humildad lo único que sabemos es que somos seres indignos delante de Cristo, quien, si puede ayudarles y salvarles, la gente va a poder bajar sus propias defensas intelectuales y emocionales que tienen en contra del Evangelio.  Recién allí, entonces, va a ver una verdadera oportunidad de conversión, una oportunidad que va a ser solo posible con la intervención directa del Espíritu Santo en sus corazones.

 

Juan 1:27: Juan el Bautista: No ser digno de ser un esclavo de Cristo

1:27 Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado.

En este versículo Juan el Bautista primero reitera algo ya antes había declarado en Juan 1:15: “Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo.”

Como habíamos visto antes, Jesucristo no solo precede en existencia a Juan el Bautista (Jesús, por ser Dios, siempre ha existido, es por lo tanto Eterno, pero Juan solo comenzó a existir desde su concepción en el vientre de su madre, es en ese aspecto inmortal); sino que además, también Jesucristo es mayor en importancia, y aquí Juan realmente está reconociendo, por medio de una metáfora, es decir, que él no era ni siquiera digno de ser su esclavo.

En aquellos tiempos, nos dicen los historiadores, la tarea del más humilde de los esclavos en una casa o hacienda era la de desatar las correas de las sandalias de su amo, remover el calzado, lavar los pies y después lavar también las sandalias (Lenski, 122).

Con respecto a las reglas del judaísmo rabínico, a los maestros no se les pagaba por impartir sabiduría.  ¡Hubiera sido algo sumamente terrible pedir dinero a cambio de enseñar las leyes de Dios! (Morris).  Pero como una forma de compensación parcial, se esperaba a cambio que los discípulos hicieran algunas tareas serviles para sus maestros.  Por consiguiente, un rabino podría esperar que sus discípulos le ayudasen en todo tipo de trabajos similares a lo que un esclavo haría por su amo — excepto la de desatar la correa de su calzado.  Esta era una tarea demasiado degradante (ver Morris y Utley en sus comentarios sobre Juan 1:27).

Entonces, la expresión “no ser digno de desatar la correa del calzado” era simplemente una expresión muy conocida en aquellos tiempos que indicaba suma inferioridad (Ryle, 82).

 

Juan 1:28: ¿Betábara o Betania?

1:28 Estas cosas sucedieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

Aunque la mayoría de las versiones de Reina Valera (RVR60, RVC, etc.) identifican a Betábara como el lugar donde este dialogo ocurrió, otras versiones de la Biblia como LBLA y la NIV mencionan en cambio a Betania (ver otras versiones en español aquí).

Afortunadamente, esta variación de nombres no es importante teológicamente, pero, aun así, antes de comprometerse a aceptar cualquiera de estas dos versiones como verdadera, sería necesario conocer primero las razones de esta discrepancia.

Según la mayoría de los mejores y más antiguos de los manuscritos, la palabra original era Betania (LBLA, NVI, RVA-2015; ver Jamieson, MacArthur y Bartley).  Pero después que Orígenes, un erudito y teólogo en el tercer siglo, parece que fue a esa región de Palestina y no encontró un pueblo con el nombre de “Betania”; entonces, de allí, él asumió que esta palabra era una equivocación y sugirió que la palabra griega “Bethabarah” más bien debería sustituirse en Juan 1:28, es decir, por el nombre de otro pueblo conocido en la región que se estaba localizado al borde del Jordán (Bartley, 72).

Sin embargo, el apóstol Juan no nos dice que su antiguo maestro bautizaba en el río Jordán, sino que debemos entender que estos bautismos ocurrieron cerca del Jordán, o para ser aún más exacto aun, la frase literal es en este caso parece ser la más correcta: “al otro lado del Jordán.”  Notar esto es importante porque Orígenes cambió el nombre original, Betania, y lo sustituyó por Betábara, el nombre de otro pueblo que si estaba en las orillas del río Jordán (Michaels, 106).

Otro punto es importante acerca de esta anécdota histórica es que este mismo teólogo, Orígenes (quien era natural de Alejandría, Egipto), no visito realmente estos lugares específicos, sino solo sus cercanías.  No pudo encontrar Betania porque sencillamente no fue a buscar esta ciudad, ni siquiera fue a Betábara, solo dice que “le señalaron Betábara” (ver Morris, p. 125, incluyendo notas 39 y especialmente 40).  Aunque Orígenes fue un gran erudito,” parece que aquí por lo menos, no supo ejercitar suficiente cautela (ibíd.).

Por último, noten que uno no debe confundir tampoco este pueblo, Betania, con el que se menciona ser más adelante la ciudad de Marta, María y Lazaro, otro pueblo con el mismo nombre (Juan 11:1).  Como Juan se esmeró en reseñar la cercanía de la otra Betania a Jerusalén, lo más probable es que se refiriera aquí a la otra población con el mismo nombre (MacArthur, 125).

 

Conclusión

Vimos entonces que el tema central de este pasaje leído es el testimonio que Juan el Bautista dio sobre nuestro Señor Jesucristo en el transcurso de una conversación (o quizás deberíamos describir este dialogo como discusión o aun interrogación).  Esta narración relata como los líderes religiosos de Jerusalén mandaron a una delegación a preguntar a Juan el Bautista si él era el Mesías, el profeta Elías o el profeta que Moisés mencionó (Deuteronomio 18:15–18).  Ante la presión o insistencia de proveerles una respuesta más concreta acerca de su identidad, o misión, Juan el Bautista procede a mencionar que él es solo una voz que proclama la venida de Dios (Stallings, 31–32).

Lo que también podemos extraer de este corto pasaje sobre la persona de Juan el Bautista es que, aunque Jesucristo lo considero después como el más grande de entre los hombres (Mateo 11:11), Juan no se consideró él mismo una persona importante (Juan 1:27).  No quería ni siquiera hablar de él mismo, sino que quería más bien utilizar cualquier oportunidad que tuviera para transmitir su mensaje, el mensaje de arrepentimiento de pecados, y sobre todo hablar de Cristo, el Mesías, el bendito Hijo de Dios (cf. Lucas 14:11).

La meta de Juan el Bautista, como lo fue la del autor de este evangelio, el apóstol Juan, siempre era la salvación eterna por medio del conocimiento del Hijo de Dios.  Este es, después de todo, el propósito de este Evangelio, algo que es importante mantener en mente durante el transcurso de la lectura y el estudio de del cuarto Evangelio (Juan 20:31).

Con respecto a su aplicación para nuestras vidas, este relato nos enseña, por supuesto, que nosotros también debemos aprovechar cualquier oportunidad para testificar de la Gran Persona de nuestro Señor y Salvador, Cristo Jesús.  Al hacerlo, creo que nunca es provechoso hablar de nuestros propios valores y principios morales, sino más bien hablar de Aquel quien si nunca conoció pecado, el Señor Jesucristo (Hebreos 4:15; 1 Pedro 2:22).

Además, me parece interesante notar la actitud de la delegación judía.  Estos hombres de religión – levitas, sacerdotes y fariseos – que supuestamente buscaban la verdad, en realidad solamente querían llevar una respuesta a sus jefes de Jerusalén.  Cuando Juan el Bautista los confronta y les da a entender claramente que él no era el Cristo, pero que, sin embargo, el Mesías si ya estaba allí, en la tierra, entre ellos, y que aun así, ellos no lo conocían; uno hubiera pensado que le iban a preguntar por la identidad del Ungido – pero esto no es exactamente lo que leemos.

En otras palabras, las ultimas preguntas que la delegación debería haber hecho a Juan el Bautista deberían haber sido algo así: “Si tú no eres el Cristo, quien es entonces Él?  ¿Dinos quien es el Mesías?  Pero este grupo de religiosos judíos no hicieron estas preguntas.  No eran el tipo de preguntas cuyas respuestas sus jefes les encomendaron buscar, por tanto, su falta de interés de saber la identidad del Mesías realmente delató sus verdaderas condiciones espirituales (en contraste, ver Juan 1: 35-37).

Desafortunadamente, este es también el tipo de actitud que muchas veces notamos en la gente religiosa de hoy.  Muchos van a las iglesias porque sienten que eso es lo que deben de hacer para “cumplir” con Dios, pero en realidad no les interesa verificar que lo que están escuchando predicar es lo que la Biblia realmente enseña.  No tienen interés genuino en descubrir la verdad.  Solo quieren cumplir con lo que ellos creen ser sus obligaciones.  Pero eso no es el cristianismo.

El cristianismo no es una religión (aunque técnicamente eso podrían decir los diccionarios).  Según la Biblia, es un estilo de vida que comienza con una relación personal con Cristo, y para tener esa relación, uno primero tiene que conocer quién es realmente Él.  Uno debe de conocer, y no solo saber, quien es el verdadero Cristo.

CC