Los Primeros Discípulos, I de II (Juan 1: 35-42)




Introducción

Esta sección prácticamente marca el final del ministerio de Juan el Bautista con un repetido testimonio sobre la Persona Divina de nuestro Señor Jesucristo: Que Jesús es el Cordero de Dios.  Aún más importante, en este pasaje se narra el comienzo del ministerio de Jesús con el reclutamiento de sus primeros seguidores.[i]  Aunque estrictamente hablando, en estos últimos versículos del capítulo 1, Jesús no pide a otros a seguirlo (con la excepción de Felipe en el versículo 43), sus primeros discípulos deciden seguir a Jesús motivados primero por el testimonio del Bautista (Juan 1:37), y de una forma similar, por el testimonio de los primeros dos discípulos de Jesús (Juan 1:41-42,45-47).

De esta forma, en estos pasajes se puede aprender del ejemplo y de la importancia de testificar individualmente a otros sobre la Persona de Cristo; es decir, explicar a otros Quien es Él (el Cordero de Dios, el Hijo de Dios, el Mesías, y Aquel de quien escribió Moisés), y testificar sobre lo que Jesús puede y quiere hacer (limpiar los pecados del mundo y bautizar con el Espíritu Santo).

En contraste con los relatos sinópticos en el Mar de Galilea sobre el llamamiento completo y definitivo a las dos parejas de hermanos, Pedro y Andrés, como también Juan y Jacobo; en esta sección del Evangelio según San Juan se relata la invitación implícita de Juan el Bautista, como también la subsecuente invitación de los dos primeros discípulos de Cristo, a señalar a otros el camino a Jesús como respuesta al llamado hecha por medio de una invitación individual de “venir y ver” (cf. v. 39 y 46)[ii], para conocer así más sobre aquel Quien tiene el poder de perdonar los pecados de toda la humanidad (v.29).

Puesto que la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios (Romanos 10:17), los primeros cristianos experimentaron el crecimiento de una fe viva de una forma gradual por medio de la palabra que vino directamente del mismo Logos de Dios.  En este relato, los primeros discípulos no siguieron a Jesús permanentemente todavía (MacArthur, MNTC, 57–58).[iii]  Es además bastante probable que estos dos pares de hermanos, cuando eran primero discípulos de Juan el Bautista (si podemos incluir a Pedro y a Jacobo en este grupo de seguidores), no habían todavía dejado sus antiguos oficios de pesca (cf. Keener, 467).

Todo este relato sobre los primeros discípulos de Jesús en los últimos versículos del primer capítulo del Evangelio según San Juan “…ocurre antes de que Jesús formalmente ‘llame’ a sus discípulos en Mateo 4: 18-22; Marcos 1: 16-20; Lucas 5: 1-11” (D. A. Carson, NIV Zondervan Study Bible, 2149).  Posteriormente, ellos tomarían la decisión de dejar todo (sus pueblos, sus familias y sus trabajos) para seguir, a tiempo completo, los pasos de nuestro Señor Jesucristo en tierra (ver por ej. Mateo 19:27).

No hay entonces ninguna contradicción (como algunos han argumentado injustamente) entre esta narración juanina y los relatos sinópticos.  Estos últimos no precluyen el contacto inicial que Jesús tubo con los que eran inicialmente discípulos de Juan el Bautista, quienes dejaron a su antiguo maestro para convertirse en seguidores de Jesús, y al hacerlo, mantuvieron sus antiguos oficios, pues después aparecen en la escena pescando en el momento en que Jesús les llamo a convertirse permanentemente en “pescadores de hombres” (ver nuevamente Mateo 4: 18-22; Marcos 1: 16-20).

Morris explica esta diferencia usando definiciones más estrictas de lo que realmente significa ser un “discípulo” (un término bastante general, usado inclusive por los fariseos), versus ser un “apóstol” (que se aplica estrictamente hablando a los doce discípulos selectos que Cristo personalmente eligió, como también a San Pablo, conocido además como Saulo de Tarso). “El Cuarto Evangelio habla de un llamado a ser discípulos; los sinópticos de un llamado a ser apóstoles” (Morris, 136).

 

Lectura:  Juan 1: 35-42: Los primeros discípulos

35 El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos.

36 Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios.

37 Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús.

38 Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras?

39 Les dijo: Venid y ved. Fueron, y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día; porque era como la hora décima.

40 Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús.

41 Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo).

42 Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro).

Reina Valera Revisada (1960).

 

Juan 1: 35:  Juan el Bautista y los dos discípulos

35 El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos.

El “siguiente día” se refiere al tercer día de una sucesión de eventos de cinco días (consecutivos o no) que comenzó con la proclamación de Juan el Bautista a la delegación judía de Jerusalén acerca de la presencia del Mesías (vv. 19-28); continuó con la declaración transcendental a las multitudes de que Jesús es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo (vv. 29-34); el llamado a Juan, Andrés, Pedro y posiblemente Jacobo (tema que meditaremos aquí, vv. 35-42); el llamado a Felipe y la invitación a Natanael a conocer a Jesús (vv. 43-51); y finalmente, en el quinto día (o tercero si se cuenta empezando desde el comienzo del ministerio de Jesús en el v. 35), el relato de las Bodas de Caná (Juan 2:1-12).

Descrita con un lujo de detalles que sugieren que este evangelio fue narrado por un testiguo ocular, esta fue entonces una semana bastante ocupada, con los tres primeros días de testimonio de parte de Juan el Bautista (de allí las palabras “otra vez estaba Juan”); y empezando (también en el día tercero), con lo que se podría describir como los tres primeros días del ministerio de Jesús en la tierra (Mayfield, 46), un ministerio que comenzó 30 años después de la encarnación de “Dios con nosotros” (Lucas 3:23; Mateo 1:23).

Originalmente las palabras “estaba Juan” fueron escritas como lo que podría traducir más bien como “estaba Juan de pie”, o inclusive “estaba Juan parado”.  Aunque ninguna de las principales traducciones al español incluyen esta palabra de “estar de pie” (o se paró, tiempo perfecto, como aparece en el comentario de Walvoord en la p. 24), este detalle puede ser significativo si la idea original fue que Juan el Bautista estaba allí parado o ubicado como “el gran heraldo del Mesías.” (Lenski, 143).  Entonces, no debemos de ignorar la expresividad de lo que este verbo transmite.  Este es también otro de los pequeños signos que marcar al escritor como un testigo ocular (ibíd).

Entonces, en este tercer día, Juan el Bautista ya no se encontraba con los judíos de Jerusalén o con las multitudes que incluirían seguramente un gran parte de sus seguidores, como en el día anterior; sino que en esta ocasión estaba allí parado con solo “dos de sus discípulos” (quienes además estaban incidentalmente “parados” allí también, pero esto si no es aparentemente significativo, ibíd).

Uno de estos dos discípulos es identificado más adelante como Andrés, hermano de Pedro, quien era evidentemente más conocido por la forma en que se menciona al primero (en el comentario del v. 40, donde hablaremos más de Andrés).

El discípulo “no identificado”

La identidad del segundo discípulo, uno de los dos seguidores de Juan el Bautista que se menciona primero en este pasaje (v. 35), no se menciona específicamente por nombre en estos pasajes, ni en ningún otro lugar de este evangelio.

Sin embargo, desde “tiempos tempranos” se ha entendido que este segundo discípulo no-identificado era el mismo Apóstol Juan (Morris, 136; ver también Bartley, 76; Mounce, 381, entre otros).  En otras palabras, se cree que este segundo discípulo era el mismo autor de este Evangelio, uno que ha llevado tradicionalmente su nombre por esta misma razón, combinado el nombre primero con el título de “San”, antes de “Juan”, que significa por supuesto “santo”, como las diferentes traducciones protestantes de Reina-Valera lo han tradicionalmente llamado con la finalidad, me imagino, de distinguir a esta persona como un personaje bíblico y apostólico.[iv]

Aunque técnicamente no se puede demostrar a ciencia cierta que este segundo discípulo no-identificado sea el mismísimo Apóstol San Juan (cf. D. A. Carson en The Pillar NTC: “…no hay prueba de esta identificación,” 154), hay varias razones para pensar que este es ciertamente el caso.  Joseph H. Mayfield, por ejemplo, en el Comentario Bíblico Beacon (T7, 46–47), menciona por lo menos tres razones:

(1) El empleo de la palabra “primero” en 1:41 (Este, es decir, Andrés halló primero a su hermano Simón) implica cualquiera de estos dos, o que Andrés primero halló a su hermano y entonces, en segundo lugar, por implicación, el otro discípulo encontró al suyo, o que Andrés primero encontró a Simón antes que él mismo hiciera otra cosa. Muchos eruditos (como Westcott, Hoskyns) favorecen la primera interpretación, que señala a Juan y a su hermano Jacobo.

(2) Según el relato de los Sinópticos, el llamado de Andrés y de Pedro está estrechamente relacionado con el de otra pareja de hermanos, Jacobo y Juan (Mt. 4:18–22; Mr. 1:16–20; Lc 5:4–11).

(3) El anonimato del otro discípulo está en armonía con la repugnancia implícita en el autor de emplear su propio nombre (cf. Jn. 13:23; 19:26; 20:2; 21:20).

Con respecto a la tercera razón mencionada por Mayfield, me parece que la experiencia que el Apóstol Juan tubo con respecto al pedido que tuvo inicialmente su madre (quien quiso que él y su hermano Jacobo se sentaran al lado de Jesús en el trono celestial de acuerdo a Mateo 20:20-28), pudo haber afectado tanto al corazón de Juan que desde ese día aprendió a cultivar un tipo de humildad tan grande que él no quiso ni siquiera mencionar su propio nombre en su Evangelio, menos aún quiso tomar crédito como autor del mismo.

De todas formas, pienso que no debería haber dudas que este Evangelio fue escrito realmente por el Apóstol San Juan.  Quizás la prueba más convincente es que los primeros cristianos, algunas décadas después de la muerte de Jesús, tuvieron que estar seguros del origen apostólico de este Evangelio, puesto que este es redactado de una forma o estilo tan diferente a los otros tres, y muchas veces con un contenido que no aparece tampoco en los primeros tres evangelios.  Esta seguridad sobre su procedencia apostólica permitió su aceptación en el Siglo Primero y permitió también que eventualmente este Evangelio sea parte del Canon Bíblico tradicional.[v]  

 

Juan 1: 36:  Enfatizando un importante testimonio: “El Cordero de Dios”

36 Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios.

Se encontraba Juan el Bautista “mirando a Jesús”, desde la distancia, con una mirada fija y penetrante.  El verbo que se emplea aquí es emblepsas (ἐμβλέψας), que significa en este caso fijar los ojos en Jesús, un acto con aplicación para nosotros mismos: “Aquellos que llevan otros a Cristo deben ser diligentes y frecuentes en la contemplación de Él mismo” (Henry, MHCWB, 1921).

Jesús “andaba por allí”. Aquel quien los judíos habían estado esperando tanto, por muchas generaciones, estaba allí simplemente caminando de una forma casi desapercibida, por lo menos al comienzo, pero a punto de empezar en esos mismos momentos un ministerio que cambiaría para siempre el rumbo de toda la humanidad.

En esta oportunidad el Señor ya no caminaba dirigiéndose hacia Juan el Bautista como el día anterior, sino que esta vez leemos que el Salvador simplemente “andaba por allí”, hacia un lugar indeterminado pues este versículo no dice directamente el destino inmediato de Cristo.  Sin embargo, el contexto de este pasaje parece indicar casi por seguro que Jesús estaba dirigiéndose al lugar donde pasaría la noche.  Tampoco sabemos con certeza la razón por la cual estaba Él en esa región, donde Juan bautizaba, pero el pasaje también indica claramente que el Señor estaba listo para recibir a sus primeros seguidores (Lenski).

Los dos discípulos de Juan que se mencionan primero en el v. 35 se convertirían entonces en los dos primeros miembros de la Iglesia Universal de Cristo.  Tenemos entonces ante nosotros en estos versículos el comienzo del “cristianismo”, aunque ese término no se usó hasta en Antioquía (o por lo menos se llamó allí “cristianos” por primera vez a los seguidores de Cristo de acuerdo a Hechos 11:26).

Y ahora la palabra transitiva del versículo: Juan el bautista “dijo”, o quizás mejor aún, usando un término más  jurídico, el Bautista “declaró (NTV).  Más aun, es interesante notar que en el griego original el verbo se escribió realmente en tiempo presente, Juan “declara” (λέγει), como que autor, a la hora de escribir o dictar esta parte de su evangelio, tenía en su mente estas palabras del Bautista de una forma tan clara que era como si en esos momentos las palabras todavía resonarían en su mente.  “Las palabras del Bautista todavía suenan en sus oídos, aunque fueron pronunciadas décadas atrás” (Lenski, 143).

El enfático “he aquí” también se traduce como “miren” o inclusive “aquí tienen” (ver Juan 1:36 en varias traducciones); una expresión que evidentemente se usa para llamar la atención a que observen, perciban, o presten atención a la declaración trascendental que venía a continuación, una declaración legal o jurídica sobre la identidad (en forma de una analogía descriptiva) sobre Aquel que estaba allí simplemente caminando de una forma casi desapercibida: “el Cordero de Dios”.

Esta declaración no era simplemente una mera repetición de lo que Juan el Bautista ya había dicho anteriormente en el versículo 29 (ver comentario sobre este título usado para describir la función redentora de Jesús).  La declaración del v. 36, “el Cordero de Dios,” tendría todo el impacto recordatorio de la importante función mesiánica que Juan señaló anteriormente en el v. 29, es decir, que el Cordero en efecto “quita el pecado del mundo.

Los dos discípulos ya habrían tenido toda una noche para consultar con sus almohadas sobre las implicaciones que estas palabras tendrían, o deberían tener, sobre sus personas.  Quizás bajo intensa reflexión, ellos podrían haberse dirigido inclusive a Dios en oración para pedirle a Él la dirección apropiada que ellos deberían tomar a continuación.  Esto exactamente no lo sabemos, solo es algo que podemos suponer, pero lo que si sabemos por el versículo próximo es el impacto, o la consecuencia, que estas palabras tuvieron en los dos discípulos.

 

Juan 1: 37:  El oír y el actuar de los dos primeros discípulos

37 Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús.

Aquí tenemos ante nosotros una corta pero clara lección sobre la eficacia del testimonio personal.  Discernimos una clara relación causa-efecto: “Le oyeron hablar… y siguieron”

En general, es importante notar que el primer tipo de testimonio que un cristiano puede impartir, quizás el más importante en la mayoría de los casos, es el que proviene de las acciones (que afectan la reputación de la persona quien está dando testimonio), las cuales casi siempre hablan más que las palabras.

En este caso, los dos discípulos de nuestro relato ya conocían lo suficientemente bien de Juan el Bautista como para reconocer que sus palabras si tenían peso, pues estas provenían de una persona con una sólida reputación ética y espiritual (cf. Mateo 11:11).  Precisamente ellos eran sus discípulos de Juan el Bautista porque lo admiraban (otro ejemplo de una relación causa y efecto).

Pero aquí se narra específicamente un buen ejemplo del segundo tipo de testimonio que un cristiano debe de trasmitir: El tipo de testimonio oral (“le oyeron hablar”), y después de este, una acción concreta como resultado, y en este caso positiva también (“siguieron a Jesús”).

Como habíamos visto ya antes, esta no fue la primera vez que Andrés y el otro versículo no identificado (nuevamente, se cree que este era el Apóstol Juan) escucharon estas mismas palabras, pero esta segunda vez estas tres palabras si penetraron en sus mentes y corazones de tal forma que siguieron literalmente a Jesús.

Matthew Henry llama a nuestra atención una simple estrategia evangelística: “el beneficio de la repetición” (es útil repetir varias veces y enfáticamente que Jesús es el “Cordero de Dios” y que Él, y solo Él, puede quitar el pecado del mundo), como también el beneficio de la “conversión personal privada” (Henry, MH CWB, 1921).

Finalmente, entonces, había llegado para estos dos discípulos el momento en que finalmente se dieron cuenta que tenían que actuar: el momento Eureka.

Para nosotros nos sería fácil juzgar a estos dos discípulos al reflexionar que en realidad ellos tuvieron que escuchar por lo menos dos veces las mismas palabras de Juan para por fin tomar un acción concreta y positiva al respecto, pero entonces allí es cuando nosotros también tendríamos que acordarnos de nuestras propias historias personales, ¿Cuántas veces tuvimos que escuchar el testimonio privado de un creyente, el sermón en una iglesia, o una combinación de estos dos o más eventos como para tomar finalmente la correcta decisión de seguir a Jesucristo? (cf. Lenski, 144).

Si estamos en el negocio de salvar almas para Cristo a tiempo completo (es decir como ministros o pastores, pues es el deber de todo creyente compartir las Buenas Nuevas), este pasaje entonces nos debería hacer acordar sobre la eficacia del testimonio individual o personal hacia los demás.  Hablar desde el pulpito no siempre tiene el mismo efecto que hablar personalmente y privadamente a los demás (ver Henry, MHCWB, 1921).

Por eso también, nuestras acciones personales siempre tienen que reflejar lo que predicamos.  Si no vivimos diariamente lo que públicamente profesamos creer, la gente va a tomar nota de eso.  En otras palabras (y sin mucho entusiasmo de tener que ser tan áspero por motivos de claridad), si mostramos hipocresía en nuestro diario comportamiento, no vamos a poder apuntar a otros el camino de Jesús.  Lo único que vamos a lograr es que otros más bien desarrollen repugnancia a cualquier cosa que se relacione al evangelio de Jesucristo.  La enseñanza y la predicación del evangelio se debe realizar siempre con responsabilidad; y en el caso de falsos profetas, la condenación va a ser más severa (cf. Santiago 3:1).

En este pasaje bíblico, el resultado final (la meta o propósito que todo ministro o laico debe anhelar fervientemente) se realizó, pues en este caso los dos discípulos “siguieron a Jesús”

En la interpretación del texto presente, el sentido más obvio de “seguir” a Jesús fue, por supuesto, el literal.  Juan y Andrés siguieron físicamente los pasos de nuestro Señor Jesucristo en la tierra, y no solo esa tarde, sino también después, por un total de tres años.  Sin embargo, uno difícilmente podría evitar llegar a la conclusión que el autor de este Evangelio estaba además hablando de una forma figurativa (Morris).  Ellos también, a partir de ese día, siguieron a Jesús espiritualmente, tomando instrucción en sus palabras, siguiendo el ejemplo de sus enseñanzas, andando por la senda angosta, cumpliendo la Gran Comisión.

Jesucristo, a su vez, nunca se separó de ellos.  En Mateo 28:20 la traducción correcta es yo estoy con vosotros” (tiempo presente) no es “yo estaré con vosotros” (tiempo futuro) lo que leemos, y nosotros también, si seguimos también ardientemente a Jesús, Él tampoco nunca se separara de nosotros (cf. Santiago 4:8).

 

Juan 1: 38:  Jesús: ¿Qué buscan? ¿Por qué me siguen? ¿Qué desean?

38 Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras?

Habiendo tomado la decisión correcta de seguir a Jesús, lo más probable es que los dos primeros discípulos de Jesús (quienes también fueron los dos primeros cristianos) no comprendían todavía a totalidad todas las implicaciones de tomar ese importante primer paso.  Pero eso estaba bien.  Eran los primeros pasos de fe en un largo recorrido a un cielo ahora abierto para ellos dos.  El primer paso de fe siempre es importante, aunque no siempre se comprenda exactamente la magnitud o la importancia de este paso a seguir.

La pregunta de Jesús

Después de que Juan y Andrés comenzaron a seguir literalmente los pasos de Jesús, el Señor “volviéndose” y “viendo que le seguían”, les preguntó “¿Qué buscáis?”  En otras palabras, que era lo que ellos querían (TLA, cf. PDT).

Estas son las primeras palabras de Cristo registradas en este Evangelio, una pregunta, la cual no fue hecha para el beneficio del que preguntaba, ni para buscar información que Él no conociera de antemano (MacArthur, MNTC, 63).  Era una pregunta más bien designada para alentar a estos primeros dos discípulos a continuar con el recorrido recién iniciado.  “Su pregunta estaba destinada más bien a alentar que a confrontar” (Stallings, 24).  “A pesar de haber tomado la iniciativa, los dos exdiscípulos de Juan necesitaban ser incitados y animados por Jesús” (Lincoln, 117).

Quizás más importante aún, esta pregunta fue también designada para invitar a los dos discípulos a reflexionar sobre su decisión de seguir a Jesús, cuál era exactamente su motivación, la verdadera razón de estos primeros pasos de fe.

Por eso notemos que la pregunta no fue “¿A quién siguen?”, pues evidentemente ellos estaban siguiendo físicamente a Jesús; sino más bien la pregunta fue “¿Qué buscáis?” (cf. Hendriksen, 108; dos palabras subrayadas aquí por motivos de énfasis).  O como Morris lo entendía: “¿Qué es lo que quieren?” (p. 137).  “¿Qué es lo que están buscando?” (Lenski, 145).

Abraham Calovius: “Estamos acostumbrados a buscar lo que hemos perdido, o lo que de otro modo es beneficioso o deseable para nosotros.  Pero ¿qué era lo más deseable, lo más anhelado durante cuarenta siglos por parte de tantos hombres ilustres, patriarcas, jueces, reyes, profetas y todos los santos del Antiguo Testamento que este Cordero de Dios, que el testimonio de Juan en las alturas entre el Antiguo y el Nuevo Testamento declaró estar presente por fin?” (Lenski, 145).[vi] 

¿Por qué nosotros seguimos a Jesús?

Es una pregunta que de vez en cuando también deberíamos hacerla a nosotros mismos, individualmente, y comenzando desde el día que tomamos los primeros pasos decisivos de fe.

Es una pregunta más importante aún para nosotros los hispanos “gentiles” del Siglo 21.  Sobre todo porque vivimos en días de apostasía, donde muchos grupos “cristianos” no hacen más que predicar un tipo de teología carnal que busca satisfacción instantánea, ya sea en el ámbito de la salud corporal o en el de la prosperidad económica.  Sus canciones tienen diferentes melodías, pero la esencia de la letra es casi siempre el mismo: “Dios quiere que no sufras, que seas rico… Dios quiere ayudarte con tu salud, con tu trabajo, con tus problemas, con tus deseos carnales…”

Es una mixtura de verdad con mentira.  Jesucristo, por supuesto, sanaba a la gente en aquellos días, y lo hacía por la misericordia y amor que tiene por la gente, pero su preocupación principal era la sanación espiritual, aquella con consecuencias eternas.  Su prioridad no era entonces sobre comodidades materiales o aun necesidades físicas.

Pero este es un mensaje difícil de entender hoy en día, como lo fue también en esos tiempos del Primer Siglo.

Según el Evangelio según San Mateo (11:1-19), aun el mismo Juan el Bautista, en algún momento de su vida, tuvo dudas sobre lo que Jesucristo podría hacer hecho por él.  Y así, desde el cautiverio mandó a dos de sus discípulos (y en esta ocasión estos no eran Juan y Andrés) para preguntarle a Jesús si era Él quien estaban esperando.  Jesucristo les dijo que si, que en efecto Él era Aquel, y que sus milagros lo demostraban.  Sus poderes permanecían intactos, pero Su voluntad no siempre se alinea a la humana.

Por eso, aun así, nuestro Señor no mandó un ejército celestial para liberar a Juan el Bautista de Herodes.  Sino más bien, después, hablando a la multitud, Jesús también les hizo unas preguntas de reflexión.

¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que llevan vestiduras delicadas, en las casas de los reyes están. (Mateo 11:7b-8).

Creo que la lección de este último pasaje está bastante clara para nosotros; es decir, la aplicación o relevancia para nuestras vidas es que como cristianos no debemos de buscar o esperar tener exactamente una vida análoga a la que los reyes, políticos y millonarios de la tierra tienen.

Similarmente, los discípulos de Juan el Bautista en nuestra historia de hoy, Juan y Andrés, entendían perfectamente eso, en otras palabras, ellos no esperaban riquezas materiales.  Sabían que su camino tras Jesús iba a ser estrecho, y la morada humilde: el Hijo de Dios era tan pobre, humanamente hablando, que no tenía ni siquiera un lugar para recostar su cabeza (Mateo 8:20).

Y aun así, hoy en día, ¿Algunos supuestos pastores y “apóstoles” tienen el descaro de decirnos que Dios quiere que tengamos riquezas materiales?  Esa es exactamente la antítesis del cristianismo.  Sinceramente, creo que ellos solo van a engañar a aquellos que quieren ser engañados.

Juan y Andrés, por ejemplo, habían estado siguiendo a uno de los hombres más humildes que jamás haya existido en la tierra, Juan el Bautista, quien se vestía con pieles de camellos y comía saltamontes; y estoy seguro que ellos no estaban ahora pensando tampoco seguir exactamente a un rey vestido de lino y caminando de regreso a su palacio real.

Pero, aun así, Jesús le preguntó: “¿Que buscáis?”

Aun estos humildes discípulos, quizás los que mejor entendían al Bautista, necesitarían pensar en una respuesta que demandaría profunda introspección.  Jesús les hizo una pregunta les requeriría pensar sobre sus motivos y motivaciones personales, en un tiempo y lugar donde la mayoría de judíos pensaban que el Mesías iba a ser una importante figura real, política o militar.

Muchos están buscando lo que no deberían, y otros no buscan lo que deberían. Enfrentemos también esta pregunta de Jesús para que podamos echar fuera de nosotros todo el egoísmo, toda búsqueda de la comodidad en Sión, toda ambición mundana incluso en cuestiones eclesiásticas, todas las metas indignas; y elevarnos así al apogeo de nuestra vocación, tanto como creyentes y como siervos llamados de ser del Señor, y ayudemos así mismo a otros, a confrontar a los demás con esta misma pregunta que ellos también pueden encontrar en Jesús lo que Él vino a traer.  Porque una promesa hay oculta está en la pregunta: “¿Qué están buscando?”  Jesús tiene el tesoro más alto que cualquier hombre puede buscar, anhela dirigir nuestra búsqueda hacia ese tesoro para que Él pueda otorgarlo para nuestro enriquecimiento eterno (Lenski, 146).[vii]

Ahora la pregunta es también para usted, querido lector de SanJuan.cc: ¿Qué es lo que usted realmente busca en Jesús?

Quizás este sea un buen momento para tomar una pausa de esta lectura, y así inclinar el rostro en oración y pedirle a Dios sabiduría al responder esta difícil pregunta; para pedirle sabiduría con un corazón sincero y con una intención pura; y por supuesto, no olvide pedirle al Padre todo en el nombre de Cristo Jesús.

Solo en el nombre de Jesús nuestras oraciones van a ser escuchadas.

La respuesta de los discípulos

Ellos le dijeron: Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras?

Juan y Andrés “dijeron” a Jesús, o contestaron a la pregunta del Señor, usando otra pregunta.  Pero antes de hacerla, como una muestra de la humildad de parte de estos dos varones de Dios, y como un indicio del sumo respeto que ya tenían hacia Jesús, ellos se dirigen a Cristo con un título común en esos días: Rabí. 

Sobre el título “Rabí”

El uso del título honorario “Rabí” fue entonces una primera indicación, sea esta consiente o no, de que ellos querían comunicarle a Jesús su deseo de convertirse en sus “discípulos”, término que nuevamente se refiere a ese tipo de seguidores que Juan el Bautista y los rabinos de esa época también tenían.

Le llamaron entonces “Rabí”, una simple palabra que denota respeto hacia una autoridad.  Así, al llamarle a Jesús su Rabí (el “su” se encuentra dentro de la construcción gramatical de esta palabra, es decir “mi maestro” o “mi superior”), la implicación era que ellos consideraban a Jesús no solo un maestro más de entre la multitud, sino más específicamente, que el Gran Maestro era ya el Rabí de ellos, y que equivalentemente, ellos ya no eran discípulos de Juan el Bautista (cf. Stallings, 36).

En otras palabras, generalmente el uso del término rabí era la forma habitual que se empleaba en aquellos tiempos cuando discípulos se dirigían respetuosamente a sus maestros (ver Morris, 137).[viii]

La forma en que esta palabra se utiliza, en este caso en particular, parecería ilustrar el método convencional en se escogían los maestros en aquellos tiempos y lugares: “En esta etapa, los dos discípulos se dirigen a Jesús como Rabino y, por lo tanto, parecen señalar su intención de unirse a Jesús como su maestro de la manera convencional en la que algunos judíos seleccionarían a ciertos rabinos para que fueran sus instructores” (Lincoln, 117).

Como lo habíamos ya notado rápidamente antes, con respecto a su raíz o estructura gramatical hebrea, la palabra “rabí” o “rabino” era un título que significa literalmente “mi grande” o “mi superior”; y en los tiempos de Jesús, era un nombre utilizado para dirigirse a maestros religiosos judíos (Elwell, 1815; Tyndale Bible Dictionary, 1107).

Sin embargo, no debemos todavía enfatizar este “mi” demasiado, ya que “rabí”, como pronombre personal, tubo la tendencia de convertirse en un término más convencional como madame o monsieur (Morris, nota 89, p. 137).  Este último es quizás el significado más cercano en que Nicodemo, por ejemplo, parece utilizar para dirigirse a Jesús cuando le llama Rabí en solo dos capítulos más adelante, específicamente en Juan 3:2.  En este segundo caso, sin embargo, Nicodemo no parece tener la intención de convertirse en “su” discípulo, por lo menos no abiertamente.

Por consiguiente, soy de la opinión que cuando estos dos discípulos de nuestra historia llaman a Jesús “Rabí”, esta no es por si sola prueba contundente de que ellos le estaban diciendo a Jesús que ellos querían ser sus discípulos.  Es solo el primer indicio.  Pero tomando en cuenta todo el contexto del pasaje, incluyendo el deseo de ellos de conocer en donde se hospedaba el Señor (ver el comentario de Bob Utley en la próxima sección), el pasaje sí parece indicar que ellos le querían comunicar a Jesús sus deseos de ser sus discípulos; es decir, convertirse en seguidores del más grande de los rabinos.

Algunos autores consideran que el uso de este término “Rabí” en estos tiempos es anacrónico.  Estos eruditos se basan el débil argumento que este título no se usaba antes del 70 A.D.  Sin embargo, en un osario descubierto en el Monte de los Olivos que data varias generaciones antes del Templo Y se ha encontrado la grabación διδάσκαλος (didaskalos, G1320, maestro o instructor) usado como título, lo cual parece indicar que el término “rabino” fue usado de una forma similar a la que aparece en este versículo 38, sin embargo debe admitirse que esta evidencia no es completamente conclusiva (Morris, nota 89, p. 137; cf. Borchert, nota 141, p. 143).

Aunque a finales del primer siglo este título se usaba solo para dirigirse a maestros debidamente ordenados en la religión judía, aquellos que pasaban exitosamente cierto tipo de riguroso entrenamiento religioso, en los tiempos de Jesús aparentemente no había tal ordenación oficial.  Fue más que nada un término honorario, como se mencionó antes, dirigido a aquellos que eran reconocidos públicamente como maestros en temas religiosos (cf. D. A. Carson, John Pillar NTC, 155).

Francisco Lacueva, en su comentario adaptado de Matthew Henry, hablando también sobre este título “Rabí”, nos ofrece un comentario muy interesante acerca del entendimiento que los discípulos tuvieron sobre Jesús, como su forma de dirigirse a Él evoluciona a medida que lo conocen mejor.

Es un título que, en su raíz hebrea, indica grandeza. También en esto, los discípulos evolucionan en el tratamiento que dan a Jesús. Al principio le llaman “Maestro”; después, le dirán: “Señor” (comparar con 6:68). Es curioso notar que después de la resurrección de Cristo, desaparece [casi] completamente el título “Rabí” aplicado a Jesús, porque es ya notoriamente “Señor y Cristo” (Hch. 2:36). (Henry y Lacueva, 1356).[ix]

Rabí  (que traducido es, Maestro). Como Rabí era una palabra aramea (Morris, Stallings, etc.) de raíz hebrea (Henry y Lacueva, 1356),  y el Evangelio según San Juan estaba dirigido a lectores gentiles que incluiría mayormente griegos que no estarían muy familiarizados con la cultura y religión judía, el autor por esta razón decide añadir la traducción (“que traducido es”) de esta palabra Rabí al griego, idioma de su audiencia: “Maestro” (Διδάσκαλε, G1320, maestro, doctor o instructor).

Por la misma razón, el Apóstol Juan también traduciría otras palabras más en los versículos 41 y 42, y esta misma palabra nuevamente en Juan 20:16.

La razón de preguntar por el lugar donde Jesús se alojaba

Rabí… ¿dónde moras?

La respuesta que los dos discípulos dieron a Jesús cuando les pregunto que buscaban, fue realmente otra pregunta; y así, esta respuesta podría parecer inesperada o inclusive ilógica para algunos de los lectores modernos de este Evangelio.  Tal vez fue que los dos primeros discípulos fueron tomados por sorpresa y no supieron exactamente cómo responder a la pregunta de Jesús, y por eso respondieron a la pregunta con otra pregunta.

Se estaría haciendo tarde (eran como las 4:00 PM), y ellos podrían estar pensando que Jesús ahora se dirigía a la morada donde pasaría la noche pues la luz se iba a terminar en poco tiempo.  Por eso, cuando Cristo les pregunto inesperadamente que era lo que buscaban, ellos simplemente expresaron verbalmente la pregunta que se estarían ya haciendo internamente, en sus mentes, durante el camino, quizás un sendero que aparentemente (según los dos discípulos comenzarían a notar) no conducía a ningún lugar hospitalario o cómodo, donde sería precisamente el lugar en que Jesús se estaría alojando.

Sin embargo, lo más probable, como notamos ya antes, es que estos dos discípulos respondieron a Jesús con la premeditada intención de comunicarle sus deseos de querer seguirle como nuevos seguidores suyos.  En otras palabras, con esta pregunta (“¿dónde moras?”), ellos esperaban así también poder indicarle que ellos querían ir a donde Jesús iría, gastar bastante tiempo con Él, convertirse en discípulos de Cristo.

Bob Utley, hablando también sobre esta misma respuesta-pregunta que los dos discípulos hacen a Jesús, una oración que en este libro traducido al español se escribe como “¿Dónde vives?”, Utley comenta: “Esto parece seguir el procedimiento tradicional de establecer el acercamiento entre el maestro y el alumno. La pregunta implica que estos dos hombres querían pasar más tiempo con Jesús en vez de solamente hacerle unas preguntas en el camino (v. 39).”

En este caso, la respuesta de Andrés y el Discípulo Amando básicamente se realizaría con el mismo espíritu y convicción que leemos en Mateo, cuando le dicen a Jesús: “Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.”  Y en esa oportunidad, nuestro Señor y Salvador responde: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza.” (Mateo 8:19-20 RVR60).

La morada de Jesús en aquellos días no era exactamente la de un rey en un palacio real.  Cristo no bajó del cielo para buscar prosperidad en la tierra — aunque Satanás le ofreció eso mismo cuando le mencionó lo que él podía darle: “todos los reinos del mundo y la gloria de ellos” (Mateo 4:8-9; cf. Lucas 4:5-7).

El Señor Jesús vino a servir, no a ser servido.  Él nos enseñó a lavar los pies de sus seguidores, no a tomar indiscriminadamente el dinero de las ovejas.  

Por consiguiente, los cristianos de hoy también debemos de seguir a Jesús porque Él es Dios, porque le amamos de verdad, y porque solo Él nos puede dar la vida eterna a través del perdón de nuestros pecados.  Esta última es la doctrina central que Matthew Henry menciona, es decir, que debemos de insistir a las “almas sensibles y despertadas” que Jesús y solo Jesús puede limpiar los pecados del mundo (Henry, MH CWB, 1921).

No debemos seguirle solo para obtener beneficios materiales, sino riquezas espirituales.  Los pasos que sigamos podrán ser a tiempo completo o no, dependiendo de los planes específicos e individuales que Dios tiene para cada uno de nosotros.

Si el Señor desea que seamos sus ministros, pastores, evangelistas o maestros, amén, que así sea.  O quizás Cristo desea que le sigamos a tiempo parcial, como laicos, pero para ser sin embargo obedientes a tiempo completo, y testificar así sobre su Persona, en cualquier oportunidad que se nos presente: En las fábricas, en las oficinas, en las calles, en los mercados y aun en ciertos casos en los autobuses (aunque esto ciertamente se está volviendo más peligroso hacer hoy en día).

En el caso de nuestra historia de hoy, como notamos ya antes, lo más probable es que este “seguimiento” por parte de Juan y Andrés fue por el momento indeterminado, a tiempo parcial, que temporalmente también regresarían a sus oficios regulares de pesca.  Algo así como cuando después que Jesucristo fue a la Cruz, Pedro y seis discípulos regresaron al Mar de Galilea para proseguir aparentemente con su antiguo oficio de pesadores (aunque esto no era evidentemente lo que Jesús les mandó hacer), estando quizás decepcionados de la muerte de Cristo en el Calvario, pensando posiblemente que todo su tiempo de seguir a Jesús fue en vano.  Y por eso, Cristo se tuvo que presentarse una última vez para infundirles aliento (Juan 21).

Quizás nosotros también en tiempos de crisis nos desviemos temporalmente del camino de la Cruz, cuando andamos tras los pasos de Jesús, y es allí donde El Señor va a voltear y nos va a alentar a que continuemos siguiendo el camino derecho, que será estrecho, pero es el único camino que conduce a Dios.  No hay otro camino (Juan 14:6).

Entonces, vemos que los dos discípulos de nuestra historia en este pasaje querían ir a donde Jesús iba, no solo para visitarlo temporalmente, sino para permanecer allí toda esa tarde, pasar muchísimo tiempo con el Hijo de Dios, y convertirse así en sus seguidores.  Ansiaban saber más de Cristo.  Una conversación a lo largo del camino no podía ser suficiente.

Al momento de hacerle la pregunta a Jesús, sobre el lugar donde se estaba alojando, sus deseos serían entonces que Jesús les invitara a gastar tiempo con ellos, ya sea en esa misma tarde si fuera posible, o quizás otro día más adelante.

Al preguntar dónde moraba, ellos muestran su íntimo deseo de conocerlo mejor.  Cristo era un extraño en esta región, de modo que [la pregunta sobre donde vivía] significaba dónde estaba situada la posada donde Él se alojaba; pues allí lo atenderían en algún tiempo más oportuno, cuando Él lo designara, para recibir instrucciones de Él; no le presionaron rudamente, [al preguntarle] cuando no sería apropiado.  La cortesía y los buenos modales mejoran en aquellos que siguen a Cristo.  Y, además, esperaban obtener más de él que de lo que podrían tener en una breve conferencia a lo largo del camino.  Ellos resolvieron hacer de esto [todo] un oficio, no solo una tarea secundaria, de conversar con Cristo (Henry, MH CWB, 1922).[x]

 

Juan 1: 39:  El venir y el ver

39 Les dijo: Venid y ved. Fueron, y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día; porque era como la hora décima.

“Les dijo”: La respuesta que Jesús les comunicó fue corta e inmediata.  No les dijo que regresaran en otro momento más conveniente para Él, o en otro día en que fuera más bonito y cuando el Señor estaría más descansado; sino que la invitación fue hecha en ese mismo momento: “Venid y ved.”  Esta es también la misma frase que más adelante Felipe la utiliza para invitar a Natanael a conocer a Jesús: “Ven y ve” (v. 46).

La invitación que Jesús brinda a Juan y a Andrés es, por supuesto, mucho que simplemente “ir” para así poder “ver” literalmente el lugar en donde Cristo se estaba alojando, sino que denota también el deseo de que visiten a Jesús para tener una comunión más personal con Él (cf. Morris, 138).

Es más, lo más posible es que estas palabras, “venid y ved”, “tengan una implicación teológica más profunda” (Walvoord, 24).  Andrew T. Lincoln, explica e ilustra con pasajes bíblicos tal implicación teológica.  La invitación de Jesús en su respuesta, la de venir y ver, evoca otro nivel de significado, porque más adelante en el transcurso de este Evangelio, tanto “venir” como “ver” a Jesús son realmente sinónimos de “creer” en Él (Juan 5:40, 6:35-37, 6:40, 6:44-55, 6:62, 6:65, 9:37-38, 12:45, 14:6-7, 14:9).

Aunque en este pasaje el enfoque es más que nada literal, la cual es la parte obvia; se puede también inferir, por las palabras postreras de Jesucristo, que esta invitación tiene entonces una clara implicación doctrinal acerca de lo que es el discipulado en general, sobre todo con respecto al evangelismo personal y privado en particular, algo que podemos ver en la invitación extendida a Natanael en Juan 1:46 y a la mujer samaritana en Juan 4:29 (Lincoln, 117).[xi]  

“Venid” es una invitación amable.  “Ved” es una promesa futura.  Ambas provienen de Jesús, quien anhela tener una comunión con nosotros (Apocalipsis 3:20), y es por eso que esta invitación y promesa se mantienen vigentes hoy en día.  Es una invitación amable a tener comunión con el Creador del universo.

Jesús invita a ir a Él donde Él mora, y es preciso seguirle tan pronto como escuchamos su invitación. Aprovechar la oportunidad que pasa es muestra de gran sabiduría: ‘Ahora es el tiempo aceptable’ (2 Co. 6:2). (Henry y Lacueva, 1357).

Los reyes y los grandes hombres de la tierra se esconden con sirvientes y ceremonias, de modo que es difícil alcanzarlos y hablar con ellos; Uno debe arreglar una entrevista por adelantado para poder asegurar absolutamente una audiencia. Nada es más fácil que conseguir una audiencia del Rey de reyes a la vez (Lenski, 147).

Como era de esperarse, los dos discípulos responden positivamente al llamado: “Y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día.”

El lugar donde se alojaba Jesús

Aquí el autor de este Evangelio no nos dice exactamente dónde se alojaba Jesús o el tipo de vivienda que estaba utilizando en estos momentos (Juan 1:35-42).  Este lugar quizás era una casa en algún pueblo cercano como Betábara o Betania (Lenski, 148; cf. v. 29); un alberge o cabaña en las montañas (Spence-Jones, 36); una cámara en algún caravasar u hotel (ibíd); una simple enramada o tienda temporal hecha de zarzos, es decir ramas entretejidas, y cubierta quizás con trapos rayados, la ropa usada típicamente en el Este (Lenski, 148); o tal vez su morada era en una cueva junto con una fogata (Stallings, 36).  En vista a lo que tenemos en Mateo 8:20, lo más probable es que Jesús, quien no tenía hogar, se estaba alojando en un lugar bastante pobre o humilde (ibíd).

Sin embargo, en medio de la humildad física, no hay la menor duda que este fue uno de los mejores momentos que Juan y Andrés tuvieron en sus vidas.  Cuantos jueces, reyes y profetas del Antiguo Testamento no hubieran dado por tener una corta audiencia con el Mesías, y estos dos discípulos tuvieron la oportunidad de gastar toda una tarde con el mismo Hijo de Dios hecho carne.

Ver también sección previa “La razón de preguntar por el lugar donde Jesús se alojaba”.

Sobre “la hora décima”

Aunque el pasaje no nos relata los temas o tópicos específicos de que hablaron esa tarde, no hay la menor duda que esta conversación tubo como fruto un avivamiento en sus corazones, una iluminación de sus rostros como cuando Moisés bajo del Sinaí (Henry, MH CWB, 1922).  Fue algo tan vívido, que después de muchos años después, el Apóstol Juan se acordaba exactamente de la hora cuando el tubo este primer encuentro trascendental con Jesucristo, es decir, “era como la hora décima.”

Quizás cuando habían escuchado a su antiguo maestro ver fijamente y testificar sobre el Cordero de Dios, quien pasaba por allí, ellos habrían razonado que, si no se acercaban a Jesús en ese mismo momento, ellos lo iban a perder para siempre; y así no se dieron cuenta que era un poco tarde en el día como para seguirlo (Calvino, 71).  O quizás lo siguieron consientes de la hora avanzada, esperando que Jesús les invitara a gastar esa noche con ellos, por motivos de hospitalidad (Keener, 470).

De todas formas, en vez de buscar un albergue, ellos simplemente siguieron al Hijo de Dios, quien si se daría cuenta de las circunstancias y los invita amablemente a seguirlo y a quedarse “con él aquel día”, lo cual quizás significaría gastar con Jesús aquella noche (Morris, 139).

De aquí aprendemos que si nosotros también fijamos nuestras miradas en Jesucristo, buscando el Reino de Dios que se acercó ya a la tierra, su Espíritu Santo entonces proveerá de nuestras necesidades físicas, ¡Aun cuando en esos momentos no estemos muy preocupados o inclusive percatados de aquellas necesidades!

Entonces, “aquel día” fue tan memorable para el Apóstol Juan, que se pudo acordar exactamente la hora en que este primer encuentro con el Salvador del mundo se llevó a cabo: “…porque era como la hora décima.”  Aunque no cabe duda que ese “porque” está allí para explicar la razón por la cual los discípulos gastaron todo el resto de la tarde con Jesucristo, este detalle del tiempo muestra nuevamente que el autor es testigo ocular de estos hechos, y que por consiguiente este primer encuentro con el Mesías debió de haber significado mucho para él.

Lo más probable es que la “la hora décima” se refiera a las 4:00 PM en nuestra moderna escala de tiempo, y esta es justamente la hora que mencionan o favorecen muchos comentaristas bíblicos (F. D. Bruner, Carson, Jamieson, Keener, Köstenberger, Kruse, MacArthur, Morris, Stallings, etc.); la cual se calcula porque se sabe que los judíos tenían la costumbre de dividir el día en un promedio de 12 horas de luz (aunque por las estaciones, algunos días son más largos que otros).  Así en el amanecer, las 6:00 AM sería la hora primera, de allí sumando 10 horas (por la “hora décima”), serían las 16:00 horas o las 4:00 PM en las escalas más usadas hoy en día.

Aparte de esta principal interpretación, otros teólogos son de la opinión de que “la hora décima” se refería a las 10:00 AM (Hendriksen, Walvoord, Westcott), contando el tiempo desde las 12:00 de la noche según la costumbre legal romana.  Así, en este segundo caso, la interpretación alternativa es que la hora decima sería las 10:00 AM.

Sin embargo, esta segundo calculo me parecería más difícil de aceptar porque, como lo menciona Morris, este sistema romano fue usado para propósitos legales como alquileres o contratos; pero para otros propósitos, ellos parecen haber usado el mismo sistema que los judíos también usaban, es decir, contando las horas desde el amanecer (Morris, nota 91, 138).

También hay una cita histórica secular muy relevante que parece refutar la aplicación del sistema romano legal en nuestro versículo: “César, por dos razones, no pelearía ese día; en parte porque no tenía soldados en las naves, y en parte porque era después de la décima hora del día” (Köstenberger, 75).  En esta última cita, el razonamiento es que la décima hora habría sido demasiado tarde para los romanos como para pelear una gran batalla.

Por estas y otras razones, creo que sería más prudente aceptar que Juan y Andrés se quedaron en el lugar donde Jesús se alojaba como a las 4:00 PM, puesto que se estaba haciendo demasiado tarde como para que estos dos nuevos discípulos viajaran de regreso (por supuesto, teniendo en cuenta de que en aquellos tiempos no había electricidad y lo más probable es que ellos estarían viajando a pie).

Aceptar este cálculo de la “hora décima” se refiera a las 4:00 PM significaría que tendríamos que asumir que el siguiente relato (vv. 40-42) ocurriría en esta misma tarde a pesar de que ya era casi de noche (Andrés estaba tan emocionado que no podía esperar nada para compartir el gran descubrimiento con su hermano Simón Pedro); o que este próximo relato (nuevamente versos 40 al 42) sucedería en el próximo día.  Aunque el autor Juan si no menciona esto último tampoco (como usualmente lo hace en estos dos primeros capítulos del Cuarto Evangelio), este sería un detalle menor que no creo que descartaría completamente este cálculo de las 4:00 de la tarde.

Simón Pedro se encontraría en el área porque él, junto con Jacobo el hermano de Juan (según Lenski piensa), eran seguidores de Juan el Bautista.  En otras palabras, parece que los dos pares de hermanos estaban allí porque querían aprender del Bautista: “Debemos de acordarnos que Simón y Jacobo fueron igualmente discípulos del Bautista” (Lenski, 153).

J. Ramsey Michaels parece inclinarse a la misma conclusión concerniente por lo menos a Simón Pedro: “Aunque que no se dice explícitamente que Simón fue discípulo de Juan, él está con su hermano Andrés y otros discípulos de Juan ‘en Betania [o Betábara], al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando’ (v. 28), no en casa en Betsaida (v 44).” (Michaels, 124-125). Betsaida era la ciudad de los hermanos Andrés y Pedro, según el versículo que Michaels menciona (v. 44), es decir, en la región de Galilea.[xii]

 

Juan 1: 40:  La identificación de uno de los dos discípulos: El Apóstol Andrés

40 Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús.

“Andrés, hermano de Simón Pedro.”  Como nos adelantamos en mencionar esto ya antes (comentario del v. 35), Andrés era uno de los dos discípulos que habían dejado al Bautista para seguir al más Grande de los rabís.  Pero es aquí en el versículo 40 es donde se menciona a Andrés por primera vez, no solo para preparar al lector sobre el cambio de nombre de Pedro más adelante (v. 42), sino también para ilustrar el comienzo de la iglesia primitiva.

Aunque no se habla mucho del Apóstol Andrés en los sinópticos, en el Evangelio según San Juan se le describe como uno quien siempre estaba trayendo alguien a Jesús, ya sea en este caso cuando introduce su hermano Pedro a Jesús (vv. 40-41); o cuando trae a un muchacho con su comida para ayudar a alimentar a los cinco mil (Juan 6:8); o cuando, junto con Felipe, trae a un grupo de griegos, prosélitos de los judíos, para que conozcan a Jesucristo (Juan 12:22).

En los dos primeros casos, se le menciona a Andrés solo con relación a su más famoso hermano, Simón Pedro.  Este enlace familiar indicaría que los lectores originales de este Evangelio estaban más familiarizados con el Apóstol Pedro, pues habrían leído o escuchado de él en uno de los tres primeros evangelios que tenemos en el Nuevo Testamento, los que se escribieron antes del Evangelio según San Juan (cf. Lenski).  Además de eso, Pedro era también conocido aun por los judíos en círculos no cristianos (Carson).

Sin embargo, es importante reiterar nuevamente que al Apóstol Andrés no se le menciona solo como un carácter transitivo para exaltar a la persona de Pedro, aunque este último era evidentemente una figura importante en la Iglesia después de la Resurrección (metafóricamente él era una de las tres “columnas” que sostenían la iglesia según Pablo en Gálatas 2:9), sino que como dijimos, su mención es también necesaria para explicar el humilde comienzo de la Iglesia Universal de Cristo.

Es la historia de un comienzo que teológicamente también sirve para demostrar eventualmente el conocimiento sobrenatural que Jesucristo tiene sobre los hombres, (comparar Juan 1:42 “Tú eres Simón, hijo de Jonás” con Juan 1:48-49, 2:24-25 y 4:17-18), resaltando así el Nombre que es sobre todo nombre.

El Evangelio de la Cruz, como toda la Biblia en realidad, se enfoca principalmente en Jesucristo, aunque los apóstoles (incluyendo Pedro) también juegan un papel prominente en el Nuevo Testamento.  Interesantemente, en este pasaje no se menciona palabra alguna por parte de Pedro, sino solo se registran las palabras de Jesucristo.  Hay momentos en donde el creyente debe de escuchar atentamente a Cristo y aprender de Él.  La confesión de fe vendría en un momento más apropiado (Juan 6:69).

Aunque evidentemente el Señor Jesús le otorgó a San Pedro mayores dones que a los de su hermano, fue la voluntad de Dios que Andrés fuera uno de los dos primeros creyentes en la historia de la Iglesia, alguien quien cumpliría uno de los servicios más grandes jamás otorgados para el avance del evangelio. “Al traer a su hermano Simón Pedro a Cristo, ningún hombre benefició más a la iglesia que Andrés” (Walvoord, 25).  Puesto que Andrés fue el primero que testifico a Pedro sobre Jesús, humanamente hablando, la conversión de Pedro se debe primeramente a la intervención personal de su hermano.

“Andrés… era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús.”  Como también vimos en el análisis del versículo 35 (sección “El discípulo no identificado”), el otro discípulo era casi por seguro el Apóstol Juan, quien es también el autor del Evangelio que lleva su nombre.  Aunque algunos comentaristas como J. Ramsey Michaels dudan que este sea el caso, mi impresión es que él no ofrece realmente una mejor explicación acerca del posible autor del Cuarto Evangelio.[xiii]  Michaels además mantiene que aquí no se menciona al segundo discípulo porque esta historia es supuestamente sobre Andrés y Simón Pedro (p. 121).

Pero la verdad es que Juan el Apóstol casi no se menciona así mismo por nombre en ninguna otra parte de este evangelio; ni siquiera menciona el nombre de su hermano Jacobo (Bruner, 105; Spence-Jones, 36).  Solo en Juan 21:2 encontramos una breve y distante referencia sobre “los hijos de Zebedeo”.  Y cuando Juan finalmente se menciona individualmente a sí mismo, lo hace indirectamente, usando frases tales como “el discípulo a quien Jesús amaba” o simplemente como “el discípulo amado”, dependiendo la versión al español que uno utilice (Juan 13:23, 19:26, 20:2, y 21:20).

Sería un error incomprensible que el autor del Cuarto Evangelio hubiera olvidado de mencionar por nombre al Apóstol Juan, uno de los tres discípulos más cercanos a Jesucristo durante su ministerio en la tierra (los tres discípulos eran Pedro, Juan y su hermano Jacobo según Mateo 17:1; Mateo 26:37; y Marcos 5:37).  Además, el Apóstol Juan, después de la Resurrección, fue también uno de los tres “pilares” de la iglesia primitiva de Cristo (Pedro, Juan y el otro Jacobo que era el hermano de Jesús según Gálatas 2:9, NTV).

Sería un error incomprensible… al menos que Juan el Apóstol hubiera hecho una omisión a propósito por motivos de humildad, pues su deseo no era exaltarse a sí mismo, sino exaltar a Jesucristo, como debe ser.

En un pasaje donde los nombres continuamente se mencionan, el silencio total con respecto al nombre del compañero de Andrés es profundamente significativo.  No se puede haber olvidado.  Demasiados han recordado ese día y, después de todo, fueron los primeros discípulos de Jesús.  Por lo tanto, debemos considerar el silencio como deliberado, y el hecho de que el nombre del Apóstol Juan nunca se menciona en el Evangelio, la conclusión inevitable es que fue el escritor mismo y que este escritor fue el Apóstol Juan (Pett, John 1:40).

De una forma similar a la que vimos anteriormente (v. 37), el texto que se traduce aquí en el versículo 40 como los dos discípulos que “…habían seguido a Jesús” significa, por supuesto, que habían seguido literalmente a Jesús con la intención de saber hacia donde el Señor se dirigía aquella tarde, es decir, el lugar donde se estaba alojando.  Sin embargo, aquí también podríamos por lo menos sospechar además de que Juan también tenía en mente un segundo significado implícito, uno más profundo y teológico, que significaría seguir a Jesús espiritualmente.

Dios nos llama a tener una comunión personal con Jesucristo, y aunque al comienzo no comprendamos todas las implicaciones de tomar este decisivo primer paso de fe, es Dios el que en algún momento del camino va a voltearse para infundirnos aliento y hacernos reflexionar sobre nuestros motivos y motivaciones.  Si seguimos a Jesús solo para conseguir bienes materiales, nos estaremos engañando a nosotros mismos porque Cristo no está muy interesado en esas cosas.  Seguir a Jesús de verdad significa tomar nuestra propia cruz, sin importarnos mucho de las consecuencias (cf. Mateo 16:24).

Iniciemos primero el recorrido y hagamos todas las preguntas después.  Lo importante es el primer paso de fe, la sabiduría Dios nos la dará después, conforme a su voluntad y planes específicos para nuestras vidas.  El camino de la Cruz será arduo y difícil, pero significará también tener a las finales una morada celestial con el Señor por siempre y para siempre (Lucas 13:23-24; Juan 14:1-3).

 

Juan 1: 41:  Andrés: Hemos hallado al Mesías

41 Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo).

“Este halló primero a su hermano Simón.”  La primera palabra del versículo en esta versión de la Biblia que utilizamos normalmente aquí, Reina-Valera 1960, “Este” se refiere claramente a Andrés.  De eso no tenemos ninguna duda.  Otras traducciones, quizás por motivos de claridad, simplemente substituyen “Este” con “Andrés” (ver otras versiones de Juan 1:41).

El prōtos y el prōton

En este versículo, el desafío de interpretación tiene que ver más bien con la función gramatical de la palabra “primero”.  Sin embargo, este es más que nada un asunto de carácter textual con pocas implicaciones teológicas.  Este problema se debe a que algunos manuscritos antiguos tienen el adjetivo prōtos y otros el adverbio prōton (Morris, v. 41 en p. 139, incluyendo nota 93).  Hay también una tercera variante, pero estas son las dos palabras griegas más usadas entre los manuscritos.

En este primer caso, de acuerdo con el griego original en este versículo 41, “primero” podría ser la traducción de un adjetivo que modifica a “este”, es decir a Andrés.  La palabra prōtos (πρῶτος), la forma adjetiva de primero, se encuentra en los manuscritos א*, K, L y W; y si esta fue la palabra que la pluma de Juan escribió originalmente, la traducción de esta frase sería algo así como “Andrés fue el primero en encontrar a su hermano Simón” (ibíd), o de una forma similar, “Andrés halló primero a su hermano Simón” (Mayfield).

Estas dos últimas traducciones encajan muy bien con la palabra griega que normalmente se traduce como un simple “su” (idios o ἴδιος) qué en este versículo significa realmente “su propio” (Lenski, 152), algo que por alguna razón no aparece en ninguna de las traducciones protestantes al español, pero bastantes en inglés si lo hacen (“his own”).

Si aceptamos como genuina la forma adjetiva de “primero” (prōtos) la idea sería que Andrés halló o encontró primero a su propio hermano Pedro, lo cual implicaría a su vez que Juan el Apóstol también encontró a su propio hermano Jacobo.  Esta es la interpretación favorecida por Mayfield, Westcott y sobre todo Lenski.  Este último declara enfáticamente:

Si usamos el adjetivo, aprenderemos que Andrés, como el primero de los dos discípulos mencionados, encuentra a su propio hermano, lo que nos lleva a inferir que Juan, como el segundo de los dos, fue un segundo en las cercanías en encontrar a su propio hermano. Y esta es la historia verdadera… Todo esto es bastante claro si entendemos que Juan, también, “encuentra su propio hermano Santiago.” (Lenski, 152).[xiv]  (Por favor, noten que Santiago y Jacobo son el mismo nombre, y aquí se usa para referirse al hermano del Apóstol Juan.) 

En el segundo caso, la palabra “primero” podría ser también la traducción de un adverbio que modificaría al verbo “halló”, y aquí este “primero” aparece como prōton (πρῶτον), el cual se encuentra escrito en los manuscritos p66, p75, אc, A, B, Θ, f1, y f13 (según Morris en su nota 93).  Como vemos, entonces, el adverbio “primero” tiene el respaldo sólido de un número mayor de manuscritos.  Para muchos, este último hecho sería el que nos llevaría al veredicto final.

En este segundo caso, la traducción seria que “Andrés encontró a su hermano antes que él hiciera alguna otra cosa” (Morris), o similarmente, “La primera cosa que Andrés hizo fue encontrar a Pedro” (Carson).

Esta segunda interpretación adverbial es la que Morris, Carson, Mounce y otros parecen estar convencidos que es la original.  Hendriksen, por otra parte, parece solo inclinarse ligeramente ante esta segunda posibilidad: “Es posible que el adverbio sea el más correcto, pero si es así debemos confesar que no podemos dar una explicación satisfactoria” (112).

Hay también otras variantes, pero estas dos interpretaciones mencionadas aquí son las principales.  En todo caso, no parecen que estas dos principales variantes en los manuscritos sean problemáticas desde un punto de vista doctrinal o teológico.

En mi humilde opinión, la primera interpretación que mencionamos, es decir prōtos, parece tener más sentido, aunque tenga menos manuscritos que lo respalden.  Aun si fuera el caso que este texto original de Juan hubiera sido prōton, sabemos de todas formas que Jacobo, el hermano de Juan, pudo haber sido también un seguidor de Juan el Bautista y podría haber estado por allí también en esos momentos ya que estos dos pares de hermanos aparecen a menudo en los sinópticos, especialmente en el llamado formal de Jesucristo les hizo más adelante en el Mar de Galilea.

H. D. M. Spence-Jones: “Los cuatro se mencionan especialmente como estar juntos (Marcos 13: 3), de modo que no es descabellado sugerir que cuando Andrés buscó por primera vez a “su propio” hermano Simón, Juan también buscó “su propio” hermano Santiago” (p. 36).

Jesús es el Mesías

El testimonio corto y especifico que Andrés dio a su hermano Pedro sobre Jesús podría parecer algo inesperado para algunos de nosotros: “Hemos hallado al Mesías.”  Quizás hubiéramos esperado que Andrés hubiera dicho a Pedro que ellos habían hallado al “Cordero de Dios” (cf. vv. 29 y 36) o al “Hijo de Dios” (cf. v. 34), como lo habían escuchado ellos del mismo Juan el Bautista.  Sin embargo, lo que leemos aquí es que Andrés llama a Jesús el “Mesías”

Parece que la palabra “hallado” (RVR1960, LBLA, etc.) o “encontrado” (NVI, DHH, y otros) nos podría dar una pista acerca de esta conclusión del discípulo, pues esta palabra implica claramente que Juan y Andrés (noten el implícito “nosotros” en la palabra “hemos”) habían estado buscando al Mesías ya desde hace antes.

Ellos podrían haber estado inclusive siguiendo a Juan el Bautista con la esperanza de encontrar al Mesías.  Después de todo, muchos en aquel tiempo pensaban que el Bautista podría haber sido el Cristo (Lucas 3:15), algo que Juan rotundamente negaba (Juan 1:20).  A la misma vez, Juan el Bautista solía más bien señalar la llegada inminente del Cristo, insistiendo eventualmente que Él ya se encontraba en Israel (Lucas 3:15-16, Juan 1:25-27).

Noten que la creencia de que Juan el Bautista podría ser el mismo Mesías era tan fuerte que los textos en Lucas y Juan parecen indicar que Juan sabía de antemano que muchos (o inclusive “todos” en Lucas 3:15) pensaban equivocadamente que él podría ser el Mesías, y que también algunos en los círculos religiosos podrían haber sospechado que Juan pretendía secretamente serlo (cf. Juan 1:19-28).

En el pasaje de Lucas, leemos que todos se preguntaban “en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo.”  En el texto de Juan, por otro lado, no se registra que la delegación de Jerusalén le había preguntado específicamente si Juan era el Mesías antes que Juan mismo respondiera (como si estuviera contestando a una pregunta que ellos tenían dentro de sus mentes) enfáticamente primero en forma positiva (“confeso”) y después en doble negativa (“no negó” con el siguiente “no soy”) que él no era el Cristo (Juan 1:20).

Aparte de las expectativas mesiánicas de aquellos tiempos, la conversación que tuvieron Juan y Andrés con Jesucristo en aquella tarde (v. 39) les podría haber influenciado tanto que ellos llegaron a la conclusión de que Jesús era de hecho el Mesías.

Aunque no sabemos de qué exactamente ellos hablaron durante esa larga entrevista, si sabemos sus resultado; poco después de tal conversación, estos dos discípulos estaban convencidos de que Jesús era el Mesías prometido.  De hecho, tendrían que estar bastante entusiasmados de tal descubrimiento que Andrés fue a buscar a su hermano Pedro para compartir tal noticia aquella misma tarde, después de las 4:00 PM, o quizás al día siguiente como algunos creen, pero tal diferencia en tiempo no es tampoco muy importante, por lo menos no desde un punto de vista doctrinal  (cf. Stallings, 36).

Lo que sí es importante para nosotros es notar que el entusiasmo de Andrés para compartir las buenas noticias con su hermano Pedro es un buen ejemplo de evangelismo personal.

De esta manera, Andrés se convirtió en el primer misionero cristiano; el que comenzó a pregonar las buenas nuevas sobre Jesús, comenzando primero con una de las personas más cercanas a él: su “propio” hermano.  D. A. Carson: “De este modo, él se convirtió en el primero de una larga lista de sucesores que descubrieron que el testimonio cristiano más común y efectivo es el testimonio privado de amigo a amigo, hermano a hermano” (p. 155).

Como Keener lo nota, desde un punto de vista teológico, la conversión de Andrés se inició con el testimonio que este recibió del Bautista sobre la Persona de Cristo (el Cordero de Dios); y similarmente, la conversión de Pedro comenzó con el testimonio de su hermano sobre Jesús (quien es identificado como el Mesías).  Sin embargo, ambos hermanos realmente se convirtieron “a Cristo” solo después de tener un encuentro personal con Jesucristo (475).

Nosotros también debemos de tener siempre en cuenta que podemos y debemos ser un testimonio útil a otros acerca de Quién es Jesús en realidad, pero la verdadera conversión a Dios vendrá cuando nuestros oyentes tengan un encuentro personal y definitivo con Jesús.  Escuchar “de” Cristo es un buen comienzo, pero no el fin en sí mismo, uno necesita conocer a Jesús personalmente, establecer una relación personal con el Creador del mundo.

El Mesías: Definición y significancia

A pesar de haber llamado a Jesús el “Mesías”, es bastante probable que Andrés todavía no entendía por completo el significado veterotestamentario de este término, ni mucho menos todas las implicaciones de este título en la Persona Divina de Cristo.

La raíz gramatical de este término solo explica parte de su significancia, pero es un buen lugar para comenzar a entender su significado.  El título Mesías es una transliteración de una palabra hebrea o aramea que significa “el ungido.”  Esta palabra a su vez se refiere a una persona que ha sido escogida o consagrada para un cargo especifico (ver David Witthoff, ed., The Lexham Cultural Ontology Glossary, Bellingham, WA: Lexham Press, 2014).

En el Antiguo Testamento, el ungimiento y la consagración de reyes, profetas y sumos sacerdotes se efectuaba a través de una unción especial, típicamente en la forma de un rito religioso.  Como D. A. Carson lo explica (en Pillar, p. 155–156), los ungidos de Jehová estaban conformados por reyes (cf. 2 Samuel 1:14 y 1 Samuel 16:1–13), sumos sacerdotes (Levítico 4:3 y Éxodo 29:7) y profetas, incluyendo los patriarcas que cumplían tal rol (Salmos 105:15 y 1 Reyes 19:16).

Las unciones en el Antiguo Testamento la realizaban típicamente aquellos grandes personajes como lo eran Moisés y los profetas, utilizando el aceite (ver por ej. Éxodo 29:7 y 1 Samuel 16:1), el cual era un símbolo del Espíritu Santo.  Esto último es evidente cuando Isaías profetizó que el Cristo seria ungido con el Espíritu de Dios (cf. Isaías 61:1 y Lucas 4:16-21).  Sin embargo, en el caso de Jesús, poco después de su bautismo por parte de Juan el Bautista, su ungimiento se realizó no con aceite, sino directamente por medio del mismo Espíritu Santo (cf. Hechos 10:38), y no por obra de hombre, sino directamente por medio de Dios Padre, quien desde el cielo declaro: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17).

El tripe oficio del Mesías: Rey, Profeta, y Sumo Sacerdote

A pesar de que Juan el Bautista había sido su maestro, Andrés no podría haber todavía tenido en aquellos tiempos, al comienzo del ministerio de Jesús, una noción completa de tal título y posiblemente pensaría que el “Mesías” tendría solo el ungimiento de un Gran Rey, posiblemente porque se enfatizaba su descendencia davídica real, y por consiguiente se creía que el Mesías, en un día futuro, libertaria al pueblo judío de la opresión romana y comenzaría una era de prosperidad y bendición en la tierra.

Sin embargo, el conocimiento exacto de este término Mesías no precluiría su uso.  En otras palabras, el hecho de que en los otros tres evangelios (los sinópticos), los apóstoles no lograron un entendimiento completo y adecuado sobre este título, sino solo en el final del ministerio de Jesús en este mundo, esto no significa que hay una contradicción con el uso de este título en esta etapa temprana en la versión del Cuarto Evangelio, según algunos suponen.

La razón es que aquí Andrés y Juan estaban usando el título de “Mesías” aun cuando es casi seguro que ellos no conocían todavía todas las implicaciones de este término en la persona de Jesús (ellos recién se habían convertido en seguidores de Jesús y tenían mucho que aprender todavía).  Para ellos, el Mesías sería más que nadie un rey terrenal, una figura política, o un oficial militar; pero probablemente no entenderían todavía que el Ungido tendría también funciones espirituales de un Gran Profeta y un Sumo Sacerdote.

Jesús, en su rol de Mesías, tendría entonces el ungimiento no solo de un rey aún más grande que el rey David, sino que Él seria llamado el Rey de Reyes y Señor de Señores (Apocalipsis 19:16); además tendría también el ungimiento de un Gran Profeta, uno aún más grande que Moisés (Pedro en Hechos 3:22 hablaba de Jesús: ver el contexto completo de Hechos 3:11-26); y el ungimiento de un Sumo Sacerdote, Uno aún más grande que el primero de ellos, es decir, Melquisedec (cf. Hebreos 6:20).

El Mesías sería entonces un Rey Eterno, pero no en su primera llegada a la tierra, y no desde un sentido convencional humano.  Jesús no vendría a la tierra a liberar a los judíos del dominio romano.  Por otro lado, su Reino seria tanto espiritual como material, incluyendo toda la tierra durante el Milenio (Apocalipsis 20: 2-7), y no solo en las áreas geográficas de Judea y del Imperio Romano (Filipenses 2:10), sino de todo el mundo.  El Reino de Jesús también será eterno (2 Pedro 1:11).

Los judíos en general no entendían eso y pensaban nuevamente que el Reino del Mesías seria terrenal, un reino convenientemente erigido para terminar con la opresión extranjera.  Por eso, después de la alimentación de los cinco mil, un grupo inmenso de judíos trato de apoderarse de Jesús para hacerlo su rey, pero Él no accedió a eso, pues ese tipo de reino no era lo que Jesús quería (Juan 6:15).

 

Juan 1: 42:  El Simón del presente y el Pedro del futuro

42 Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro).

“Y le trajo a Jesús.”  Para Andrés, hablar de Jesús no era suficiente.  Andrés tenía que traer a su hermano a Jesús para que se convenciera él mismo acerca del Verbo Hecho Carne.  Andrés sintió la necesidad de que Simón Pedro tenía que tener un encuentro personal con el Jesús.

Habiendo escuchado el testimonio de Juan el Bautista acerca de Jesús, y sobre todo habiendo gastado algún buen tiempo con Él mismo durante la entrevista del versículo 39, Andrés estaba ahora convencido de que Jesús era el Mesías.  Ahora Andrés traería a su hermano al Único que podía limpiar los pecados del mundo y bautizar con el Espíritu Santo, para que Pedro tuviera también aquella misma experiencia maravillosa de conocer personalmente al Mesías.

En la teología de Juan, tanto el testimonio cristológico de los discípulos como la experiencia personal de Cristo se vuelven necesarios para una fe adecuada. En el lenguaje de la Primera Epístola, uno necesita la cristología correcta (1 Juan 2: 22-24) a través del testimonio apostólico (1 Juan 4: 6) así como el testimonio del Espíritu (1 Juan 2:20, 27; 3:24; 4:13; 5: 7-8); se supone que esta última es inseparable de la primera (1 Juan 4: 1-6, véase Juan 15: 26-27). (Keener, 475).

La aplicación para nosotros es que el mensaje personal y privado del nuevo creyente debe ser Cristocéntrico.  Uno sencillamente no puede dejar de hablar sobre la perla de gran precio, pero esta fe salvadora es algo que se completa solo con un encuentro personal con el Señor.  “Las simples palabras sobre él son insuficientes. Jesús debe ser encontrado para ser comprendido” (Stallings, 37).

Es necesario traer o invitar a los demás, a parientes y amigos, a tener un encuentro trascendental con el Señor Jesús.  Hablar solamente de Jesús puede producir una fe superficial y pasajera que llevaría al seguidor a tener solo un tipo de fe religiosa.  El tipo de fe salvadora es supernatural y procede solo del Hijo de Dios.  Es necesario tener una relación personal con Jesús.

En la teología de este Evangelio, cuando las personas “buscan” al Mesías, estos se dan cuenta de que Jesús ya los había conocido desde hace tiempo.  En el caso de Pedro, como habíamos notado antes, él estaba en los alrededores de donde Juan bautizaba porque Pedro mismo era un seguidor del Bautista (como varios teólogos creen), pues el Bautista tenía como propósito predicar venida del Mesías, y ahora al conocerlo, como lo explica Keener, Simón Pedro también descubre que Jesús ya lo conocía personalmente de antemano.

“Y mirándole Jesús”.  La mirada que Jesús tubo sobre San Pedro fue una mirada de observación y examinación (Hendriksen).  La palabra griega es la misma que se usó en el versículo 36, y viene del verbo emvlepsas (ἐμβλέψας), que significa en este caso que Jesús “fijó sus ojos en él” o que lo observó con una “mirada significativa” (Jamieson, 177; considerar además “mirad” en el léxico de Mateo 6:26).

Sobre Los nombres en la antigüedad

Jesús estaba analizando no solamente quien era Pedro en el presente; sino también quien sería Pedro en el futuro, es decir, que era lo que Cristo iba a hacer con el nuevo discípulo.  Como una forma de comunicar tal transformación, el Señor utiliza como herramienta ilustrativa la asignación de un nuevo nombre para este propósito, un sobrenombre o nombre nuevo con significancia teológica, pues por algo el autor de este Evangelio traduce al griego el significado de la palabra original aramea “Cefas”.

Entonces, para entender el propósito del cambio que Dios iba a realizar en la persona y carácter del Apóstol, es necesario entender primero la significancia que un nombre tenía en la antigüedad.  En primer lugar, los nombres describían a la persona entera.  Abreviaban con una palabra o frase la personalidad completa de la persona.  Los nombres asignados en algunos casos describían también un evento singular a la hora de nacer, pero parece que más a menudo declaraban con una palabra el carácter integral de la persona.

A diferencia de nuestros días, el nombre no era solo una etiqueta pronunciada solo para distinguir a una persona de entre las multitudes.  Tenían significados profundos.  Los nombres en aquellos tiempos tampoco iban acompañados de apellidos.  Ellos utilizaban una relación familiar o geográfica para ayudarlos a distinguir a una persona en particular.

Por esta última razón, generalmente el nombre de la persona iba acompañado con el nombre del padre de este; es decir, se añadía ben en hebreo y bar en arameo al comienzo del nombre del papá, y estas palabras adjuntas significaban “hijo de” (ver Borchert, 144).  Así en Mateo 16:17, por ejemplo, “Simón hijo de Jonás” erala transliteración del arameo Simon Bariōna (Mounce, 382; ver también el léxico de Iónas).

Si el individuo era de otro lugar más lejano, no tendría mucho sentido llamarlo en relación de un progenitor que no sería conocido por nadie, y se podría suponer que por esta razón al individuo se le llamaba más bien por su nombre y el lugar de procedencia geográfica, ya sea este el nombre de un pueblo o una región (cf. Köstenberger, 77).

El Nombre de Jesús

Como un ejemplo acerca de la significancia de los nombres en la época de Jesús, y aun en los tiempos “antes de Cristo”, la mejor ilustración que podemos dar es el significado del nombre de Jesús, sobre todo por sus importantes implicaciones teológicas que podemos aprender en el proceso.

Ya en Juan 1:12 leímos que a los que creen en “su nombre” (en el nombre de Jesús) se les dio potestad (autoridad) de ser “hijos de Dios”.  Este versículo no significa que los hijos de Dios son aquellos que creen que a ese Hombre de Nazaret se le debería llamar o pronunciar verbalmente “Jesús” (Mateo 1:21), en vez de “Emanuel” (Mateo 1:23) o inclusive “Yeshúa” (en hebreo).

Lo que este versículo quiere decir es que hijos de Dios son aquellos que aceptan el “nombre” de Jesús, es decir, aceptan teológica y espiritualmente a toda su Persona, su autoridad, su doctrina y sus enseñanzas (cf. Morris, 88; comparar también “potestad” o autoridad, con el “nombre” de Jesús en Hechos 4:7; comparar por último el bautizarse de acuerdo a la doctrina y en el nombre de Cristo versus “el nombre de Pablo” en 1 Corintios 1:12-17, esp. vv. 13 y 15).

Humanamente hablando, cuando Jesús estaba en la región donde creció, Nazaret o en sus alrededores, el Señor también era comúnmente identificado como “el hijo de José”, quien era por oficio carpintero, y/o por medio de su parentesco con otros de sus familiares (Juan 6:42; cf. Mateo 13:55-56; Marcos 6:3).  Por otro lado, en lugares más lejanos como en la región de Judea, el Señor era conocido también como “Jesús nazareno” (ver Juan 18:5 en RVR1960) o “Jesús de Nazaret” (Juan 18:5 en NVI).  En por lo menos un otro caso, a tan solo tres versículos más adelante, al Señor se le identifica también por los dos métodos, es decir, por medio de su relación familiar y el de su procedencia geográfica: “el hijo de José, de Nazaret” (Juan 1:45).

Simón Pedro: ¿Hijo de Jonás o hijo de Juan?

Regresando a Juan 1:42, el lector moderno ahora podrá entender en parte porque Jesús le decía al futuro apóstol: “Tú eres Simón, hijo de Jonás”.  El Señor le llamó “hijo de Jonás” porque nuevamente esta era una forma de identificar a una persona en donde, en aquellos tiempos, no se utilizaban apellidos, sino que era antes habitual que en casos como estos que uno se refiriera a personas como Simón Pedro como el hijo de su progenitor: “hijo de Jonás” (RVR1960), o si utilizamos alguna otra versión de la Biblia al castellano, “hijo de Juan” (por ej. LBLA).

Entonces, este tópico sobre la significancia del nombre en la antigüedad nos lleva a su vez a otro pequeño tema donde necesitamos entender también porque leemos que Pedro era hijo de Jonás o hijo de Juan según la versión de Juan 1:42 que estemos utilizando (ver las diferentes versiones aquí).

Según Robert “Bob” James Utley, la diferencia (en Juan 1:42) entre los dos nombres del padre de Simón Pedro se debe a que algunos manuscritos antiguos contienen la palabra “Juan” (P66, P75, m y L) mientras que otros registran el nombre “Jonás” (manuscritos A, B3, K y la mayoría de los posteriores manuscritos griegos).  Después Utley concluye: “Parece que no hay una respuesta clara a esta pregunta. Las variaciones en ortografía son comunes con los nombres transcritos de un original arameo.”  Fuente: Robert James Utley, The Beloved Disciple’s Memoirs and Letters: The Gospel of John, I, II, and III John, vol. Volume 4, Study Guide Commentary Series (Marshall, Texas: Bible Lessons International, 1999), 20.[xv]  

D. A. Carson, por otro lado, sin querer gastar mucho tiempo en explicar esta diferencia de nombres, menciona brevemente y en un paréntesis que simplemente “’Jonás’ en arameo es una forma abreviada de ‘Juan’” (Carson, Pillar, 156; ver también Mounce, 382).  Andreas J. Köstenberger (p.77) es un poquito más generoso al explicar estos nombres: “El griego subyacente en ‘hijo de Juan’ transcribe el arameo y puede abreviar ‘hijo de Yohanan’ (arameo para “Juan”; ver Mateo 16:17; Bruce 1983: 58).”

Por último, es también posible que el padre de Pedro y Andrés simplemente había tenido dos nombres diferentes, Juan/Jonás, al igual que Bernabé/José y el Apóstol Saulo/Pablo (“John, Father of Peter,” ed. John D. Barry et al., The Lexham Bible Dictionary, Bellingham, WA: Lexham Press, 2016).

Simón Pedro:  La teología detrás del cambio de nombre

Con respecto al significado teológico del cambio de nombre que Jesús otorga a Simón, notemos primero que cuando Jesús le dice al Apóstol: “Tú eres Simón, hijo de Jonás”, el nombre “Simón” representaba el hombre natural de Pedro; y cuando después el Señor añade “tú serás llamado Cefas,” este segundo nombre (o sobrenombre) representaría al hombre renacido, la nueva criatura en Cristo Jesús.

Note que Jesucristo no dice “tú eres Cefas” (como en Mateo 16:18, aunque allí se utiliza la versión griega del nombre “Pedro”, en un evento histórico que se registra a mediados del ministerio terrenal de Cristo), sino que aquí en Juan 1:42 el Señor utiliza el tiempo futuro “tú serás llamado Cefas” (subrayado en estos dos versículos por motivos de énfasis).

Según Craig S. Keener, “muchos eruditos” consideran inauténtico el cambio de nombre de este apóstol.  Sin embargo, el cambio de nombre no solo esta atestiguado en Juan 1:42, sino también en Mateo 16:17–18 y aun brevemente en Marcos 3:16.  Habiendo por lo menos tres fuentes bíblicas diferentes, Keener mantiene que el cargo de probar legalmente que estas pruebas son falsas recae sobre los escépticos (Keener, 477).

Petros y petra

En el griego original, la pluma del autor de este Evangelio escribió que el Apóstol “Pedro” (como nosotros lo conocemos mejor) iba a ser “llamado” Κηφᾶς (Cefas), lo cual quiere decir Πέτρος (Petros).

Mientras que el segundo término, Petros, es una palabra griega propiamente dicha (una palabra en el lenguaje que entendían los lectores originales de este evangelio) que significa piedra o roca; la primera palabra, Cefas, es por seguro una transliteración (del arameo al griego) de otra palabra כֵּיפָא, (kēpha), que en el idioma semita arameo también significa roca (Morris, nota 95, 140), a la cual se le añadió al final una “s” al final para dar a esta palabra un deletreo griego (Carson, 156).

“Cefas” es también la misma transliteración que el Apóstol Pablo utilizó en sus cartas tanto en 1 Corintios 1:12; 3:22; 9:5; 15:5 como en Gálatas 1:18; 2:9, 11, 14 (Bartley, 79; Kruse, nota 6 de Juan 1:42).  (Sin embargo, en la versión RVR1960 de Gálatas 1:18 y 2:11, 14 podemos notar que se utiliza el nombre “Pedro”, por motivos que desconozco, pero me imagino que es porque este último nombre, Pedro, es el nombre más conocido del apóstol en el idioma castellano).

El evangelista tenía por lo menos dos opciones para traducir el arameo Cefas al griego, es decir, podría haber dicho que Cefas significaba “Petras” en vez de “Petros”.

Leon Morris nos da un indicio de su opinión acerca de la razón por el cual el autor del Cuarto Evangelio podría haber escogido Petros en vez de la más común Petra:

Estrictamente el equivalente griego de Cefas es Πέτρα [Petra], pero esta tiene una terminación femenina y la forma masculina menos usual se usa para el nuevo nombre de Simón. Originalmente πέτρα [petra] significaba la roca sólida y πέτρος [petros] una piedra, un pedazo de roca, pero los dos parecen no haber sido claramente distinguidos en los tiempos del Nuevo Testamento (Morris, Nota 95, 140).

Notemos, sin embargo, que aquí la palabra “parecen” (en la última oración) sugiere duda por parte de Morris.  Aun así, estrictamente hablando, el término griego petros4074 significa a una piedra separada de una roca grande y maciza (petra4073)” (Bartley, 79).

Estas dos palabras griegas, petros y petra, también aparecen en Mateo 16:18 (cronológicamente a mediados del ministerio de Jesús), donde Cristo también estaba hablando con Pedro:

Y yo también te digo, que tú eres Pedro [Petros], y sobre esta roca [petra] edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella (ver footnotes en Mateo 16:18, RVR1960).

Reflexionando sobre este último versículo, uno podría inferir que Pedro era la piedra pequeña, y que cuando Jesús hablo de la roca, el Señor se podría estar refiriendo a sí mismo, la Roca Central de la Iglesia.

Leamos ahora lo que el teólogo contemporáneo John MacArthur tiene que decir con respecto a petros y petra:

La palabra para Pedro, “Petros”, significa roca pequeña (Jn. 1:42). Jesús usó aquí un juego de palabras con petra, la cual significa piedra de fundación (Cp. 7:24, 25). Puesto que el NT expresa claramente que Cristo es tanto la piedra de fundación (Hch. 4:11, 12; 1 Co. 3:11) como la cabeza (Ef. 5:23) de la Iglesia, es un error pensar que alguno de los apóstoles pudiera cumplir una función fundacional en la Iglesia (Ef. 2:20), ya que el rol de primacía es reservado únicamente para Cristo y no a Pedro (MacArthur, Bible Study, Mateo 16:18).

Sobre una crítica en particular acerca de la posición de la Iglesia Católica Romana sobre su interpretación que estos versículos bíblicos significarían que Pedro sería nombrado por Cristo como el primer Papa de la Iglesia Primitiva de Cristo, ver este interesante artículo en el website de GotQuestions.org.

John Gill, haciendo una clara referencia a 2 Pedro 2:4-5, más bien comenta que Jesús le dice a Pedro que él será como “una piedra viva en el edificio espiritual, la iglesia” y que debe tener una “mano considerable en esa obra”; que debe permanecer “firme y constante ante Cristo”, a pesar de la caída espiritual que tendría, continuando “constante e inamovible hasta la muerte, como lo hizo Él” (Gill, John 1:42).

Simón Pedro:  La razón y la significancia teológica del nombre nuevo

El cambio de nombre entonces representa un cambio de carácter; el cual se realizaría en el futuro porque el nuevo discípulo de Jesús no era de por seguro firme y seguro como una “piedra”.  Ese sería un cambio gradual en la persona de Simón Pedro, cambio que se perfeccionaría por medio del poder y la gracia redentora de Dios.

Como lo indican también los evangelios sinópticos, por ahora y a lo largo del transcurso de los tres años en el ministerio del Señor Jesús, Pedro sería más bien una persona voluble, inconstante e imprevista; algunas veces para el bien (6:68; 13:9; 18:15; 20:3–6; 21:7), pero otras veces para mal (13:6–8, 36–37; 18:10).

Entonces, el nombre “Simón” simbolizaba para Jesús el hombre viejo de este apóstol; en contraste con el nuevo nombre, “Cefas”, que simbolizaría el nuevo hombre, o la nueva criatura, como diría Pablo (2 Corintios 5:17).  De allí en los sinópticos, de acuerdo con John F. MacArthur, cada vez que Pedro se comportaba como un hombre espiritual, el Señor le llamaría con aprobación “Pedro”; pero, cuando necesitaba una buena amonestación, el apóstol seria reprendido con el nombre de “Simón” (MacArthur, MNTC, 66–69).

Por supuesto, Jesucristo conocía perfectamente el estado espiritual de Simón Pedro cuando se encontraron por primera vez, y fue algo que el Señor aparentemente consideró al mirarlo tan detenidamente, quizás pensando también sobre su decisión de hacer de este nuevo discípulo una figura destacada en la historia inicial del cristianismo, o por lo menos en los meses inmediatos después de la Resurrección, eventos que Lucas describe en Hechos el importante papel que Pedro desempeñó en esos tiempos tan cruciales.

Dios otorgaría a Pedro aquel don especial que necesitaba para poder ser un líder efectivo en la Iglesia Primitiva de Cristo.  Lo equiparía para hacer de él uno de los tres pilares o columnas principales que metafóricamente “sostendrían” la Iglesia de Cristo (Gálatas 2:9).  Aunque de ninguna manera esto último significaría que su personalidad seria completamente intachable o infalible (cf. Gálatas 2:11-21).  Pedro seguiría siendo un ser humano, imperfecto como todos nosotros, el apóstol si tendría el Espíritu de Dios sobre él, como también sobre los demás apóstoles y creyentes desde el Dia de Pentecostés (Hechos 2).

Mientras que Jesús escogió al Discípulo Amado para ser el último apóstol que quedaría para recibir personalmente al Cristo Resucitado para una última revelación, el Apocalipsis (Juan 21: 22-24); y aun cuando el Apóstol Pablo sería uno de los misioneros más grandes en la historia del cristianismo, segundo solo a Jesucristo; Dios escogió a Pedro para ser el líder indiscutible en la etapa inicial de la Iglesia Primitiva.  Por eso, a pesas de todas sus imperfecciones, Pedro siempre será un buen ejemplo de liderazgo para todos nosotros.

Jesús, no Pedro, es la Roca Central de la Iglesia

Como vimos en la previa sección “Petros y petra”, en el día de hoy es también necesario clarificar un error que por lo menos Juan Calvino pensó que era importante mencionar en los tumultuosos tiempos en que le tocó vivir (ver Calvin, 73 y 290–291).  Ni el texto que estamos estudiando (Juan 1:42), ni el famoso versículo sobre Pedro y la fundación de la Iglesia (Mateo 16:18), indican que Jesucristo quería declarar que Pedro era la piedra central de la Iglesia.  Ese privilegio estaba reservado solo y exclusivamente para Cristo, por eso precisamente la llamamos la “Iglesia de Cristo” porque sencillamente Cristo es la cabeza de la iglesia (Efesios 5:23; Colosenses 1:18).

Esto es algo que Simón Pedro mismo clarificó en 1 Pedro 2: 4-8.  De acuerdo al texto de su primera epístola, la “principal piedra del ángulo” es por supuesto Jesús, el Hijo del Dios Viviente.  Al igual que Jesucristo mismo (v.4), Pedro y todos los creyentes son también “piedras vivas” (v.5) en el templo de Dios, Quien está en el corazón de cada cristiano, pues allí también mora Jesucristo cuando el creyente le abre la puerta de su corazón (cf. Apocalipsis 3:20).

Todos los creyentes que perseveren en la doctrina inalterada de Cristo recibirán también un nombre nuevo, el cual será grabado en una “piedrecita” blanca (ver Apocalipsis 2:17, sin embargo, se utiliza dos veces otra palabra griega para piedrecita: ψῆφον).  ¿Cuál será ese nombre para cada uno de nosotros?  Eso si todavía no lo sabemos, pero a Pedro si se le reveló tal nombre como una forma de hacerle recordar, según MacArthur, el tipo de persona que Cristo quería que Pedro fuera.

También con respecto a la metáfora de la piedra en Mateo 16:18, es como una analogía que se extiende entonces a todos los creyentes “…cada uno de los cuales es un templo de Dios (1 Co. 6:19) y quienes, unidos por la fe, hacen juntos un templo (Efesios 2:21). Pero también denota la excelencia distinguida de Pedro por encima del resto, ya que cada uno en su orden recibe más o menos, de acuerdo con la medida del don de Cristo (Efesios 4: 7).” (Calvin, 291).

Es Dios entonces quien decide el don que cada creyente recibirá (1 Corintios 12:11), y el cambio de nombre en Juan 1:42 denota los dones sobresalientes que Simón Pedro recibiría en el futuro.

Sin embargo, como se mencionó antes, este y los siguientes pasajes no son solo sobre San Pedro, quien en esta oportunidad no pronuncia palabra alguna (o por lo menos no se registra sus palabras en este pasaje).  Si, podemos aceptar lógicamente que aquí se menciona a Pedro en particular, y en los próximos versículos leeremos también sobre Felipe y Natanael, pero creo que es claro que el tema central en todos estos pasajes es sobre Jesucristo y su conocimiento sobrenatural que tiene sobre todos los hombres.

Jesús conoce nuestro presente y futuro

Entonces este pasaje en realidad es sobre Jesucristo, y creo que aquí el autor del Cuarto Evangelio quería también resaltar la divinidad de Jesús, mostrando un aspecto importante de su poder, el conocimiento intimo que Jesús tiene sobre todos los hombres: El Señor conoce nuestro presente y también nuestro futuro.

Aunque algunos autores como Lenski creen que Andrés le habría hablado a Jesús sobre su hermano y padre durante la entrevista previa (v. 39), o quizás poco después de traer a su hermano al Señor (v.42), a la hora de presentar Pedro a Jesús.  Sin embargo, estos pasajes no dicen específicamente esto.  El pasaje no dice que Pedro introduce su hermano a Jesucristo, por decir, Señor, le presento a mi hermano Simón”.

Por otro lado, el pasaje que estamos estudiando tampoco menciona que Jesucristo sabia sobre Pedro y sobre su padre de una forma sobrenatural, pero creo que esta sería una deducción más razonable de acuerdo a lo que vamos a ver un poco después en este mismo capítulo en la historia sobre Natanael (Juan 1: 48-49); en el siguiente capítulo donde se menciona claramente que Jesús conoce los corazones de los hombres (Juan 2: 23-25); y en el cuarto capítulo donde se demuestra también que Cristo conocía bastante bien a la mujer samaritana, alguien que le cambia el tema de conversación después de sentirse incomoda al ser confrontada con una parte difícil de su pasado (Juan 4: 17-19, 29).

Jack Wilson Stallings: “El conocimiento de Jesús con respecto a Pedro debe entenderse como esencialmente sobrenatural en lugar de meramente intuitiva. Su acción, como la que involucra a Natanael en los versículos siguientes, claramente implica una visión sobrenatural. Su propio ser y los poderes sobrenaturales de Jesús como el Mesías están claramente enfocados aquí (ver Schnackenburg)” (144).

Como se mencionó ya antes, Craig S. Keener también piensa de una forma similar:  “Cuando otros discípulos potenciales se encuentran con Jesús por sí mismos, descubren que ya los conoce, lo que también los convence de su identidad” (475).

Es ese conocimiento íntimo de Jesús hacia Simón Pedro entonces revela un aspecto limitado de su Omnisciencia en la tierra.  La meta de este Evangelio, después de todo, es que los lectores crean realmente en Jesús y que al hacerlo tengan vida eterna (Juan 20:30-31).

Aun el hecho de que Jesús cambió el nombre de Simón muestra además la condición de su autoridad Real y Divina a la vez, como Morris lo explica claramente: “El nombramiento de un nuevo nombre es una afirmación de la autoridad del dador (por ejemplo, 2 Reyes 23:34, 24:17). Cuando Dios lo hace, habla además de un nuevo personaje en el que la persona aparece en adelante (por ejemplo, Génesis 32:28)” (Morris, 140; con palabras subrayada por mí, por motivos de énfasis).

En otras palabras, en el Antiguo Testamento los reyes de la tierra mostraban su autoridad cambiando los nombres de sus súbditos, pero solo Jehová los cambiaba por tener un conocimiento presente y futuro de lo que estas personas serian o se convertirían después.

Así en Génesis 17:5, por ejemplo, Dios cambia el nombre de Abram a Abraham, pues como se explica allí, este famoso personaje bíblico se convertiría en el futuro padre de una gran nación.  En este caso también, Dios no estaba solamente profetizando, sino que Jehová le dice a Abraham que Él le había “puesto” por padre de muchísima gente.  El pasado, presente, y futuro del hombre le pertenece a Dios; y siempre se cumplirá lo que Dios mismo decreta.  Los profetas, por otro lado, solo profetizaban acerca de lo que Dios ya había establecido que iba a suceder.

Aunque algunos rabinos en los tiempos de Jesús también solían otorgar nombres o apodos a algunos de sus propios discípulos, un nuevo nombre describía a la persona solo en su estado presente.  En otros casos, cuando gentiles se convertían al judaísmo, ellos tomaban algún nombre hebreo, o algún otro nombre que describía una esperanza acerca un cambio positivo en la persona (ver Keener y Köstenberger), pero no como parte de una profecía futura.

En el caso de Cristo el Mesías, Él no era solo un profeta ungido como los demás del Antiguo Testamento, quienes tendrían que esperar una revelación divina de Jehová para pronunciar profecías, sino que más bien el Señor Jesús tomaba decisiones acerca de que era lo que quería que Pedro, en este caso, se convertiría en el futuro: un hombre fuerte y estable como una piedra dura, requisitos indispensables en el liderazgo de una iglesia naciente.  Jesús estaba dictando los términos sobre quien Pedro iría a ser, en qué tipo de hombre se convertiría en su respectivo momento, de acuerdo a su voluntad y a sus planes futuros para la Iglesia.

Teológicamente hablando, el cambio de nombre fue entonces más que una simple profecía, fue una declaración acerca de la voluntad de Dios de hacer de Pedro un hombre fuerte en carácter y constante en sus decisiones; alguien que dirigiría la Iglesia en un periodo tan crítico después de la Resurrección, en un tiempo donde algunos judíos pensaban y esperaban que la nueva “secta” pasaría pronto al olvido.

Pedro no tendría las cualidades de un líder cristiano, pero fue la gracia y la voluntad de Dios que él se convertiría en uno de los pilares que sostendrían la iglesia en tiempos de persecución venidera.

Que maravilloso es saber que Jesús no nos ve en términos de lo que somos ahora, sino nos ve conforme a lo que podemos llegar a ser cuando escuchamos su llamado y decidimos seguirlo.  El Señor tiene un plan específico para cada uno de nosotros, y aunque no todos nosotros sabremos al comienzo cual será nuestra vocación o papel específico dentro de su Iglesia, nosotros si debemos de obedecerlo y confiar que su plan es el mejor para nosotros y sobre todo para la Iglesia que Cristo mismo fundo hace dos mil años, una iglesia invisible y eterna, una que contiene personas de diferentes grupos y denominaciones en todos los lugares del mundo.

Cuando recordamos que Pedro tan a menudo entendía mal las cosas, y cómo le falló a Jesús al final, es un estímulo para todos nosotros saber que Dios sabía lo que llegaría a ser al final. De la misma manera, Dios sabe también en qué nosotros nos convertiremos. Una vez que estamos en Cristo, Él no nos juzga como somos, sino como lo que Él sabe que llegaremos a ser (Peter Pett, John 1:42).

 

Conclusión

Este y el próximo pasaje bíblico contiene datos históricos y enseñanzas teológicas sobre el comienzo de la Iglesia de Cristo.  Nos habla de cómo el Señor reclutó a sus primeros discípulos, quienes aunque al comienzo mantendrían sus respectivas ocupaciones, posteriormente se convertirían en sus apóstoles, dejando eventualmente todo lo que tenían para seguir a tiempo completo los pasos de nuestro Señor Jesucristo.

Al igual que Juan y Andrés, es importante también que nosotros reflexionemos cuidadosamente acerca de nuestra verdadera motivación para seguir a Jesús, especialmente cuando comenzamos a vivir la vida cristiana.  ¿Queremos seguir a Cristo solo para recibir ganancias materiales, mejorar nuestra salud, o aun para ayudarnos en nuestras relaciones con los demás?

Estas cosas son algunas veces parte del “paquete”, pero creo que lo más importante para Dios es que lo sigamos por amor a su Nombre, es decir, porque lo amamos y confiamos que su decisión para con nosotros va a ser siempre la mejor.  Si en ese plan incluye prosperidad económica como la tubo Abraham y Job en el Antiguo Testamento, amén, que así sea.

Pero también tenemos que reconocer que seguir a Cristo en la mayoría de los casos va a significar también privarnos de muchos deleites materiales y vivir así una vida de sacrificio.  Esta es la idea general cuando Jesucristo dijo que debemos de tomar nuestra propia cruz y seguirlo (Mateo 16:24).

Tenemos que seguirlo incondicionalmente, en las buenas y en las malas, aun cuando podríamos poner nuestras vidas en peligro.  El camino de la Cruz no termina en un palacio real llenos de lujo, sino que en muchos casos va a conducir aun a la muerte en este mundo, y este fue justamente el caso de la mayoría de los primeros cristianos.  Esta es precisamente una advertencia que no se menciona con mucha frecuencia en estos tiempos de apostasía.

El énfasis misionero del pasaje ilustra además como la predica pública y privada de Juan el Bautista tubo tal efecto en el corazón de algunos de dos de sus seguidores que estos deciden abandonar a su antiguo maestro para convertirse en discípulos del Mesías, seguidores del Cordero de Dios Quien podría bautizarles con el Espíritu Santo, y Quien además tiene la voluntad y el poder de perdonar los pecados del mundo.  Esto sería, por supuesto, una referencia al papel redentor que Jesucristo pagó en el Calvario, donde murió voluntariamente por nuestros pecados y por los pecados de todos aquellos que creen en su Nombre.

Nosotros también debemos de insistir en el Mensaje de la Cruz, predicando al Cristo resucitado primeramente a nuestros familiares; pero también a nuestros amigos, vecinos, colegas, compañeros de trabajo y a todos los que tengamos la oportunidad de hablar.  Después de la conversión, es natural hablarles primero a aquellas personas con las que vivimos y amamos, pero la invitación se debe extenderse a todas las personas que conocemos.  El Mensaje de la Cruz debe llevarse a los confines de la tierra.

Debemos de insistir también que conocer al Mesías no se trata tampoco de seguir una religión, marchar detrás de una procesión, estudiar unos cuantos cursos teológicos, o hacerse inclusive miembros oficiales de una iglesia.  Lo importante es realmente tener un encuentro personal con Jesús.  Debemos de gastar tiempo de “calidad” y a solas con el Señor, estudiar su bendita Palabra, cantarle himnos y alabanzas, alabarle con nuestras oraciones, y por último, debemos de asistir también a una iglesia donde se predica el evangelio puro y completo de nuestro Señor Jesucristo.

Aunque la iglesia local puede ser nuestro punto inicial para congregarse y aprender más de Dios, no es de ninguna manera el único lugar donde debemos actuar para la causa de Jesús.  Muchas veces vamos a tener que ser como Andrés, quien fue a buscar a su hermano, al lugar donde seguramente se alojaba, para llevarlo a Cristo.  Y así como Andrés, nosotros también vamos a tener que ir a buscar a nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo.  Debemos de salir de nuestras zonas confortables e ir a lugares donde el Señor nos quiere mandar, incluyendo ir a las cárceles, hospitales, y en algunos casos ir hasta en las mismas calles.

Hablar a otros de Cristo no es una opción, es un mandato que Cristo dio a su Iglesia.

Todos nosotros somos “piedras vivas” en la casa que Dios ha construido, la Iglesia que el Verbo encarnado fundó, una que tiene como piedra angular a Cristo.  Todos los creyentes somos también el templo de Dios, donde Cristo Jesús mora a través del bendigo Espíritu Santo (cf. 1 Corintios 3: 16-17).

El Señor nos toma en cualquier condición material y espiritual con que vengamos a Él, y nos cambia paulatinamente por medio del poder del Espíritu Santo, perfeccionándonos con su gracia y poder, para que así nosotros también podamos recibir el don divino y ser así instrumentos útiles para su obra; para poder ser exactamente el hombre o la mujer que Dios quiere que seamos.  Y aunque no todos vamos a ser llamados a ser grandes predicadores y misioneros como Pedro lo fue después de la Resurrección, todos los creyentes si tenemos el llamado a testificar de las Buenas Nuevas.

No podemos avergonzarlos del Evangelio de la Cruz porque es poder de Dios para transformar vidas en un mundo que necesita tanto de Cristo y para ayudar a los demás a alcanzar la vida eterna en el otro mundo venidero.  Que vengamos nosotros a su Reino, que traigamos a otros también con nosotros, pues esta es la voluntad de Dios, Quien en estos días obra por medio del Espíritu de Consolación.  Que así pues sea.  Amén.

 

Notas

[i] “La transición de la persona y obra del Bautista a las de Jesús es descrita con estilo gráfico. Juan se retira al segundo plano, y Jesús rápidamente ocupa el lugar de prominencia (3:30)” (Mayfield, 46). “El enfoque ahora cambia del testimonio del Bautista a los primeros encuentros entre Jesús y aquellos que lo recibieron (Juan 1:12).” (Dongell, 48).

[ii] “Los relatos sobre los comienzos del discipulado de estos personajes, con sus invitaciones para venir y ver a Jesús, son particularmente importantes para los lectores…, cualquiera que sea su etapa de discipulado o creencia.” (Lincoln, 116).

[iii] “Que los dos discípulos siguieron a Jesús no implica que se convirtieron en Sus discípulos permanentes en este tiempo.  Es cierto que akoloutheō (seguido) se usa en el evangelio de Juan para significar ‘seguir como discípulo’ (por ejemplo, Juan 8:12; 10:27; 12:26; 21:19, ver Mateo 4:20, 22 9: 9). Pero también puede usarse en un sentido general (por ejemplo, Juan 6:2, 11:31, 18:15, 20: 6, 21:20).” (MacArthur, MacArthur New Testament Commentary, 57).  Nota adicional: Para diferenciar el Comentario de John MacArthur con su Biblia de Estudio (la cual si está disponible en español y la recomiendo mucho), cada vez que haga referencia a este Comentario la abreviare como MNTC, antes del numero de la página.

[iv] Al usar en este website el nombre oficial del Evangelio que lleva el nombre del Apóstol Amado, “San Juan”, no estoy tratando de argüir (ni siquiera implícitamente) que solamente los personajes bíblicos, ni mucho menos aquellas personas que han sido canonizadas por la Iglesia Católica Apostólica Romana, son efectivamente “santos”.

La Biblia es bastante clara que santos son aquellos que han sido apartados para Dios (cf. 1 Corintios 1:2; 1 Pedro 1:16), aun cuando los creyentes no son perfectos.  Solo Dios es perfecto.  Sin embargo, puesto que las versiones Reina Valera (especialmente la de 1960) son las versiones más usadas dentro de la tradición cristiana evangélica, estoy simplemente usando el término que estas traducciones generalmente han usado para designar al Cuarto Evangelio (por lo menos en el título oficial de este Evangelio, que aparece en la primera página, arriba de Juan 1:1).  Esto es algo parecido a lo que paso con el nombre en español de la Epístola Universal de Santiago (ver por ej. la traducción de Santiago como San “Tiago” en portugués).

Entonces, por esta última razón, y además por conveniencia, en este Comentario online (SanJuan.CC), cuando me refiera al Evangelio, simplemente usare las palabras “San Juan”, o simplemente “Juan” (este último cuando el contexto del pasaje este claro, por ej., como cuando se menciona el conocido versículo de “Juan 3:16”).  Cuando me refiera al Discípulo Amado, generalmente utilizare el título y nombre “Apóstol Juan”.  Y por supuesto, si estoy hablando sobre el precursor, aquel quien preparo los caminos del Señor, el que “bautizaba con agua”, seguiré utilizando el nombre y apodo de “Juan el Bautista”.

[v] “La condición anónima del Evangelio fuertemente refuerza los argumentos en favor de que Juan sea el autor, ya que solo alguien de su bien conocida y preeminente autoridad como apóstol podría ser capaz de escribir un Evangelio que fuera diferente de una manera tan marcada en forma y sustancia de los otros Evangelios y haber recibido aceptación unánime en la iglesia primitiva.” (MacArthur, Biblia de Estudio MacArthur, sección Autor y Fecha de San Juan).

[vi] La cita original de Abraham Calovius, también conocido como Abraham Calov, la cual es mencionada por Lenski: “We are accustomed to seek what we have lost, or what otherwise is beneficial or desirable for us. But what was there more desirable, more longed for during forty centuries past on the part of so many illustrious men, the patriarchs, judges, kings, prophets, and all the saints of the Old Testament, than this Lamb of God, which John’s testimony on the heights between the Old and the New Testament declared to be present at last?” (Lenski, 146).

[vii] Otra cita un poco difícil de traducir, por eso, muestro aquí también el texto original: “Many are seeking what they should not, and others are not seeking what they should. Let us, too, face this question of Jesus in order that we may cast out all self-seeking, all seeking of ease in Zion, all worldy ambition even in churchly things, all unworthy aims, and rise to the height of our calling both as believers and as the called servants of the Lord, and let us help to confront others with this same question that they, too, may find in Jesus what he came to bring. For a hidden promise lies in the question, “What are you seeking?” Jesus has the highest treasure any man can seek, longs to direct our seeking toward that treasure in order that he may bestow it for our everlasting enrichment.” (Lenski, 146).

[viii] “They address him as ‘Rabbi,’ the customary form of address for disciples speaking to their teacher” (Morris, 137).  Esta explicación se podría traducirse como: “Ellos se dirigen a Él como ‘Rabí’, la forma habitual para los discípulos a la hora de hablar con su maestro.”

[ix] Una excepción a esta regla seria Juan 20:16: “Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro)” (RVR1960).  Sin embargo, debe notarse que esta historia de Juan 20 ocurrió en el día de la resurrección, antes de Pentecostés, es decir, después de la venida del Espíritu Santa, la Tercer Persona de la Trinidad, Quien abriría el entendimiento de todos los discípulos y seguidores de Cristo para poder entender y aceptar la Divinidad de su Persona.

[x] In asking where he dwelt, they intimate a desire to be better acquainted with him. Christ was a stranger in this country, so that they meant where was his inn where he lodged; for there they would attend him at some seasonable time, when he should appoint, to receive instruction from him; they would not press rudely upon him, when it was not proper. Civility and good manners well become those who follow Christ. And, besides, they hoped to have more from him than they could have in a short conference now by the way. They resolved to make a business, not a by-business of conversing with Christ. Matthew Henry, Matthew Henry’s Commentary on the Whole Bible: Complete and Unabridged in One Volume (Peabody: Hendrickson, 1994), 1922.

[xi] Jesus’ invitation in response—Come and see—continues to evoke another level of meaning, because later in this Gospel’s discourse both ‘to come’ to Jesus and ‘to see’ him are synonyms for ‘to believe’ in him (cf. e.g. John 5:40; 6:35–7, 40, 44–5, 62, 65; 9:37–8; 12:45; 14:6–7, 9). In this light Jesus’ words can be viewed as also constituting an invitation to believing discipleship, an invitation that will be extended by other witnesses, most immediately by Philip in 1:46 but also by the Samaritan woman in 4:29.  Andrew T. Lincoln, The Gospel according to Saint John, Black’s New Testament Commentary (London: Continuum, 2005), 117.

[xii] Michaels, sin embargo, utiliza tal deducción para tratar de explicar la posibilidad de que Pedro era metafóricamente el hijo de Juan el Bautista según el versículo 42, algo que es un poco difícil de aceptar dada la forma en que Jesús utiliza el cambio de nombre para declarar lo que Él iba a hacer con Simón Pedro en el futuro.  Aunque Michaels no se compromete totalmente con esta interpretación (la llama “por lo menos posible”, p. 124), la menciona como una explicación potencial sobre la aparente contradicción de los dos nombres que se utilizan para referirse al padre biológico de Pedro, algo que examinaremos más adelante en el comentario sobre Juan 1:42.

[xiii] Sin embargo, J. Ramsey Michaels asume que el Juan que escribió el libro es alguien muy cercano a Jesús y, por lo tanto, que el evangelio es un testimonio de los eventos que realmente sucedieron en la vida de Jesús (ver la Presentación del libro en Amazon).

[xiv] If we use the adjective we learn that Andrew as the first of the two disciples mentioned finds his own brother, leading us to infer that John, as the second of the two, was a close second also in finding his own brother. And this is the actual story… It is all quite plain if we understand that John, too, “finds his own brother James.” R. C. H. Lenski, The Interpretation of St. John’s Gospel (Minneapolis, MN: Augsburg Publishing House, 1961), 152.

[xv] Quizás algún lector alerta que sigua minuciosamente las fuentes bibliográficas que menciono en estos comentarios se pregunte porque estoy aquí citando la versión original de Robert (Bob Utley) en inglés.  La respuesta radica en que detecté un error en la traducción digital al español en el software de Logos (error que ya reporté al publicista).  Por esta razón, a continuación, pondré el texto original en inglés seguido con la traducción oficial.

The name John is found in MSS P66, P75, m and L. MS B has the same name but with only one “n” (‘Ioanes). The name Jonah occurs in MSS A, B3, K and most other later Greek manuscripts. Robert James Utley, The Beloved Disciple’s Memoirs and Letters: The Gospel of John, I, II, and III John, vol. Volume 4, Study Guide Commentary Series (Marshall, Texas: Bible Lessons International, 1999), 20.

El nombre de Juan se encuentra en el manuscrito MSS P66, P75, y L. MSB tiene el mismo nombre, pero solamente con una “n” (Ioanes). El nombre de Juan está en MSS A, B3, K y en la mayoría de los antiguos manuscritos del griego. Bob Utley, El Evangelio de Juan: Las Memorias Del Discípulo Amado, ed. Patricia Cabral and Gisela Ramos, trans. Walt Emerson Morgan Downs, Comentario Del Intérprete Bíblico (Marshall, TX: Lecciones Bíblicas Internacional, 2015), Jn 1:42.